El encantamiento, parte fundamental del enamoramiento (6)

Ya he citado a Ortega que afirma que el enamoramiento está integrado por dos sentimientos: la admiración y el  encantamiento  (Ortega, Estudios sobre el amor). En esta entrada hablo del encantamiento.

El encantamiento es un sentimiento que «produce ilusión íntegra» 23047785_s(Ortega), algo que abre la vida, que le da un significado, un sentido, que hace comunicar con las cosas realmente existentes y da color a todo. La ilusión es necesaria porque es como el motor de la vida, su energía.

¡Qué difícil es caminar sin estar enamorado! El encantamiento nos hace descubrir el camino, nos hace ver hacia dónde nos dirigimos. Sin él todo parece lo mismo, se pierde el color, se desdibujan los contornos. Ya no se sabe qué es lo importante, y el impulso se pierde a base de no saber a dónde ir, porque no se puede ir en todas direcciones, hay que definir una. El encantamiento es una iluminación, por eso el que está encantado sabe a dónde ir; cuanto más encantado, mejor lo sabe, más claro lo tiene, más ciego es para todo lo demás. En realidad no es que esté ciego para los demás, sino que ha visto a plena luz aquello de lo que está enamorado, mientras lo demás sigue en la penumbra de la indiferencia. El encantamiento es el descubrimiento de esa luz que todas las cosas tienen en su interior: de su belleza.

El encantamiento es pasivo; parece no estar en nuestra mano, sobre todo cuando es algo que nos ocurre de pronto y, especialmente, si nos sucede la primera vez que vemos algo o alguien. El encantamiento puede ocurrir así, de pronto, o después de un tiempo; incluso puede ser también el resultado de un esfuerzo perseverante, como el que estudia matemáticas: debe echarle muchas horas,  hasta quedar verdaderamente “atrapado” por ellas, hasta descubrirles el intríngulis, la gracia que tienen (esta palabra gracia conecta con esa otra gloria que en realidad prefiero). En este último caso a veces ni siquiera somos capaces de decir con exactitud el momento en que hemos quedado atrapados. De todos modos eso ocurre en un instante, de un modo súbito, como por magia.

Magia es un término que se usa para indicar lo mismo que el encantamiento,  pero referido más bien a la cosa que atrae la atención (se trata también de otra palabra que puede sustituir a gloria);  algo encanta porque tiene magia. Magia es ese algo especial que lo singular tiene, lo que le hace ser precisamente eso: singular, particular, y que le viene de ser algo realmente existente, algo que tiene la consistencia de lo real. Por eso la magia es inalcanzable por la ciencia, que solo alcanza lo general, que funciona en abstracto, objetiva, separa. La magia de que hablamos es un halo que las cosas  realmente existentes tienen y que el encantamiento detecta y señala, indicando al sujeto la relación con su propia vida. Somos seres que viven entre cosas, que viven en el tiempo, nuestra vida se juega en las relaciones que establecemos. Esas relaciones para enriquecernos, para jugar un papel en nuestra vida, deben ser reales, con seres reales y en la verdad de su valor. Por esto el encantamiento es fundamental: es el inicio del puente hacia las cosas y las personas, el inicio de la rotura de la soledad.

Sentir es un modo de reaccionar ante algo, tener un sentimiento supone vivir algo que nos afecta. En el encantamiento ese algo ante lo que reaccionamos es lo que de especial tiene el otro. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué es concretamente aquello ante lo que reaccionamos? Pienso que no es lo genérico de la cosa, ni aquello que lo hace igual a otras, sino precisamente lo que tiene de particular, de singular, lo que la hace ser ella y ninguna otra. Cuando alguien está encantado con algo, quiere decir que está en una relación del todo particular con ese algo (o alguien). Estar encantado significa sacar de lo genérico ese algo o alguien que nos encanta, descubrir su peculiaridad y establecer una relación precisamente con eso que es particular en él. El encantamiento es un sentimiento que nos señala que ha aparecido una relación yo-tu (en el sentido que Buber da a esta expresión, es decir, como diversa de la relación yo-ello).

El encantamiento es súbito y, si es real, coge en su núcleo la verdad del otro. Esto lo dice Salinas: «No necesito tiempo para saber cómo eres/ conocerse es el relámpago».  El  tiempo  es necesario para comprobar las cualidades, para el conocimiento objetivo de las cosas. Pero lo que la cosa es en su peculiaridad, en su mismidad, en su irrepetibilidad, se nos da en un instante, sin tiempo: es esa chispa que hace que nos quedemos encantados con ella y que pensemos que somos nosotros quienes realmente la conocemos. En cierto modo es así: conocemos su irrepetibilidad, lo que es genuino de ella y de nadie más, mientras  los  demás  conocen  sólo  cualidades,  algo  externo, mudable. Desde este punto de vista el enamoramiento es un conocimiento y un conocimiento de la particularidad irrepetible de algo.

Quien está enamorado conoce en profundidad: es sensible hasta de lo más mínimo del otro, vuelca su atención en él y, de la atención, nacen las  atenciones.  El enamoramiento lleva a entregarse, a volcar la propia vida en el otro, que es ahora nuestro fin; si se trata de una persona, nuestra felicidad consiste en que el otro sea feliz. Todos los esfuerzos son pequeños para estar cerca de esa persona o para conocer esa cosa, ni siquiera sentimos la fatiga, porque tenemos un motivo: estamos encantados.

El encantamiento provoca una concentración de la atención, la vista se agudiza para  aquello que es su amor y lo demás se empequeñece, queda en la bruma, deja de importar. O mejor, lo demás importa con relación a ese objetivo que ahora concentra las fuerzas.  Lo  iluminado aparece precisamente para nosotros como un objetivo, como un fin. Lo demás interesa porque hay un objetivo claro que lo ilumina todo con su resplandor. Se podría decir que el encantamiento es un enfoque de la visión que nos  indica fines.  Se descubre el objetivo y todo lo demás se redimensiona. Las demás cosas se presentan a nuestro interés como medios para llegar a ese fin descubierto.

El enamoramiento hace surgir una relación con la realidad que no es ni utilitaria, ni comercializable. Sólo se puede responder con el agradecimiento. Se trata siempre de algo que no podríamos pagar. No se puede comprar un enamoramiento. El enamoramiento y lo utilitario se sitúan en mundos que no se tocan. Por ello, nadie piensa que merece estar enamorado, sino que lo concibe como una dádiva. El encantamiento nos introduce en el mundo del don, donde la vida es regalo y se responde con el regalo de la propia vida.

El encantamiento es lo que permite encontrar sentido a la vida, la colorea, le da su relieve, su contenido: ya sé para qué tengo yo una vida. El encantamiento no es la elección, pero es su condición de posibilidad; sin encantamiento no se ven las cosas, ni su valor. El encantamiento es un sentimiento y por eso se sitúa en el nivel afectivo, es la libertad la que escoge, pero no puede escoger lo que no ve, no puede escoger lo que no distingue, aquello gris que se pierde entre tonos grises.

Decir que el encantamiento indica los fines, es lo mismo que decir que el encantamiento señala el amor. El amor es siempre un objetivo, un fin, no un medio, de nuestra vida. También se podría decir esto en plural, ya que las relaciones de la vida son múltiples: lo que amamos, nuestros amores son objetivos de la vida, son fines, nunca medios. Agustín de Hipona lo expresa así: amor meus, pondus meus;  el amor es la ley gravitatoria del hombre,  del ser  libre, lo que  le hacerse moverse,  lo que  indica  su  fin y  el  modo  de  lograrlo. El enamoramiento, y señaladamente el encantamiento, es el modo para descubrir hacia dónde dirigirse, para descubrir el amor. Realmente esto es algo que parece ya inscrito en los datos de partida: enamorarse significa caer en el amor, así es como literalmente lo dice la expresión inglesa: falling in love.

Decir encantamiento y decir alegría es decir lo mismo, quien está encantado está contento. La alegría es algo así como un indicador general de que las cosas van bien. Si no hay encantamiento no hay fines, sin fines no hay alegría. La alegría humana se relaciona con tener fines, con tener la vida abierta, o con objetivos ya conseguidos. La alegría como emoción básica se produce por cada logro, por pequeño que sea. La alegría tiene que ver mucho más con los fines que con los medios, si se alegra por estos es porque ve el fin más cerca.

No es que el enamoramiento baste para vivir, son necesarios medios. Pero si se está enamorado, al tener fines, es más fácil llegar a tener los medios, mientras que solo con medios, desde el mundo de lo utilitario no se consiguen los fines; no se consigue enamorarse con dinero, solo la perspectiva de conseguir cosas con este, no se consigue la alegría.

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