El turista, el analista y el contemplativo

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(Voy a hacer varias entradas sobre el turista a partir de una luz inicial recogida en una lectura de Gabriel Marcel sobre la actitud del espectador)

            Progresivamente me parece encontrar cada vez más “turistas de la vida”. Personas que no es que practiquen el turismo (cosa buena y loable) sino que, por así decir, no dejan de practicarlo. Son turistas siempre o, lo que es lo mismo, tienen ante los acontecimientos de la vida la actitud del turista. Para explicarme voy a tratar de exponer la actitud del turista en contraposición con otra actitud, que he llamado actitud del analista. En último término introduciré una nueva actitud, la del contemplativo. No voy a tratar aquí, por tanto, de comparar dos tipos humanos, sino más bien actitudes ante los acontecimientos, ante la vida en general.

       La actitud es algo clave y es algo que ponemos nosotros “antes de” que las cosas sucedan e influyen poderosamente en ellas, en cómo se presentan en nuestro mundo. Tenemos la llave de nuestro mundo y esa llave es precisamente nuestra actitud ante ella.

            Vaya por delante que esta no es una disquisición moral, las tres actitudes de las que voy a hablar son necesarias para cualquier persona. Es necesario ser turista e irse de vacaciones, es necesario ser analista y destripar la realidad. Es también necesario ser contemplativo. Vamos a ver cada una de las actitudes y lo que obtenemos con ella.

            Turista y analista son espectadores, pues ambos coinciden en que miran, en que se ponen delante de la realidad para observarla. ¿Cuál es entonces la diferencia entre el turista y el analista? La diferencia estriba en la actitud con la que observan. Son dos actitudes profundamente distintas. El turista es un simple espectador, alguien que por diversión, por evasión, se dedica a observar aspectos, sectores, zonas desconocidas de la vida. Alguien que se dedica a observar el espectáculo. El turista, es alguien que no se interesa de la realidad más que en la medida que “le saca” de la propia vida, de la realidad cotidiana. El turista es espectador ya que esta actitud le sirve como interruptor de la propia vida. El analista es, por el contrario, alguien que quiere penetrar la realidad, que la quiere comprender, en suma, alguien a quien esa realidad interesa en grado sumo. ¿En dónde radica una diferencia tan profunda en sus consecuencias?

            Pongo un ejemplo. Hace un tiempo al disponerme a ver una película que había utilizado para una clase, alguien me dijo: “relájate, no te preocupes, no la destripes… ¡pásalo bien!” Es curioso, en una primera aproximación el simple espectador (nuestro turista) es el que se deja sumergir en la película, se mete en ella, la vive… ¿qué quiere decir? Que vive las emociones que la acción dramática conlleva: sufre si hay dolor, se enamora si hay amor,… hasta llegar a identificarse (ser de algún modo) el/la protagonista de la peli. Es claro que una de las claves del éxito de una película es su capacidad para suscitar este proceso de identificación. En West side story, del año 1961, se puso una protagonista wasp (estadounidense digamos profunda: blanca, anglosajona, protestante) y evitaron una puertorriqueña, como pedía el guion. La película corría riesgo de fracaso si no se conseguía que los estadounidenses se identificasen con la protagonista, corrían otros tiempos y la sociedad americana era muy cerrada.

        El analista, por su parte, parece tener una actitud permanentemente crítica de frente a la película, la objetiva, la analiza,… consecuencia: la juzga y, por eso parece que no se mete en ella. Se podría pensar que el contemplativo no se identifica con las emociones de la película, ¡no la vive!

            Una sorpresa, porque parece que hemos llegado a la contradicción con nuestro punto de partida: según lo dicho el turista vive la película y el contemplativo no, y habíamos partido de que el turista es alguien que quiere salir de su propia vida y el analista por el contrario comprenderla: está interesado en ella en grado sumo. A esta contradicción se añade otra: el turista vive la película, pero dejándose llevar, es decir pasivamente: justamente lo que hace es no poner esfuerzo, no poner de su parte. El analista es activo permanentemente y lo curioso es que con eso parece que lo que consigue es salirse de la película, no vivirla.

            Me temo que el centro del embrollo está en lo que se denomina “vida”. En la próxima entrada hablaremos de lo que varía el significado de la “vida”, según la actitud.

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