Las limitaciones de la palabra

La palabra generaliza y nos limita por ello, porque hace como cajoncitos donde agrupa las cosas parecidas, pero ese cajón limita, porque no transmite todo, transmite solo lo común, no puede ser de otro modo: pone etiquetas. Es decir, perdemos cosas, y habitualmente no somos muy conscientes de ello. Esto genera dificultades en el uso de la palabra.

Se puede decir que hay dos enfermedades en el uso de la palabra: el sofista, que utiliza la 7981085_spalabra para esconder, para no hablar, para no decir algo, lo que es lo mismo, para decir sin significado. El sofista introduce en un mundo de comunicación que no es sano, porque muchas cosas están escamoteadas, ya que el sofista no se atreve a presentarlas sobre la mesa.

El mundo del sofista es un mundo de relaciones sin confianza en el otro. El sofista piensa que el puede organizar, mandar, pero sin el otro, que si es claro con el otro aquello, su mundo, no va a funcionar, en resumen, que los demás son menores de edad. El mundo del sofista carece de confianza y por ello no es un mundo de iguales, las relaciones del sofista son verticales, el decide.

 La segunda es la utopía, que es el hablar, pero desconectado de la realidad, signos que hacen referencia a otros signos y estos a su vez a otros signos, en espirales sin fin donde el conocimiento se pierde, desconectado de la realidad de la experiencia. Este es el mareo que la palabra produce en quien se mete solo en ella, en su lógica.

Este es el problema de la exageración de la palabra. Su mismo éxito, su capacidad ilimitada de significación (pensar en palabras como Dios, belleza, justicia, filosofía, amor…) la lleva, con una cierta lógica de concatenación, a formar un mundo aparte del contacto con la experiencia, un mundo solo intelectual. Esto es lo que se produce con las utopías políticas, hijas del racionalismo, ya que para este solo lo racional es real, solo lo que pertenece a la esfera racional es real. Se ha desconectado el hemisferio derecho y el izquierdo. Un mundo solo mental, hecho de conexiones de signos, desconectado del mundo.

Sin embargo no solo transmitimos la simplificación, transmitimos nuestra experiencia, aludiendo a la experiencia del otro, nuestra experiencia vivida, emocional, nuestra seguridad o inseguridad, nuestras expectativas y nuestra ilusión. Y esto tampoco lo solemos tener en cuenta: nuestra palabra es un punto de vista basado en una experiencia del mundo. Para transmitir con verdad, para tener una palabra confiable, hay primero que confiar en los demás (no ser sofistas) y segundo que confiar en nuestra experiencia (ser honestos). Con estos dos elementos se configura la autenticidad, única posibilidad de tener una palabra que configure un mundo real, en relaciones y contenidos.

 

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