El amor es la revolución social de dos personas

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         Esta idea de Alberoni es realmente profunda. El amor se instaura como una revolución social de dos personas. Movidos por la triada, eros, enamoramiento, amor los amantes reestructuran la propia existencia para adaptarla al otro. Sienten que deben salir de sus núcleos sociales originales, de su hogar, de su familia, para crear otro núcleos social nuevo.

        El eros se manifiesta como la fuerza impulsora, que ha ido descubriendo y abriendo como en círculos concéntricos el nuevo mundo, primero con el enamoramiento y después dirigiendo todo el ser al amor.

        Según como sean los valores de esta nueva revolución social, así será el nuevo núcleo, el nuevo hogar. Los valores son los que ambos amantes han metido en la relación, de donde surge el modo cómo se configura su convivencia. De que los dos hayan de verdad reorganizado el mundo alrededor de los dos depende que la revolución tenga estabilidad.

        Ambos tienen que dejar muchas cosas para pasar al nuevo hogar, sobre todo en cierto modo dejarse a sí mismos para vivir para el otro: cada uno se abandona en las manos del otro y lleva de sí mismo al nuevo núcleo social lo que el otro ha aceptado. Lo que de ellos perdure en la nueva vida será lo que el otro quiera. Esto tiene sus inconvenientes si aspectos importantes de uno o del otro no han entrado en la relación y han quedado ocultos: no entran en el nuevo hogar, quedan fuera y acabarán apareciendo rompiendo la unidad. Si hay mentiras entre los dos estas aparecerán tarde o temprano y crearán una crisis de la relación y del nuevo núcleo social.

        Ambos se confían se olvidan a si mismos en el otro. Comienzan a vivir para el otro. No solo se vive con el otro, eso es lo que sucede cuando se comparte piso, los amantes viven con y sobre todo para el otro. El nuevo hogar está constituido en su núcleo por el don de la persona al otro: ese es el gran regalo que no puedo creer que sea para mí (Salinas). La tarea del eros ha sido prepararnos para recibir el don de la otra persona. Pero este don genera un nuevo núcleo social, una nueva familia.

        En vivir con y para el otro se ve la realización de la propia vida. Esto es lo que de modo tan intenso “dice” el enamoramiento, comenzando en lo erótico. Sin eros y sin los sentimientos que despierta con todo su lenguaje y sus resonancias en nosotros, no hay hogar. El nuevo hogar que se forma, el lugar donde ambos amantes se acogen mutuamente, no es solo el lugar material, las cuatro paredes de la casa donde vivan, es el amor instaurado entre los dos, amor que funda la realidad de la vida que se vive entre esas cuatro paredes del la viviendo real. El amor es su nueva visión, su institución constituida sobre la verdad de los sentimientos que les han hecho descubrirse uno al otro y que ahora los entrelazan en un lugar material y constituyen el punto de apoyo de sus vidas. Ambos están absorbidos uno en el otro dentro de sus sentimientos y su atracción sexual  y, por eso, ya no son dos, sino uno realmente. Unidad que el sexo crea de una forma totalmente real uniendo los cuerpos y que el lenguaje del cuerpo sella. Y que a continuación el amor materializa en una vivienda concreta y real.

        El nuevo hogar de los amantes tiene su germen en la unidad del lenguaje del cuerpo, en la acogida que el sexo hace convirtiendo en “una sola carne”. Esta frase de Jesús de Nazaret me parece la más profunda y más radicalmente humana y corporal que se ha pronunciado sobre el amor. Por tanto del sexo, se pasa a recoger los sentimientos del otro y acoger y vincularse, y desde ahí se construye el amor. Es el amor el que crea el hogar, el lugar adecuado para vivir del ser humano.

       Con esas premisas, la revolución social generada por la triada eros, enamoramiento y amor es la revolución más fuerte y constante que experimenta la sociedad humana. Cuando se constituye tiene tal fuerza que pasa por encima de las diferencias de razas, culturas y religión.

        Cuando dos razas de seres humanos entran en contacto se terminan generando todas las mezclas posibles, como ha sucedido en América, después de la llegada de los europeos, o en África, o todas las veces que el contacto se ha producido. Esté fenómeno se repite actualmente a lo largo y ancho del mundo  y acaba superando a las reticencias y prejuicios con los que al principio se ve a la raza recién llegada. Cada vez que se produce supera el racismo generado por la desconfianza inicial a lo diferente.

        También está por encima de las diferencias culturales y los nuevos núcleos sociales acaban formándose en cuanto dos culturas se ponen en contacto. El ejemplo más simbólico es la historia de Romeo y Julieta de Shakespeare, donde la tragedia se establece porque el amor pasa por encima de las diferencias entre montescos y capuletos, dos clanes rivales estrictamente separados. La realidad histórica de las conquistas de un pueblo por otro acaba habitualmente con la mezcla entre ambos. Así los españoles no son de una sola raza, sino una mezcla donde ya no se distinguen los límites, de íberos, celtas, fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, suevos, vándalos, alanos, árabes, judíos, gitanos, etc. El español actual, lo quiera o no, es una mezcla de todos esos pueblos. Y así ocurre con muchísimos pueblos.

             La triada amor, enamoramiento, eros pasa también por encima de las diferencias de religión, a pesar de que las religiones institucionalizadas ponen normas para evitar esos “matrimonios mixtos”, es decir formar pareja con alguien que pertenece a otra religión. Esto lo hace la religión católica, Islam, y montones de iglesias surgidas de la Reforma protestante. A pesar de esas prohibiciones las parejas con miembros de las dos religiones en contacto siempre terminan produciéndose.

          Por eso se puede afirmar que eros, enamoramiento y amor generan la mayor y constante revolución social, comenzando por dos personas. Sus efectos a nivel de toda la sociedad no se advierten hasta el medio o largo plazo, pero son imparables e irreversibles.

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