La emoción es una sensación sentida

El modo en que Aristóteles define la emoción es sensación sentida. Esto significa que entiende que una emoción consiste en un grupo de sensaciones, que el cerebro unifica y evalúa como miedo, por ejemplo, o como enfado o tristeza. Para mi es verdaderamente sorprendente que Aristóteles ha sido capaz de darse cuenta de eso 350 años antes de Cristo.

Para Aristóteles, que tenía una visión jerárquica o en tres niveles o esferas del ser humano, la sensación pertenece al nivel biológico, al cuerpo, mientras que la emoción o sentimiento es el elemento básico del nivel psíquico. El nivel de emociones y sentimientos.

De este modo configura la emoción como una evaluación de sensaciones y de este modo conecta nivel somático y nivel psíquico. Es decir, la emoción es una reflexión sobre el cuerpo y sus sensaciones, del mismo modo que la razón, el tercer nivel o esfera, es una reflexión sobre los contenidos psíquicos, a los que se añaden las sensaciones.

Resumiendo, la emoción evalúa el cuerpo y sus sensaciones y la razón reflexiona o evalúa sobre ambos, tanto sensaciones como emociones, tanto el nivel del cuerpo como el psíquico. La expresión, la emoción es la sensación-sentida, significa que la emoción es una evaluación interna de las sensaciones que percibe el cuerpo, es decir, la emoción es la sensación sentida por dentro.

Algo en lo que lógicamente el cerebro tiene el total protagonismo.

Lo que siempre me ha llamado la atención es que Gendlin, el iniciador del focusing, utiliza exactamente la misma definición de emoción: sensación sentida, y sobre esa definición monta el focusing.

El focusing es una corriente de la psicología centrada en la gestión de la emoción. Su método es localizar la emoción almacenada en el cuerpo y por así decir disolverla. Para localizar y focalizar la emoción en el cuerpo, lo que hace es buscar sensaciones. No puede buscar emociones directamente, ya que estas se componen de un grupo de sensaciones evaluado como emoción. Por ponerlo en un ejemplo, sentimos una serie de sensaciones que nos comprimen el estómago y el intestino. Esas sensaciones el cerebro nos las evalúa como miedo. De este modo el focusing trabaja con la sensación o las sensaciones que se perciben debajo de la emoción, por así decir descompone la emoción en sus integrantes.

También podemos decir que el miedo como tal no existe, existen una serie de sensaciones agrupadas que el cerebro interpreta como miedo. O quizá lo que podemos decir es que el miedo, y las demás emociones, son una creación del cerebro.

Es decir, primera constatación, una corriente psicológica de los años 70 del siglo XX coincide con la observación de un filósofo de hace 2370 años.

Pero para entender el proceso hace falta un paso más. ¿Cómo es posible que el miedo aparezca en las tripas? Sigamos con nuestro ejemplo de un modo sencillo. Aparece un perro peligroso en nuestra habitación y nos entra el miedo, ¡es un buen susto! ¿Cómo ha llegado ese miedo hasta las tripas? ¿Cómo han llegado esas sensaciones desde la sensación visual de un perro y la auditiva de su gruñido hasta el estómago? Aquí la clave está en las investigaciones de Antonio Damásio. De nuevo el cerebro ha recogido esas variaciones sensoriales y, por decir así, las ha proyectado en nuestras tripas. El cuerpo hace como de receptor y ayuda a la interpretación de lo que nos está sucediendo, en este caso, la aparición de un peligro. No detectamos ese peligro sin la participación del cuerpo. Podemos decir que la emoción está en el cuerpo.

La función del cerebro es la siguiente. Primero recoge la sensación visual y la auditiva o cualquier otra sensación que informa de algo nuevo que sucede fuera o dentro de nuestro cuerpo. En nuestro ejemplo, lo que sucede es que aparece un peligro, un perro peligroso. Para interpretar ese peligro el cerebro lo proyecta en algún punto de nuestro cuerpo, en este caso en las tripas. Luego “lee” las sensaciones ahí proyectadas como miedo y en ese mismo momento activa todas las alertas, la vista se concentra en el peligro, hasta en el mínimo movimiento del perro, las hormonas interrumpen todos los procesos y los centran en la defensa o la huida, la adrenalina cae a borbotones en sangre, los músculos se tensan por todo el cuerpo, etc.

Lo curioso es que todo este proceso se hace antes incluso de ser conscientes del peligro. Dada la urgencia, el cerebro mismo ha utilizado un atajo evitando el paso por el cortex. La respuesta al peligro va a ser más rápida que la conciencia del peligro.

Recojo algunas ideas importantes. La emoción está y se almacena en el cuerpo. El cerebro utiliza el cuerpo como un lugar donde proyectar las sensaciones y leerlas como si de una pantalla de cine se tratara. Por tanto, el cuerpo es parte activa de la lectura de lo que nos sucede. Su sensibilidad es vital para nuestra supervivencia, en realidad en toda nuestra vida.

Por último, cada emoción está integrada por diversas sensaciones que se agrupan en algún lugar de nuestro cuerpo. Para poder gestionar la emoción debemos localizar ese grupo de sensaciones que la componen y un paso es localizar el punto u órgano del cuerpo donde se sitúan. Pueden ser las tripas como hemos dicho, el estómago, el corazón, que hay veces que da saltos de la cantidad de sensaciones que le hemos acumulado, los pulmones porque nos hemos quedado sin aliento, la piel, que tiene una fuerte sensibilidad emocional en algunas personas.

Esto me lleva a decir que somos un patrón emocional diverso, no todas las emociones van al mismo sitio en todas las personas, hay mucha variación, tanta como diferencias en emociones y sensibilidad, por la tanto, tanta como personas.

Creo que ahora sí podemos decir que la emoción es la sensación sentida.

Me gustaría tu participación, si te cuadra lo relatado, si lo que hace es hacer surgir dudas, si no estás de acuerdo o si te parece que hay que matizar algo…

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El vínculo de un padre con su hijo

13460126_sHoy quiero hablar del vínculo padre hij@ desde un punto de vista personal, hablando de mi propio vínculo con mi hija, Noor, que ahora tiene 7 años. Después sacaré algunas consecuencias en la cultura de hoy.

El año pasado, por las circunstancias de mi trabajo, tenía mucho tiempo para ella e iba a llevarla y a buscarla al colegio, la llevaba al médico y la cuidaba cuando estaba enferma, estaba con ella en casa cuando era necesario, en resumen, estaba mucho tiempo con ella. Este año mis circunstancias han variado y bastantes de esas cosas ya no puedo hacerlas y su madre va a buscarla al salir de la escuela, etc.

Por supuesto Noor ha notado el cambio y me ha hecho preguntas como: cuando me ponga malita, ¿no te vas a quedar conmigo papá?

Por mi parte ha habido un hecho, que se ha repetido varias veces, que me ha hecho consciente de que mi vínculo con ella es enorme. Algunos días la dejo para el desayuno en la escuela a las 8 de la mañana. A Noor le ha costado quedarse y se pone triste y me dice que no me vaya. Uno de los días, una vez dentro, se asomó a una reja desde la que se ve la calle por la que me alejo y me gritó “papá” y comenzó a hacer gestos de adiós. A mí se me hizo un nudo en la garganta y unas enormes ganas de llorar. Verla allí despidiéndose me hace sentir que me dejo algo muy profundo, muy de dentro de mi vida. Un sentimiento hondo que me sorprende mucho y que me da la impresión que se extiende por todas mis tripas.

Ese es mi vínculo padre-hija, y sé que por ella voy a hacer cualquier cosa, que voy a hacer lo posible para que sea feliz, para que consiga sus metas, … También sé que quiero estar con ella: es un sentimiento de tristeza, de pérdida por verla que se queda y que yo me tengo que ir.


El vínculo con una hija o hijo nos afecta muy profundamente y se clava en todo nuestras tripas y en nuestro ser, de tal modo que ya no entendemos la vida sin ella/él


carolina2Esto me ha hecho consciente de que a ella le está afectando el cambio… y a mí también y mucho más profundamente de lo que soy capaz de expresar en este momento.

Ahora mis consideraciones: Uno de los elementos culturales de mayor calado y con mayores consecuencias es la progresiva importancia social que está adquiriendo el vínculo entre padre e hijas e hijos. Sin embargo, en mi opinión es algo que está en nuestro ADN en sentido literal: el sistema emocional está diseñado para generar un fuerte vínculo entre padre e hij@. Las limitaciones a este vínculo son y han sido culturales. Sus consecuencias de este cambio en la cultura son incalculables.


Hasta hace muy poco, el vínculo padre e hij@ estaba muy desvaído porque la cultura determinaba que figura del padre estaba básicamente fuera del hogar.


En la cultura previa a la postmodernidad, el vínculo padre e hij@ estaba muy desvaído porque la cultura determinaba que figura del padre estaba básicamente fuera del hogar, en el trabajo, y la relación con los hijos y su educación era tarea de las madres. Además, en todos los primeros trabajos sobre el vínculo y la relación paterno-filial y materno-filial, el acento estaba puesto en la madre y en lo necesario de la relación afectiva que crea con el recién nacido. En ese mismo contexto se han enmarcado los estudios sobre el apego, que sin embargo han posibilitado una visión más completa, al hablar de figura significativa, que puede ser en principio además de la madre, por supuesto el padre, e incluso otra persona.

Esta es mi conclusión: lo que es nuevo es la valoración cultural de este vínculo, el vínculo de los padres con sus hijas e hijos está ahí. Es muy importante cuidarlo, valorarlo y cuidarlo. Muchos cambios positivos de la sociedad vienen detrás. Por ejemplo, he visto, fundada por un padre, una escuela para el cuidado de las hijas. Cada vez hay más padres, separados de sus parejas o por otros motivos que se hacen cargo de una hija: por supuesto que es función del padre peinar, ayudar a comprar ropa, etc. todas esas funciones que se denominaban femeninas de las que los hombres estaban excluidos. Ahora no, ahora los padres con hijas se interesan por ellas, porque interesan a sus hijas.


Si estás de acuerdo con esta opinión que expreso me encantaría que comentaras con tu experiencia para enriquecer la mía y la de todos los que lean esta entrada.

«La tristeza no es útil»

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«La tristeza no es útil» es una frase de una película que acabo de ver y que un adulto le dirigía a un niño. El niño, ante una situación muy complicada y varias pérdidas, había roto a llorar y el adulto le urgía para que se pusiese en movimiento. Yo estoy de acuerdo: la tristeza no es útil en sentido pragmático, no nos proporciona nada tangible, nada que podamos “tener”.

Sin embargo, en la evolución de hombre, y también de los mamíferos superiores, la tristeza aparece como una de las emociones básicas, que entran en la dotación que todo niño lleva al nacer.

La pregunta es: ¿por qué la evolución ha invertido tanto esfuerzo en una emoción que no proporciona utilidad alguna? ¿Qué ventaja sacamos de tener la tristeza en nuestra dotación emocional?


¿Por qué la evolución ha invertido tanto esfuerzo en una emoción que no proporciona utilidad alguna?


Y realmente hay que afirmar que la inversión es muy grande. Las épocas de tristeza pueden ser duraderas, dolorosas, e inciden en el conjunto de la actividad de la persona casi anulándola. La tristeza interrumpe la acción, le quita sentido, nos deja sin objetivos, no nos invita a comunicar con los demás, nos quita las ganas de hacer cosas, de emprender iniciativas, incluso puede llegar a quitar las ganas más fundamentales, las ganas de vivir.

En la época actual en la que solo parecen valorarse las emociones positivas, la tristeza es el enemigo número uno, es la gran emoción negativa, algo que hay que sacudirse rápidamente de encima. Pero, para terminar de complicarlo, la tristeza es lenta de evolución, necesita tiempo, es parsimoniosa. Es difícil superar una tristeza profunda. Prisa y tristeza son palabras antagónicas.

Resumo desventajas: La tristeza es una emoción sumamente desagradable, que además bloquea la energía y el interés en las cosas y detrás de eso, la capacidad de iniciativa. Para terminar de fastidiarlo, tiene un ciclo lento, que no permite prisas.


La tristeza es una emoción sumamente desagradable, que además bloquea la energía y el interés en las cosas y detrás de eso, la capacidad de iniciativa. Para terminar de fastidiarlo, tiene un ciclo lento, que no permite prisas.


Entonces la ventaja evolutiva que proporciona la tristeza debe haber sido muy grande para mantenerla en la dotación emocional básica. ¿Cuál es esa ventaja tan fundamental? ¿Por qué la tristeza es importante para el ser humano?

Yo voy a tratar de ensayar mi respuesta, siendo bien consciente de que no digo la última palabra en el tema, solo el punto al que yo he llegado.

La tristeza es una emoción que nos hace humanos. Esa es mi síntesis.

En primer lugar, la tristeza es una elaboración de nuestros vínculos, de lo que nos conecta con las cosas y sobre todo con las personas. Como especie somos una especie social, que ha invertido mucho en los vínculos y la tristeza detecta cuando esos vínculos están afectados o se pierden.

En segundo lugar, literalmente porque se produce temporalmente detrás de la elaboración de una pérdida afectiva, la tristeza está conectada con la creatividad, con la apertura a lo nuevo, con crear mundos nuevos y diferentes, adecuados precisamente a nuestra sensibilidad. Sin tristezas no hay creatividad.

En tercer lugar, la tristeza mantiene nuestra unión con las personas y cosas que hemos vivido, refuerza nuestra memoria y la memoria es el órgano de la identidad humana. No somos quienes somos por nuestra capacidad de razonar, lo somos por nuestros vínculos conservados en nuestra memoria y conservados ahí por la tristeza.


La tristeza tiene que ver con los vínculos con las demás personas y con las cosas. Produce creatividad y permite el cambio profundo. Es nuestra memoria como personas.


Por todo ello la tristeza tiene que ver con el cambio y la renovación, con abrirnos a mundos nuevos. Pero esto no sería posible si hubiésemos pasado por el mundo anterior como el agua sobre las piedras, podemos cambiar con sentido porque las cosas dejan huella en nuestra vida y esa huella está constituida por tristeza, es la tristeza la que la elabora.

Efectivamente llorar no es útil, pero nos hace humanos.

Aprendemos más por contagio emocional que por interés intelectual

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Es un tema de todos sabido que el interés social por un tema depende de que haya acontecimientos notorios relacionados con ese tema. Por ejemplo, los éxitos de la gimnasta Simone Biles en las Olimpiadas de Río ha hecho crecer el interés en la gimnasia artística y montones de niñas a lo largo y ancho del planeta quieren ser gimnastas. Eso ocurre con el futbol todos los días, donde niños de todo el mundo quieren ser como Messi o Cristiano Ronaldo. Hace ya muchos años, en los años sesenta el tenis se popularizó en España debido a los éxitos de Manolo Santana.

Y no solo ocurre en el deporte, ocurre en todos los ámbitos. Hay un interés en la criminología debido al éxito de series como C.S.I. y en política debido a las crisis y las injusticias que han sacudido España. Incluso en lo negativo la influencia del contagio es notoria y basta un asesinato de género y su repercusión en los medios, para que se produzcan otros como en ramillete.

El interés tiene una base emocional y está sometido a un fuerte contagio social. Todos queremos ser como las personas que admiramos. La admiración, buscar modelos, algo necesario para el desarrollo personal, es también la puerta de entrada de los temas que nos van a interesar. No podemos olvidar que la admiración es uno de los sentimientos que integran el enamoramiento y que este es nuestro principal modo de abrir nuestro mundo.


En el interés que despierta e introduce el aprendizaje, hay un componente de emulación, que suscita un interés emocional inicial y que permite entrar a la persona en nuevas zonas, explorar.


En el aprendizaje, en el interés que despierta e introduce el aprendizaje, hay un componente de emulación, que suscita un interés emocional inicial y que permite entrar a la persona en nuevas zonas, explorar e ilusionarse con lo nuevo. Hay que enseñar a reconocer las propias emociones y sentimientos, a identificar los contagios emocionales, hay que enseñar a ser libre.

Sin embargo, este aspecto no lo utiliza la educación a pesar de lo importante que es. La educación se desarrolla con sus programas, sus materias troncales, sus optativas, sus programas… y corre paralelo al desarrollo emocional de las personas, sin tocarlo, como una senda paralela a la vida de las personas, que es siempre emocional. Educación y desarrollo personal e influencias emocionales corren por caminos paralelos que no se tocan, y no sabemos dónde están los puntos de encuentro.

La educación deja el desarrollo emocional, las influencias, los contagios a un lado y sigue impertérrita su camino. Lo más que se plantea es qué hacer para que las emociones empujen el aprendizaje, pero el aprendizaje es el mismo de siempre, tiene los mismos programas y las mismas materias de siempre, los mismos modos de hacer que hace décadas. La escuela no es flexible, enseña cuentas, números y letras, enseña lengua y matemáticas, a lo más le suma geografía y biología, vaya por donde vaya el interés emocional de sus alumnos, no se desvía del camino.  Solo unos pocos docentes innovadores comienzan a buscar la interdisciplinariedad, a ver el modo de acercar a la vida e aprendizaje. Aunque esto mismo ya traiciona la rigidez del sistema: ¿acercar a la vida? Si es a vivir a lo que se debería enseñar, el sistema ya acepta que sus enseñanzas están lejos de la vida.


Acercar a la vida e aprendizaje. Aunque esto mismo traiciona la rigidez del sistema: ¿acercar a la vida? Si es a vivir a lo que se debería enseñar, el sistema ya acepta que sus enseñanzas están lejos de la vida.


Mi pregunta es si esto debe ser así o la escuela debe cambiar. Qué y sobre todo cómo hay que enseñar en la escuela. Atreverse a cambiarlo el gran reto social.

Reivindicación del orgullo

Orgullo

El orgullo es un sentimiento que me intriga, y también me parece importante. Me ha costado mucho llegar a conclusiones y aquí te voy a ofrecer alguna para ver si me acompañas en este camino de su valoración.

En primer lugar, creo que se puede afirmar sin duda que es un sentimiento que pertenece a la familia de la alegría. El orgullo es un sentimiento de alegría, creo que en esto estaremos de acuerdo. Sin embargo, y esto es un punto al que he llegado, mientras que la alegría se refiere al logro de algo, a la superación de un obstáculo o alcanzar una meta, el orgullo no se refiere a un objeto sino al sujeto que consigue ese “algo”. El orgullo es el sentimiento que nos hace valorarnos a nosotros mismos cuando conseguimos cosas, cuando logramos algo.

La expresión “nosotros mismos” sirve por supuesto y en primer lugar para nuestro yo. Estamos orgullosos cuando hacemos algo bien, o cuando alcanzamos una meta difícil. Hacer bien y dificultad son dos conceptos ligados con el orgullo. A mayor dificultad, más orgullo.

El efecto principal del orgullo es que, al valorar el yo,  alimenta desde el punto de vista emocional nuestra autoestima, la valoración que hacemos de nosotros mismos, y debido a ello cumple una función clave en el organismo psíquico.

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El efecto principal del orgullo es que, al valorar el yo,  alimenta desde el punto de vista emocional nuestra autoestima.

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En último término el orgullo nos hace valorarnos como la persona que somos. Aquí estría la importancia del orgullo. La fiesta del “orgullo gay” es un ejemplo de esto, ya que es una reivindicación de la aceptación de los gay y lesbianas en la sociedad tal como son. Hasta que no han podido proclamar bien alto, con orgullo, su condición sexual, en realidad no estaban aceptados. Y la aceptación pasa precisamente porque la persona a quien afecta en primer lugar, en este caso todo un colectivo, se sienta orgulloso de su condición, en que valoren su propia condición, su modo de ser. Ese orgullo tiene detrás y no solo detrás, sino lamentablemente de forma demasiado actual, toda una historia de menosprecio, de falta de valoración, de humillación, de ninguneo de la condición homosexual. El orgullo reivindica su valor igual como personas.

Creo que de este modo el orgullo cumple la función central de valorarnos a nosotros mismos ante nosotros mismos. Comenzando por ahí es cómo se consigue que los demás nos valoren. Si en vez de sentirnos orgullos de nuestros yo y de los que conseguimos, nos ninguneamos, desvalorizamos lo que hacemos, parece que iniciamos el camino por el que van a entrar los demás, que tampoco nos valorarán. Sin nuestro propio orgullo, solo va a quedar la valoración de personas que amen y por ello sepan descubrir nuestro valor a pesar de que nosotros mismos no lo vemos.

Pero “nosotros mismos” no se refiere aisladamente al yo, sino a todo lo nuestro. Comenzando por la propia familia, la propia pareja, los propios hijos. Los logros de los hijos e hijas nos ponen orgullosos como su fuesen nuestros y de algún modo emocional, que el orgullo señala, lo son. Cuando son pequeños esos primeros logros nos hacen llorar de alegría.

También se siente orgullo por el propio trabajo, en general la propia actividad. Algo importante porque implica que lo respetamos, que lo valoramos, que vamos a exigir por lo que vale.

El “nosotros mismos” se extiende también a la propia tierra, su cultura, su historia, sus realizaciones en todos los campos, especialmente en aquellos que nos son más cercanos. Igualmente implica valorar por ejemplo el propio equipo de futbol, sus éxitos, sus copas, su modo de superar las dificultades. El orgullo alcanza a todo lo que consideramos nuestro. Seguro que aquí puedes añadir algo de lo que te sientes orgulloso y que no he mencionado y que también encuentras su conexión contigo.

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El orgullo es un sentimiento secundario, no primario. Nace por la existencia de otro sentimiento. El orgullo no conecta directamente con la realidad, sino a través de otro sentimiento.

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Pero, hay un pero y un pero notable. El orgullo es un sentimiento secundario, no primario. Es decir es un sentimiento que nace por la existencia de otro sentimiento. El orgullo no conecta directamente con la realidad, sino a través de otro sentimiento, este sí, primario. El sentimiento primario es la alegría espontanea por un logro. De esa alegría primaria se pasa a una alegría secundaria (orgullo) por ese sujeto que consigue logros. ¿Qué quiere decir esto? Que sin logros el orgullo trabaja en vacío y en realidad nos engaña, pone una pantalla ante la realidad y no nos deja verla. Orgullo tiene toda una tradición de significados vanos, vanidosos, que hablan de orgullo construido sin logro y por tanto sin contacto con la realidad. La acepción que utiliza el diccionario de la Real Academia Española, en mi opinión muy ramplona e injusta con este sentimiento, dice: Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas. El exceso de estimación propia lo dice todo. Sería difícil ser más negativo sobre el orgullo, solo deja la posibilidad de una causa noble para errar de ese modo. Entrar en las raíces de porque queda este aspecto negativo nos llevaría muy lejos y prefiero dejarlo para otro momento.

Yo reivindico que hay un orgullo sano, incluso sanador, porque procura una gran salud al ser psíquico y a la persona en su conjunto.

Para concluir, podría decir que, para construirse de una forma sana, el orgullo debe responder a logros reales. Del orgullo por esos logros reales se pasa al orgullo por el sujeto que realiza esos logros. Los fracasos no generan orgullo, generan decepción y desvalorización.

Espero que a estas alturas estés de acuerdo conmigo en la reivindicación del orgullo, pero me gustaría que comentes tu opinión, incluso si es diametralmente opuesta.

La génesis del deseo: relaciones destructivas.

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Llevo tiempo intentando comprender de un modo más plena la dimensión social del ser humano. Mi observación de la vida y de las personas, mis estudios sobre el concepto de cultura me han llevado a la convicción de que la dimensión social no está suficientemente desarrollada, ni siquiera adecuadamente aceptada, en las actuales ciencias psicológicas y tampoco en el movimiento reivindicativo de las emociones, en el que yo mismo me encuentro. La psicología es comprendida hoy día de un modo individualista: todo depende del yo. Pero el yo no se entiende sin el otro.

He encontrado elementos para integrar la relación social en la psicología, leyendo a Jean Michel Oughourlian, en su libro del mismo título (Genèse du désir (2007), Paris, Carnets Nord). Un psiquiatra que se encuentra con “pacientes que vienen a mi buscando ayuda para una enfermedad que no puede ser claramente clasificada, ni tratada con una técnica terapéutica específica adecuada, junto a un número creciente que viene a resolver un problema que está envenenando sus vida pero que definitivamente no se deriva de una enfermedad mental”. Estas situaciones están siempre relacionadas con “otro: padre, madre, hermano, hermana, pareja, jefe, empleado, socio, y sigue”. Dificultades que por tanto se sitúan en la relación entre el paciente y ese otro. No hay una enfermedad hay una dificultad en la relación. Y Oughourlian afirma que el factor crucial para esa relación es el deseo de cada uno, entendiendo deseo “en el amplio sentido de movimiento psicológico”.

Para Oughourlian “el deseo es esencialmente mimético”. “En realidad es el deseo el que nos humaniza, el que nos empuja a unirnos con otro, a asociarnos con otro, a reunirnos en grupos, y también, a parecernos al otro”. “El deseo nos conforma en la proporción en que nos anima y suscita nuestros pensamientos y sentimientos”. “El deseo nos lleva a buscar la compañía de los otros, su aprobación, su amistad, su apoyo, y su reconocimiento, pero puede también ir acompañado por rivalidad y odio, puede hacer surgir tanto amor como violencia”. “El deseo puede ser nuestro mayor aliado, pero también nuestro peor enemigo, llevándonos a querer lo que nos destruirá, a buscar conseguir lo que nos causará sufrimiento, mientras que somos incapaces de comprender o imaginar qué está sucediendo”.
Esta constatación realizada durante muchos años de ejercicio de la psiquiatría va directamente contra la ilusión individualista de que el deseo es autónomo en cada persona. Por el contrario, el autor junto a René Girard, piensa que “cada deseo lo hemos copiado del de otra persona”, que es producto de una relación interpersonal mimética.

Yo no soy capaz de otorgar un valor tan universal a la mimesis, pero me gusta como corrección del deseo estrictamente individual y autónomo. Estoy muy de acuerdo con la teoría de las necesidades de Abraham Maslow, necesidades que surgen en nosotros por el organismo biológico que somos. Tenemos unas fuertes coincidencias como individuos: nos enamoramos, tenemos hambre, sentimos rabia, miedo, deseo sexual,… evidentemente todo esto a mi entender no es posible considerarlo mimesis.
Pero para mí también es evidente que tenemos una ligazón social muy fuerte. Tan fuerte que constituye una cultura, un nicho o nido en el que nacemos y sin el que no podríamos constituirnos como personas. Baste indicar el hecho de que el idioma que cada uno de nosotros posee se constituye dentro de las relaciones interpersonales, no es creación individual, sino social.

También es una convicción propia que somos antes relación que individuo, en esto sigo a Martin Buber. El bebé humano nace dentro de una relación y hacerse individuo es un proceso. Hay cantidad de cosas de contagio emocional y social, cosas que hacemos que no tienen explicación por el solo deseo individual, sino que necesitan para ser explicados al otro. El fenómeno mismo de la cultura es social intrínsecamente, se genera y existe en la relación.
El hallazgo de las neuronas espejo dota de consistencia científica a todas estas ideas de la importancia de la relación. Las neuronas espejo proporcionan a la empatía, a ese trenzado de relaciones sociales, su base científica y su contenido emocional.

La pregunta es por tanto: ¿qué es social en el ser humano? La teoría de la mimesis de Rene Girard proporciona una base para pensarlo. Su desarrollo lleva a comprender el fenómeno de la rivalidad humana y de lo que popularmente se denominan relaciones tóxicas: esas relaciones que no soltamos y que nos hacen daño. Entramos en relaciones y actuamos de modo proactivo de modo que se torna beneficiosa para ambos. Sin embargo cuando entramos en espirales de acción-reacción, las relaciones se convierten en máquinas destructivas. Repetimos el comportamiento dañino que vemos realizar a esa otra persona, reaccionamos de modos infantiles a provocaciones actuando de modos que son dañinos para nosotros mismos.

Por tanto, con la teoría de la mimesis, podemos tener una herramienta para entender los conflictos, no olvidemos que tenemos la envidia y la culpa dentro de la dotación de sentimientos sociales que traspasan las fronteras de las culturas.
“La rivalidad está siempre conectada con el deseo: porque deseo la misma cosa que el otro y niego su afirmación de ser el origen de ese deseo. Le convierto en mi rival y según esa rivalidad toma forma, soy llevado a desear todo lo demás que él desea y a intentar quitárselo. De este modo deseo y conflicto realizan una escalada”.
“Cuando la rivalidad se incrementa hasta el punto en que el sujeto yo no está interesado en nada más que en la rivalidad misma, hemos entrado en el terreno de la psicopatología”. “Nuestro fracaso en comprender nuestro mimetismo nos condena a permanecer perpetuamente ligados a los mismos modelos destructivos y a llegar a ser extraños a nosotros mismos y para esos a quienes amamos”. “En vez de permitir la subyacente y siempre cambiante otredad que inevitablemente nos permite fluir libremente, permanecemos fijos a los mismos modelos imposibles y no nos permite avanzar más hacia los demás con los que seríamos capaces de modelarnos de un modo benigno”.

Espero que te hay gustado la aportación que desde mi punto de vista todavía debo madurar, y desde luego me gustaría conocer tu opinión y tus comentarios.