La libertad, la creatividad y la palabra

Sigo sacándole partido al ejemplo de la caza y los perros.12013384_s

Se plantea entonces para el hombre cada vez que sale a cazar el problema de la elección del sistema de caza; sistema que se ha creado culturalmente, porque el hombre es capaz de «crear» instrumentos. Es decir el hombre crea realmente: algo que no estaba en los datos de partida, no previsto, ni en el ambiente, ni en las posibilidades heredadas del hombre. Y crea el comportamiento y los instrumen­tos necesarios, porque los conceptualiza primero, los imagina: rama, trampa, lanza y flecha son en principio lo mismo: «un palo de madera»; es el concepto imaginado por el hombre el que los ha convertido en diferentes ‘cosas’.

Me parece altamente significativa la escena del comienzo de la Biblia donde Adán va poniendo nombre a animales y plantas, según Dios se los va poniendo delante. El texto precisa que los nombres puestos por Adán «son sus nombres propios» (Génesis 2,19). Me resulta espectacular que la función del hombre sea poner nombre a las cosas, no es Dios quien ha puesto nombre, es el hombre quien lo hace. Poner nombre, usar la palabra es el gran instrumento, el que convierte la selva, el lugar donde están animales y plantas, en un lugar civilizado, conocido, manejable. El hombre avanza poniendo nombres, cada ciencia necesita una nomenclatura, unos nombres que delimiten bien, cuanto más conocemos, cuanta más experiencia en un terreno, una ciencia, un arte, usamos nombres más precisos. Como hemos visto ya esto es la conformación del nivel racional: todo un sistema de signos para significar la realidad en la que se vive. Este es el trabajo que lleva al niño humano más tiempo: los estudios en nuestra cultura tan sofisticada llegan más allá de los 20 años, mucho más allá de que se haya alcanzado la madurez desde el punto de vista biológico. El hombre necesita mucho tiempo de aprendizaje, increíblemente más que ningún animal. Esta es una de las diferencias más notables del animal humano.

La creación de comportamientos diversos, que como vemos es el modo en que el hombre actúa en comparación con los perros da lugar a lo que ya hemos llamado plasticidad humana. En su tiempo de aprendizaje asimila, incorpora palabras, conocimiento y hábitos de comportamiento. Es decir el hombre ‘biológicamente’ es humano como hemos visto ya. Su nota distintiva, según todos los estudios actuales es la inespecificidad. «A los animales les bastan pocas horas o pocos días para hacerse con una escala de movimientos que, una vez montado, queda cerrada; al hombre en cambio esa tarea le cuesta años. La razón está en la especialización del aparato motriz animal y en la no especializa­ción del propio hombre. Como contrapartida a esta no especialización, el hombre conseguirá una plasticidad de movimientos incomparablemente mayor que el animal» (A. Domingo Moratalla, El personalismo, p.50). Es sorprendente  constatar este hecho: el andar erguido es propiamente humano y tiene que ser aprendido: sin un entorno humano el hombre andaría a cuatro patas, de un modo animalesco, como ya se ha comprobado con los niños salvajes, educados fuera del ambiente humano. La plasticidad es una característica destacada de lo humano.

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