La esperanza (1): el tiempo

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La esperanza

Esta es una serie de etapas para el caminante. La vida es un camino y hay que emprenderlo. Un recorrido por la esperanza que tiene varias etapas, las etapas de nuestro camino existencial, que tanto va por llanos con facilidad como se encuentra frente a escarpadas montañas que se interponen en el camino. Nuestras ocho etapas son: El tiempo, el instante, la soledad, la inquietud, el presente, el control y la ternura, para terminar en el regalo. Cada una tendrá su propia entrada.

Es necesario hacer una pequeña advertencia. Leer estas líneas tiene una llave: hay que escanciar poco a poco las palabras para evitar embriagarse con ellas y perder su significado. Su sentido se cierra a quien las lee rápidamente, a quien no las paladea. Como con el buen vino hay que dejar que estén un rato en la boca, dejando que nos impregne su aroma, antes de hacerlas pasar. Solo así nos abren su mundo.

La esperanza (1): el tiempo

Hay un hecho indudable: tenemos que vivir en el tiempo y no sabemos qué es el tiempo. El tiempo introduce variables imprevisibles en nuestra vida, de modo que nunca acabamos de saber lo que es. Nunca terminamos de poseer nuestra vida, porque no poseemos el tiempo. El futuro se nos escapa, se nos hace incognoscible, no sabemos lo que pasará, ni siquiera con nosotros mismos; y el pasado parece sumergirse en la bruma de la imprecisión, a veces, una imprecisión buscada: hay cosas de las que no queremos acordarnos, que nos sumergen en la vergüenza (ese sentido de la propia dignidad que nos hace poner barreras, hacia los demás y también hacia nosotros mismos, hacia nuestro pasado). Si domináramos el tiempo lo dominaríamos todo, nuestra vida saldría de la incertidumbre.

Hemos encontrado muchos modos, modos desesperados de intentar controlar el futuro. Nos resistimos a creer que todo este así en la incertidumbre, “deber haber un destino”, “nuestra vida debe estar escrita en algún sitio, un sitio importante y seguro, un sitio a la medida de nuestra propia importancia”. Otra vez esa seguridad de la importancia de nuestra propia vida: no es posible, sería una locura que hubiese sido arrojada, así simplemente arrojada a una existencia incierta, al infinito juego de las casualidades, del azar … ¡qué fuerte sentimiento de inseguridad si fuese así! ¡Qué inquietud de encontrarle un sentido! No es posible que nuestra vida sea como los granos de arena de las playas, similar a otros miles, ¡qué miles!, a millones, a cientos de millones de otras vidas, traídas y llevadas de acá para allá por tormentas y calmas, por olas y corrientes, que no tienen un sentido.

Somos un ser que se plantea el sentido, que tiene una fuerte exigencia de sentido, un ser que vive en la inquietud de sentido y que se encuentra sumergido en el “sin sentido” del tiempo, del azar, de lo imponderable, de lo incognoscible, de lo incalculable. No tiene nada de extraño que nos hayamos confiado a todos los magos y los adivinos, a los tarots y a los horóscopos. Nuestra persona puede parecer poco importante, quizás es ese minúsculo grano de arena, pero si te ves desde dentro, si tienes que vivirla, eso parece algo increíble, algo absurdo … y no se puede vivir en el absurdo, tiene que haber una lógica en algún sitio, “¿por qué no en las estrellas?” “¿no sería nuestra vida algo más importante si tuviera un correlación con los astros, si estuviera ya escrita en algún sitio?, en tal caso no seríamos ya algo tan efímero, estaríamos en conexión con algo tan grande como una estrella, nuestro pequeño tamaño tendría de alguna manera una comunidad con los espacios estelares. Las cosas adquirirían un  sentido”.

Si. Pero, ¿a qué precio? ¿Qué nos habría costado dominar el tiempo, el saber nuestro futuro, que no fuese simplemente azar, sino ciencia, aunque sea astrológica? Muy sencillo: si nuestro destino está escrito, si depende de las estrellas o los demonios, de los magos o los hechiceros; si depende de algo que está fuera, sea lo que sea, ya no es nuestro. Y, ¡es curioso!, estamos dispuestos a pagar ese precio, libertad por seguridad, cualquier cosa por dominar el tiempo, por no dejar nuestra vida en la incertidumbre. Y, aunque sea contradictorio, metemos nuestra vida, porque somos nosotros quienes la metemos, por esos derroteros, “decidimos” tomar ese camino, decidimos no tener que decidir, que no queremos decidir, que no queremos la incertidumbre. Los derroteros son los de la seguridad, del destino conocido, del astro frío que gobierna nuestro futuro, nuestro tiempo; nos entregamos a la magia con una pasión que tiene el impulso del miedo: “¡sujétame el futuro!, ¡ponlo a mi servicio!, ¡que me sea propicio!, ¡dámelo amordazado!, ¡quítale su aguijón!, ¡que no me amenace más!” Nuestra vida ya no es nuestra, pero ahora la conocemos, hemos hecho salir fuera las sorpresas, la hemos metido en una vía de tren: carriles de hierro instalados, fijados al terreno, un camino seguro, aunque sea al precio de que otros u otro, fuerzas o seres, nos hayan hecho ese camino, otros, cualesquiera que sean, pero lo han hecho seguro, controlado, para mí. Así ha surgido algo de seguridad, aunque no hayamos podido despejar todas las incógnitas y algunas dudas nos asalten.

¿Por qué es tan difícil vivir en la libertad? ¿Por qué buscamos con tanta facilidad refugios, que en realidad son decir: “¡no camino más!”? ¿Por qué con tanta facilidad estamos hartos de buscarnos un camino propio? Sí, hay que reconocerlo, es muy difícil vivir en la libertad, a pesar de que la amamos con fuerza, la reivindicamos y con dificultad aceptamos que no la tenemos, que estamos fuertemente condicionados. La queremos, pero la libertad es difícil; aunque, en realidad, lo que es difícil es vivir el tiempo. Si tuviésemos el truco para poseer el tiempo, todo resultaría más fácil. La trampa del tiempo y su inseguridad es el agujero por el que la libertad se nos escapa. Por tener seguridad en el tiempo estamos dispuestos a vender la libertad. No nos damos cuenta de que libertad y tiempo, con su incertidumbre, van unidos. Libertad e incertidumbre, libertad y tiempo. Si renunciamos a la incertidumbre, renunciamos a la libertad.

Un río que fluye ¿es o no es el mismo? ¿Dónde se remansa el pasado?, las aguas que pasaron ayer y antesdeayer y el otro y el otro; los cariños perdidos ¿a dónde fueron? ¿Y los besos que no dimos?, ¿y las oportunidades? Si el futuro engendra miedos e incertidumbre, el pasado añoranza: parece un cúmulo de posibilidades perdidas, de lo que pudo ser y no fue, de lo que se fue para siempre, quizás de momentos felices, pero teñidos del “¡no volverá!”. Aquello que vivimos, incluso episodios intensos, se desvaneció. Tantas cosas parecen no haber dejado rastro, como si las hubiésemos hecho en la superficie del mar donde los rastros duran tan poco, ni siquiera lo son, en unos minutos no queda nada, todo desaparecido, engullido por las aguas oscuras del océano inmenso del tiempo pasado que parecen poderlo tragar todo. O recuerdos dolorosos, que perviven como un clavo en la pared: dolores y golpes, injusticias y, sobre todo, traiciones … nuestra confianza y con ella nuestra inocencia, quebrantada. “¿Lo sucedido es todo fruto de casualidades?, ¿por qué hay gente que tiene tantas oportunidades?, ¿son éstas un tren que hay que coger en marcha?, ¿por qué hay gente que nunca las tiene? ¿Por qué la vida ha sido tan desagradecida conmigo?” “¿Por qué los dolores? ¿Por qué las injusticias?”. Esa es la impresión que tenemos y algunos sucesos nos agrían la memoria y nos hacen ser negativos: “así ha sido y así volverá a suceder”.

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