Pequeña historia de la amistad hombre-mujer en el día de la mujer, 8 de marzo.

En este día de la mujer quiero reflexionar sobre la igualdad entre hombre y mujer. A lo largo de mi vida he comprobado que solo hay un integrante de introduce la igualdad en las relaciones: la amistad. Los amigos son por esencia iguales y si se deshace la amistad se deshace el trato igual. Por ello hoy me pregunto: ¿existe algo como la amistad entre hombre y mujer? Me vais a perdonar una entrada más larga de lo habitual para hablar de este tema.8586908_s

Quiero hacer este recorrido el día de la mujer, 8 de marzo, porque si la amistad hombre-mujer no existe, con ella va a desaparecer también la igualdad, una igualdad por cierto respetuosa de la diferencia, la amistad es así, iguala en la diferencia. Y la amistad hombre-mujer no es un hecho dado, es una larga conquista histórica y afirmar que es posible la amistad entre un hombre y una mujer es una de las ideas más revolucionarias de la historia.

Hay que tener en cuenta que es la idea misma de que exista la amistad hombre-mujer de un modo general en la sociedad es reciente, muy reciente en la historia. La ausencia de verdadera amistad entre hombre y mujer, es debida ante todo a la radical separación de los sexos que el convencionalismo social ha exigido hasta bien entrado el siglo XX en occidente, mientras que en otras culturas todavía persiste. La distancia entre ambos sexos estaba reforzada además por las grandes diferencias en cuanto a formación cultural (el acceso de la mujer a la universidad no se da en cifras significativas hasta la mitad del siglo XX, siendo pioneros los USA) y de intereses, debido a la diferencia en cuanto a trabajo y actividad. Por eso la amistad hombre mujer ha quedado en la historia para las amantes: son paradigmá­ticas las amantes (favoritas de los reyes y alta nobleza, siempre una minoría y muy pequeña) del siglo XVIII, mujeres de un alto nivel intelectual que llevaban adelante las tertulias donde se gestó la ilustración. Quizá por eso la expresión ‘tener una amiga’ ha quedado teñida en el lenguaje común de un matiz relacionado con lo sexual. Hay también un fuerte componente de amistad hombre mujer, o mejor, un descubri­miento de esa dimensión, en la que se puede llamar la época del afloramiento del amor en la civilización occidental: la época del amor cortes en la Provenza medieval: es un amor sublimado, donde la palabra es muy importante, de hecho son los trovadores los que definen la época.

El fenómeno tiene que ver con el modo cómo están planteadas las relaciones hombre-mujer y, por tanto, es muy amplio y admite muchas matizacio­nes por épocas, culturas, etc. La cultura china, por ejemplo, hasta la llegada del comunismo, lo tenía resuelto con la aceptación del concubinato, es decir el varón puede tener una segunda, tercera, etc., esposa (concubina). Así resume el sistema una mujer china, cuando su hija le habla de amor (en “Viento del este, viento del oeste”, de Pearl S. Buck): “no existe tal cosa entre hombre y mujer. Es solamente deseo. No uses expresiones poéticas al referirte a eso. Es simplemente deseo. El hombre desea la mujer, la mujer desea el hijo. Cuando este deseo ha sido cumplido, no hay nada más”.

Lo que se quiere decir es que las relaciones hombre-mujer se han constituido sobre dos pernos: una institución con finalidad procreativa y que tenía una fuerte protección social y jurídica: el matrimonio y la familia, y otra, no menos vigente, no protegida jurídicamente, pero sí en gran medida aceptada socialmente, que era también para actividades sexuales, pero cuya finalidad era no reproductiva, sino erótica; es decir, dirigida a la búsqueda del placer sexual en todas sus formas, desde las emociones más directas a los sentimientos más elaborados. Fuera de esos dos modos que aparecen de un modo en todas las culturas, no había más relaciones hombre-mujer, con lo que se entiende claramente que no hay condiciones que permitan la amistad ni tampoco la igualdad hombre-mujer.

Este sistema dispar hunde profunda­mente sus raíces en el tiempo, con cambios que son más superficiales de lo que parece. “Llamar sacerdotisas (como en la Roma clásica) o prostitutas a las mujeres que realizan un quehacer sexual a nivel erótico, cobrando por el ‘espíritu’ o por los maravedís o los doblones de la Edad Media es un puro cambio en la forma, pero no en la sustancia de este problema. (…) nuestro predecesores distinguían extraordina­riamente bien y delimitaban con precisión ambas formas de contacto sexual valorando con pasmosa exactitud cada una de ellas” (JJ López-Ibor, El libro de la vida sexual, 508-509). Hace ya bastantes años un sociólogo hizo una distinción gráfica pues comparó la amante al coche deportivo o de lujo: la ilusión de la vida, la fascinación de la velocidad, el placer de conducir, un día fuera de este mundo. Por el contrario, el coche práctico o familiar sería comparable a la esposa, a la madre de los hijos: lo cotidiano, lo que se puede trajinar de aquí para allá porque no necesita tantos cuidados, etc. Pienso que deja en evidencia la existencia de los dos mundos: el erótico (placer) y el procreativo (deber).

El papel destinado a la mujer en la sociedad ha jugado de modo determinante en todo este tema. La mujer ha sido considerada prioritariamente en función de su sexo: como madre y en el trabajo en el hogar y en el campo en sociedades mayoritariamente campesinas. La apertura del mercado laboral que se abre con la industrialización, es decir la realización de otras tareas, además de la maternidad, ha sido una costosísima tarea desarrollada a lo largo de los dos últimos siglos. Con su aparición en el siglo XIX la clase proletaria femenina proporcionaba mano de obra barata (más barata que la masculina, y sigue siéndolo) o prostitutas, era su otra posibilidad, ya que necesaria­mente tenían que buscarse el sustento. La clase burguesa femenina, en principio, no tenía más posibilidad que el matrimonio como salida, ya que trabajar estaba mal visto socialmente para la mujer; de este modo la caza del marido se convierte en la actividad principal de las mujeres de esta clase social durante el siglo XIX y seguramente hasta la mitad del XX. Un autor de la época lo resume así: “para las mujeres, a cierta edad, buscar novio no es ni más ni menos que un oficio” (Adolfo LLanos, la mujer en el s.XIX, Madrid 1864). De ahí la importancia de la edad en las mujeres: era lo que ofrecían, se jugaban la vida con su apariencia y la posibilidad consiguiente de ser elegidas. Se añade la dificultad de que se consideraba la pasividad el distintivo femenino por excelencia, de ahí el estereotipo del ‘sexo débil’. El mismo autor nos indica: “no olvidéis que vuestro destino es esperar. Que deben venir a buscaros. Que ni debéis buscar, ni salir al encuentro. Mujer que espera siempre es digna. Mujer que busca siempre es miserable”. La mujer debía esperar a que el hombre se declarase por lo que se le cerraban muchas posibilidades de elección.

Que se puede deducir de todo lo dicho, que la amistad no sexual entre hombre y mujer es una de las claves de una auténtica y real sociedad democrática, pues es una de las condiciones para una real igualdad y que con ella nos jugamos mucho más de lo que pensamos. También que considerar a las mujeres personas iguales a los hombres ha sido una larga conquista y su logro es la igualdad de derechos. No podemos perder nada de esto, el día de la mujer está ahí para recordarnos todo ello.

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