La admiración (enamoramiento-7)

El segundo sentimiento del enamoramiento, según Ortega, es la admiración. La admiración es la apertura de la interioridad necesaria para ser sensible a la novedad de  las  cosas. Si el encantamiento es sentirse atraído, la admiración es quedarse prendido, atrapado. La admiración, por ser una emoción de la familia de la sorpresa, nos sitúa en una actitud que abre nuestra interioridad a ese algo que despierta admiración.

Como sentimiento la admiración nos abre a algo más grande que nosotros 21141253_smismos y por ello conlleva las señales de la sumisión. Estamos abiertos e inermes, sin defensa ante aquello que admiramos, aquello que intuimos más grande que nosotros, admirarse nos indica que va a merecer la pena que gastemos nuestras energías en lograr eso que despierta nuestra admiración. Quien se admira genera la actitud de servicio hacia aquello que admira, lo ve más grande y por ello digno de ser servido.

El que admira está en la actitud del que se maravilla: descubre tesoros y se abre ante la  realidad concreta. Maravillarse significa precisamente descubrir un tesoro para la propia vida. ¿Qué es la admiración del enamoramiento? Es un descubrimiento del valor de la persona amada (o de lo amado en general). La admiración es el descubrimiento de los valores. Al admirar se descubre el valor del objeto amado, su conexión profunda con el mundo de los valores. Quien admira se hace permeable a los valores del objeto. Quien se admira valora.

La admiración es así apertura al otro, al amado. ¿No decimos cuando vemos a alguien profundamente admirado: “está embobado”? El que admira se abre y se queda prendido: un montón de cosas están entrando en su vida, cosas descubiertas como valiosas, cosas que dan valor a la propia vida. Por eso no se puede mover de allí.

La admiración es admiración ante lo real, simplemente porque es real, porque es: porque está ahí, porque existe. Por esto, el enamoramiento es el modo en que conectamos con lo real, lo que nos hace introducirnos en ello, sentirnos afectados por ello. Es la maravilla de que algo exista y yo lo puedo ver y comprender; porque lo puedo reconocer, con todo el contenido de esta palabra: reconocimiento. Realmente el reconocimiento no se mueve solo en el nivel afectivo, necesita la intervención de la libertad, un acto explícito de la persona, pero, sin admiración, no existiría la posibilidad misma de hacer ese reconocimiento.

La admiración es atraída y despertada por la dimensión de la belleza, por la gloria de la cosa o la persona. La admiración se fija en lo bello, descubre lo real a través de lo bello; o lo que es lo mismo, la belleza es el aspecto o dimensión (trascendental en la filosofía clásica) ante el que reacciona la admiración. La admiración se dirige a la cosa, pero no desde la verdad primeramente, sino desde la belleza. Belleza y verdad coinciden, pero no son lo mismo. No se trata sin embargo de la belleza en sí, que es más bien el prisma del artista y que es una formalidad, la formalidad de la belleza. La admiración se dirige a la cosa en cuanto bella. Existencia y belleza están íntimamente compenetrados. Descubre que es real y lo descubre viendo su belleza. Por esta coincidencia en la belleza, el enamorado es siempre un poco artista (casi siempre poeta; es en la adolescencia, en la época de la apertura al enamoramiento, cuando más versos se escriben), es el artista que todos llevamos dentro. Al descubrir la belleza, al admirarse, la persona adquiere ese prisma siempre creativo, sensible a lo nuevo.

En la admiración el yo está siempre metido, ya dice Salinas: no puedo creer que sea para mí. Es decir descubro un “para mí”, al otro en relación conmigo. Aunque sea algo que yo puedo ver y admirar como un paisaje, lo descubro siempre como “para mí”, es decir, como un regalo. Es un “para mí” que no es posesión, no es propiedad, no es dominio, es algo mucho más profundo: algo existe y yo lo he descubierto y es increíble que yo lo pueda descubrir. Así descubro al otro y me descubro a mi como un ser que penetra lo real, que puede entrar en comunicación con lo real, que en algún modo es esa cosa real que ha descubierto y, por eso, también de algún modo todo lo real: esa es la maravilla. La admiración es lo real afectándome, es el sentimiento que me indica que estoy tocando lo real.

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