Fort Bliss, la infancia ignorada

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Se trata de una película dirigida por Claudia Myers e interpretada en su papel protagonista por Michelle Monaghan, apoyada por Ron Livingston. El argumento analiza las consecuencias de la guerra en los presuntamente vencedores. Se trata de nuevo de una de esas películas que responden a una sensibilidad femenina en el mejor sentido de la palabra.

En elemento que me ha impactado y por el que he decidido escribir sobre Fort Bliss es el sentimiento de maternidad, que Maggie Swann (Michelle Monaghan) experimenta hacia su hijo único. Maggie es una madre divorciada que deja a su hijo al cuidado de su exmarido y su nueva pareja, los quince meses que pasa destinada como médico militar en Afganistán. Al volver el hijo tiene 5 años. Durante todos esos largos meses no deja de pensar en su hijo, es como una profunda huella emocional, su gran ilusión es volver a verle y lo imagina como un reencuentro feliz con su hijo igualmente deseoso de ver a su madre. La huella material de este sentimiento es un álbum de fotos hecho en Afganistán en las que aparece siempre un patito amarillo que su hijo le regaló antes de salir, álbum que lleva como gran regalo a su vuelta.

A pesar de toda su ilusión en ver a su hijo Paul (Oakes Fegley), este no quiere verla. También rechaza el álbum con fotografías de Afganistan con un patito amarillo que fue un regaló a su madre antes de irse. La madre ha hecho fotografías donde sale el patito día a día durante año y medio, pero él ya no es el niño al que le gustaban los patitos amarillos. Para el hijo, tal como subraya el padre, quince meses es un tercio de la vida. Después de un duro proceso que le ha provocado sonambulismo, acaba de encajar por fin en el hogar de su padre y su nueva pareja y sencillamente no quiere ver a su madre, a quien recuerda vagamente, y desde luego no quiere irse con ella. Algo muy lógico si se tiene en cuenta la fuerza del vínculo de apego: la extrema dependencia lleva a exigir.

La escena de la negativa es desgarradora, pero la madre no se ablanda para nada y se lleva a su hijo a su casa. La opinión y el sentimiento del hijo no tienen peso en ella, tampoco el padre que intenta defender al hijo y a quien pesa la separación.

El malestar del hijo se manifiesta en la casa donde viven su madre y él, tirando un plato de comida al suelo. La madre saca genio y riñe con fuerza al hijo y le exige respeto. Después de este episodio vuelve a surgir el sonambulismo en el hijo.

El sentimiento maternal de Maggie es tan fuerte como nada empático con el hijo, cuyos sentimientos pasa por encima sin contemplaciones. El ambiente del ejército que vive no contribuye en nada a mejorar su empatía, sino más bien lo contrario, refuerza un “deber moral” hacia el país que pasa por encima del hijo.

Se suma una ignorancia de los sentimientos de los niños y cómo se forman, a pesar de que, en las conversaciones con su padre, este da elementos clave para entenderlos, con el ambiente militar, nada favorable ni a ser sensible a los sentimientos, ni a buscar el modo de atender las necesidades emocionales de una madre. Es un ambiente rancio impregnado de una concepción del “deber” por encima de las personas, que consigue soldados obedientes al país por encima de sus obligaciones personales. El hijo es una víctima de esa cultura.

Resulta increíble que ya bien dentro en el siglo XXI, todavía una madre no conozca, en el sentido racional, la importancia de la relación de un niño con sus figuras significativas. Su propio sentimiento del vínculo debería haberle indicado el camino, pero a ella le va a costar mucho oírlo, enredada como está en una lógica militar.

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El prolongado período infantil del homo sapiens ha establecido el vínculo como elemento fundamental para la supervivencia de los pequeños. Los niños establecen un vínculo de apego con una figura significativa, normalmente madre o padre, la que sea más cercana, figura de la que dependen y de la que obtienen todo lo necesario para la vida. Esa figura no es fácilmente intercambiable y cada cambio deja profundas huellas emocionales, aunque no tanto en la memoria, del pequeño. Las dificultades de Paul de centran enteramente en el abandono de la madre, al que se va a sumar un nuevo destino en Afganistán a los pocos meses de vivir juntos.

Saco dos conclusiones. Primera, aún desconocemos mucho del funcionamiento emocional de la infancia, o mejor, lo sabemos pero no hemos sacado las consecuencias en la vida habitual y desde luego no en culturas cerradas como es la del ejército.

Segundo, este es uno más de los múltiples “daños colaterales” de la guerra. El personaje “Paul” es una víctima más de la guerra de Afganistán. Aquí es un personaje de película, pero en la vida real hay muchos, muchísimos Paul sufriendo las consecuencias de que los adultos del siglo XXI sigan creándose obligaciones que dejan de lado las necesidades emocionales de sus hijos.

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