El pudor

El pudor es un sentimiento de la familia la vergüenza. La vergüenza es un miedo a nosotros mismos. La vergüenza protege nuestro yo, que vayamos más allá de donde nos conviene, que nos expongamos. De este modo vergüenza y pudor delimitan lo que percibimos personalmente como nuestro yo. El pudor se refiere con precisión dentro del yo a la intimidad, a lo que consideramos esencial de nuestro yo, lo que percibimos como nuestro y solo nuestro, lo que nos hace ser la persona que somos.

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El pudor está expresamente ligado a la persona. El pudor existe porque la persona posee una intimidad. El ejemplo más sencillo es la defensa que hacen los adolescentes de su habitación, ahí conserva sus cosas, que nadie puede tocar, especialmente su madre, ha encontrado un terreno propio. El pudor nace cuando se tienen secretos personales. Y no sólo se refiere a los valores sexuales, a la intimidad sexual, pero es evidente que esta tiene una importancia grande en el terreno del pudor, tanto que a veces sólo se considera como un valor ligado a los valores sexuales, de hecho el ejemplo es de adolescentes. El pudor comienza en la adolescencia con la aparición de los valores sexuales: el niño no tiene ni intimidad ‑sus juguetes están indiferenciados y tanto vale que sean sus juguetes, como el jarrón del comedor‑ ni reacción fisiológica a los valores sexuales externos.

            «A través del pudor reconoce el hombre que no hay nada parecido a él en el mundo objetivado en su entorno, que él es diferente, que se haya desamparado en ese mundo de alienación y de apropiación. Por eso ‑así Sartre- cubre con vestidos su desnudez, una vez que ha advertido su singularidad. Y justamente cuando se ha vestido, puede observar ya cuidadosamente a los demás, pero no los demás a él. Él es sujeto y los demás son objetos» (Tatiana Goricheva, Las hijas de Job, 1 1 1 ).

            La toma de conciencia de que se tiene una intimidad corresponde a la experiencia subjetiva de tener una vida propia, mejor dicho de querer tener una vida propia, algo mío, incomunicable o, al menos, comunicable sólo por mí. El niño, muchas veces para vergüenza de sus padres, comunica todo lo que le pasa, el tránsito a la vida adulta pasa por la conformación de ese espacio propio defendido por el pudor. Esto es, por la conciencia de la propia singularidad como persona.

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