El eros en «La voz a ti debida» de Pedro Salinas

       

         Salinas tiene un libro que «relata» el eros: «La voz a ti debida». Tengo que reconocer que ese libro me volvió loco, me enamoró cuando yo tenía 15 años y desde entonces siempre me ha acompañado.

        Salinas es un maestro al expresar que la experiencia de la belleza que está en el origen del enamoramiento, y que termina transformándose en imagen de la persona. Igual que el «Cantar de los cantares» es un lenguaje que comienza en lo sexual. Pero el sexo no es solo sexo, es también una creación humana, donde intervienen todas las potencias de la persona, también la fantasía y la imaginación.

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Las emociones en acción después de los ataques en París.

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Quiero seguir utilizando algunas ideas de Sigmund Freud (Psicología de las masas, Alianza Editorial 2008), para analizar los fenómenos de masas que se están produciendo alrededor del terrorismo en París tanto este último mes de noviembre como antes en enero con los asesinatos de Charlie Hebdo. Aunque esta entrada va a ser más emocional, utilizando como herramienta de análisis la pirámide de las necesidades de A. Maslow.

La manera de actuar de las autoridades y señaladamente del presidente Hollande que ha corrido a ponerse de líder de la masa, ha sido primero, ante al miedo, dar seguridad a la multitud y para ello se ha sacado el ejército a la calle y se han tomado muchas medidas que la gente ha aceptado de buen grado a pesar de que eliminan muchos derechos. La seguridad que aplaca el miedo es preferible a los derechos. Incluso se ha eliminado el derecho de habeas corpus que es la semilla jurídica que desde la Edad Media inglesa va a ir originando los derechos humanos y ya se puede detener a alguien que no ha cometido un delito de forma preventiva y se han ampliado los plazos de detención. En lo que llevamos de siglo XXI hemos visto con bastante frecuencia este fenómeno de la detención preventiva, que considera antes al individuo como enemigo que como persona sujeto de derechos, baste pensar en Guantánamo y en el Estado de Israel en Palestina.

En la pirámide de Maslow la necesidad de seguridad está por debajo de la necesidad de logro. Estar seguro se busca antes que la capacidad de acción que permite obtener logros. Y se han cerrado carreteras, prohibido partidos de futbol, etc., se detiene a personas apoyados en las páginas que frecuenta en internet, etc. La seguridad es la palabra clave que lo justifica todo. La necesidad de seguridad es detectada por el miedo. Lo que el miedo señala es todo aquello conectado con las necesidades de la propia vida. Evidentemente el primer bien es la vida misma y después el lugar donde se vive. El miedo es una emoción que se activa en círculos concéntricos, incrementándose progresivamente hacia el centro.

Por ello, después de obtener la seguridad en el propio territorio, la misma necesidad de seguridad impulsa a ampliar el círculo de seguridad y a las pocas horas de los atentados, Francia ya estaba atacando por aire al “enemigo”. El ataque es una de las respuestas que produce el miedo. Como se trata de seguridad, dan exactamente igual las personas inocentes que mueran, no van a ser recogidas por la opinión pública con el foco mental hacia el enemigo. Solo importa el hecho de atacar a alguien a quien se señala como enemigo. Ese hecho que proporciona seguridad es lo que importa. En la guerra de Irak al final resultó que ese “enemigo” no tenía nada que ver con el ataque del 11-S, que incluso era contario a él. Pero eso después del ataque importa ya poco. Ahora dan lo mismo las atrocidades que haya cometido Al Assad, se perdonan con tal de atacar al “enemigo” señalado.

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Además de miedo hay pérdida. La pérdida entendida como definitiva activa la tristeza. Y hay mucha tristeza después de los atentados. Se lloran las víctimas y es preciso recordarla. Pero también hay otra pérdida: la pérdida de la seguridad de la propia patria. Además del miedo del que ya he hablado, esta pérdida genera enfado. El enfado es la emoción que surge cuando el sistema emocional considera que una pérdida es recuperable. Evidentemente después de los atentados hay enfado que busca recuperar lo perdido, la propia seguridad. Este enfado es sano, ya que se dirige a recuperar algo que se considera propio y sobre lo que se aposentaba la propia seguridad.

Pero también, atacar al “enemigo” como reacción, satisface en alguna medida la venganza. El sentimiento de venganza lo produce el dolor de la pérdida, un dolor no resuelto que pide el daño del otro, la venganza pertenece a la familia emocional del enfado como emoción básica y de ahí saca toda su energía y se dirige contra el causante, real o presunto, de la pérdida. Por ser un sentimiento y no una emoción, necesita una cierta elaboración, no es espontáneo como el miedo, y busca tapar el dolor de la pérdida que resulta insoportable en la interioridad. La pérdida duele tanto que la tapamos para no pensar en ella o para hacerla más soportable. Es sentimiento secundario, es decir no apunta a satisfacer necesidad alguna. No tiene que ver con la seguridad, ya que la venganza se realiza desde la seguridad. Más bien al tapar el dolor, encubre una necesidad primaria que habría que satisfacer y que no se quiere reconocer. La necesidad que hay que satisfacer tiene que ver con la emoción tristeza y es la elaboración de la pérdida sufrida.

Mientras el terror está presente es muy difícil llegar a elaborar la pérdida. En el caso de Francia es una pérdida producida por hijos de la nación y significa una reelaboración de las pertenencias, de las filiaciones. Como hemos señalado unos de los sentimientos del contagio por simpatía producido por los atentados es precisamente el sentimiento de pertenencia: es la patria francesa la que ha sido atacada.

Mientras que el miedo ocupa toda la percepción, no cabe reelaborar las pertenencias y solo es posible la definición neta y clara de amigos y enemigos. El miedo enfoca la atención en el peligro, tiene un efecto como de anteojeras apuntando al peligro percibido. En este caso se señala como enemigos explícitamente a una minoría “radicalizada”. Pero resulta obvio que si señala una minoría es que hay una “mayoría”. Esa mayoría son los musulmanes residentes y muchos ya nacidos en Francia, unos cuatro millones, a los que hay que sumar los del resto de la Unión Europea. Reelaborar toda esta situación de pertenencias sería elaborar la pérdida, porque efectivamente esa minoría perteneciente a una mayoría rechaza de plano la vida social, política y económica de Francia y de la UE.

Además habría que sumar el efecto de las acciones de Francia en Oriente medio. El conjunto es francamente algo complicado de asimilar. Al calor del terror se corta por en medio con los matices, que no importan. Importa el nosotros y el ellos (no hay un vosotros) y tomar medidas de seguridad y de venganza. Comienza la guerra de venganza ocultada por motivos de seguridad que lo va a tapar todo.

El contagio emocional en los atentados de París de noviembre de 2015.

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Llevo un tiempo muy interesado en el contagio emocional de una multitud, es algo que me intriga el ver como las emociones se contagian, como el ser humano tiene esa capacidad para conectar con las emociones y los fenómenos sociales que se producen. Así que quiero escribir sobre los fenómenos de contagio emocional que se están produciendo en la comunicación del terrorismo tras los hechos de noviembre en París y antes en enero con los asesinatos de Charlie Hebdo. Ese contagio está influyendo notablemente en la vida política y social de la aldea global en la que vivimos. Para ello voy a tomar el punto de partida en Sigmund Freud (Psicología de las masas, Alianza Editorial 2008), y su visión de los fenómenos de contagio emocional de multitudes.

Para Freud, el hombre libre es el individuo y la masa condiciona fuertemente la libertad de los individuos. Por efecto de su inclusión en la masa un individuo encuentra que «su afectividad se ve extraordinariamente intensificada y, en cambio, notablemente limitada su actividad intelectual». Ambos procesos tienden a igualar al individuo con los demás de la multitud, formando precisamente la masa como conjunto indistinto de elementos que actúa como unidad.

Es conocida la visión negativa de la vida emocional de Freud, quien dedicó muy poco espacio al estudio de las emociones. En mi opinión efectivamente se produce ese incremento de la carga emocional que señala Freud, con el efecto de que el espacio entre emoción y conducta se limita e incluso desaparece, y sin ese espacio, que es el espacio de la reflexión, desaparece la libertad. La libertad humana tal como la entendemos es precisamente la capacidad de introducir un espacio entre el estímulo (su impacto somático, tanto instintos como emociones) y la conducta, la respuesta que se da a ese estímulo. Es decir hay libertad cuando hay disociación de la emoción en alguna medida. En una situación de asociación íntegra con la emoción no hay espacio para la intervención de la corteza cerebral. Producir ese espacio de disociación es la función del autocontrol.

Estos días los fenómenos de contagio emocional de masa, impulsados de forma viral por los medios de comunicación y las redes sociales, se ha producido el fenómeno de la asociación total de la masa con la emoción con la lógica consecuencia de que ha desaparecido el espacio de la reflexión. Los hechos aparecen ya integrados con la respuesta en un paquete que el individuo no puede separar, ni por tanto reflexionar sobre él para elegir la respuesta más adecuada. La masa se encuentra enteramente asociada con la emoción producida. En situaciones de asociación con la emoción tan fuerte como los que se han producido desaparece el autocontrol, o por decirlo con mayor precisión, el autocontrol no es capaz de intervenir.

El autocontrol en la masa son los elementos de reflexión crítica que pueden alcanzar a esta. En nuestro caso cuando hablamos del conjunto de la sociedad, además no restringida a un país, sino desbordando ampliamente las fronteras, es instancia capaz de introducir alguna disociación que permita una crítica serían las instancias políticas y los medios de comunicación. Sin embargo, estos dos elementos han resultado también asociados con la emoción, especialmente los políticos. El paquete emoción-respuesta que se ha producido es tan fuerte que no es posible poner objeciones, la masa se ha compactado en un patrón que unifica sólidamente impacto sensorial (visual-auditivo), emociones, sentimientos y respuesta. Como es un paquete sólido, queda en visión de los atentados – respuesta. La visión unificada la ofrecen sobre todo los medios de comunicación. La respuesta es unificada por la instancia política. Solamente voces individuales han ofrecido alguna opinión discordante con la unificación generalizada a través de las redes sociales.

Freud ofrece un modo de evitar esa disminución del nivel intelectual que se produce al integrarse una colectividad que consiste en «quitar a la multitud la solución de los problemas intelectuales, para confiarla a los individuos».  En estos casos de fenómenos virales de comunicación tan fuertes como los que se han producido, la solución sería pasar la respuesta que hay que dar a los acontecimientos a través de una consulta democrática a los ciudadanos. De ese modo sería al menos posible a cada ciudadano la reflexión necesaria para tomar un camino razonable, tanto más cuando las decisiones pueden condicionar fuertemente tanto la vida política como social, no solo de la entera de la Unión Europea, sino también de otras zonas del mundo, señaladamente Oriente Medio.

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Es interesante que Freud apunte a una solución tan fuertemente democrática, mientras que 100 años después de su escrito esa consulta no se ha planteado en modo alguno, es más se evita, al menos en España, que ha postergado sus decisiones de cooperación militar a después de las elecciones, escamoteando claramente un tema tan importante, a los ciudadanos llamados a opinar sobre la política de su gobierno. Ni en Francia ni en otros países se ha hecho consulta alguna. Hechos que constatan de nuevo que la fuerte asociación con la carga emocional del miedo está impidiendo decisiones racionales.

Precisamente por no producirse ese espacio entre estímulo y respuesta, y producirse una asociación íntegra entre emoción y respuesta, la gestión de los acontecimientos se convierte en exclusivamente emocional. No son necesarios por tanto los elementos de análisis racional: las decisiones se presentan empaquetadas e ineludibles. En todo esto la visión de Freud resulta certera. «La multitud es extraordinariamente influenciable y crédula» y también «las multitudes llegan rápidamente al extremo» (p.15). En el caso actual se acepta la única solución propuesta: la guerra.

Freud continúa con observaciones que parecen hechas actualmente: «Naturalmente inclinada a todos los excesos, la multitud no reacciona sino a estímulos muy intensos. Para influir sobre ella es inútil argumentar lógicamente. En cambio será preciso presentar imágenes de vivos colores y repetir una y otra vez las mismas cosas». Frases con las que Freud parece conocer con un siglo de antelación la sociedad de la comunicación en que vivimos.

También hace la observación de que la multitud se vuelve «cruel e intolerante con los que están fuera» (p.37). En los acontecimientos actuales esto se ve porque quienes disienten son vistos con extrema desconfianza, y en muchos casos rechazados y tachados de partidarios de los asesinos y cosas parecidas. Algo que se debe precisamente al hecho de que no hay separación entre la emoción, el terror propagado, y la respuesta. Se actúa en una situación de pánico, emoción que evita el paso por la corteza cerebral para conseguir respuestas rapidísimas. En un individuo esto se produce así porque el sistema emocional detecta un peligro para la supervivencia y decide actuar evitando a la razón.

En un sistema de masa se produce por los mismos motivos: el terror generado lleva a percibir en peligro la propia supervivencia. La situación emocional producida es tan intensa que quien individualmente intenta introducir ese espacio de disociación, lo que significa controlar el miedo, es visto emocionalmente como alimentador del terror. Evidentemente los individuos que intentan introducir el espacio es porque poseen elementos de disociación que les permiten hacerlo, cercanías afectivas por ejemplo con movimientos de derechos humanos, causas árabes, daños en las guerras, etc.

Lógicamente se deduce que en la crisis provocada por el terrorismo, la función de los políticos y los medios de comunicación es clave, si pierden la necesaria distancia crítica, si actúan asociados a la emoción es muy posible que nos veamos abocados a soluciones no racionales, tomadas como recoge la expresión común: al calor de los acontecimientos.

Creo que como un primer acercamiento al tema es suficiente. Volveré en otras entradas sobre los fenómenos emocionales de la sociedad porque se trata de un tema de un inmenso interés y de aún mayor importancia.

Si el sol no sale, ¡lo saco yo!!!!

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Porque quiero, puedo y me lo merezco. Bueno, así continuaba la frase que he leído en un blog. Me dedico a la Educación Emocional y me encuentro por todas partes esas afirmaciones. A mí me sorprenden porque evidentemente son falsas. Son falsas desde un punto de vista objetivo: yo no tengo nada que hacer con el sol, se mueve independientemente de mi voluntad ni sale por la mañana ni se pone por la tarde debido a ninguna acción mía ni que pueda ser achacable a mí de ningún otro modo. Además y sobre todo, parece olvidar que la lluvia y la noche son también muy importantes.

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Las raíces del coaching emocional

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Se define con frecuencia el coaching como trabajo hacia una meta, y es cierto, el coaching es algo muy práctico que nos confronta con la realidad de lo que queremos conseguir. Sin embargo concebirlo así no es correcto, en realidad el coaching emocional es el último eslabón en esa corriente particular de viajes del ser humano: el que se dirige hacia el centro de uno mismo. El objetivo externo sirve para descubrir quiénes somos, para emprender ese viaje hacia dentro. El viaje al interior es mucho más difícil, nos plantea muchos más retos. Y sin el viaje interior no hay aprendizaje. Todos los clásicos del pensamiento han pensado en ese viaje al interior como la solución a todos los problemas del ser humano en particular y de la humanidad en su conjunto.

El centro es el corazón del ser humano, y el viaje hacia el interior es el descubrimiento de ese corazón. Ese es el camino del desarrollo, el camino particular de cada uno de nosotros y el único que puede lograr cambios reales. El corazón ha sido siempre considerado por la literatura humana de todas las culturas,  la sede de las emociones y sentimientos. En nuestro lenguaje esto se expresaría diciendo que es uno de los principales órganos diana de la repercusión somática de las emociones. El corazón «responde» a las emociones con una delicada sensibilidad: acelera el ritmo o prácticamente lo detiene, es una campana de resonancia que nos hace darnos cuenta de como nos está afectando algo. «Se me encoje el corazón» es una expresión que utilizamos para indicar que algo que sucede no tiene cabida en nuestra capacidad de aceptar hechos, quizá ni siquiera en nuestros valores. La expresión contraria también existe: «se me agranda el corazón», lo que ha sucedido me hace recoger ilusión y esperanza, me hace respirar a pleno pulmón, me hace sentirme libre. De este modo lo que nos parece que debe suceder y lo que no, lo referimos al corazón.

Entonces nuestro viaje al interior, al centro, es un viaje a la sede de emociones y sentimientos porque estos constituyen realmente lo mejor y lo peor del hombre y la mujer, lo que es más propio de lo humano, lo que somos, cuál es nuestra sensibilidad y cómo concebimos nuestra vida y la de quienes nos rodean, seres humanos, animales, plantas y minerales. Emociones y sentimientos son nuestro contacto con la vida, con la realidad. En este viaje son nuestro objetivo y nuestra mejor guía para la existencia.

Nos encontramos en un flujo en el que se aúnan oriente y occidente, la tradición que toma su origen en Buda y la necesidad de la purificación personal y la de la filosofía griega clásica, que incluye en el frontispicio de la academia, el lugar de la enseñanza de Platón y Aristóteles, la expresión: «conócete a ti mismo», indicando así el camino del hombre, el camino hacia la felicidad. La tradición de la filosofía, amor a la sabiduría, ha entendido siempre que era necesario conocer el corazón del hombre. Hay múltiples nombres, comenzando desde Sócrates, Platón y Aristóteles. Habría que citar a Boecio y su «Consolación de la filosofía», Avicena, Tomás de Aquino, Descartes, Kant, Hegel, Husserl, por citar solo alguno de los nombres de más peso. Todos contribuyen de modo decisivo al conocimiento del ser humano, que es lo mismo que decir de su interioridad, de su sensibilidad, de sus emociones y sentimientos, de su modo de entender el mundo, de su mapa mental, del mapa que como personas y también como especie nos hemos forjado de la existencia.

Además de esta tradición que podemos llamar de la filosofía y seguramente también de la razón, hay otra más mística, más del corazón. Seguramente en esta tradición podríamos considerar incluida la tradición oriental, que comienza con Buda, y que ha vuelto a influir de modo poderoso en occidente en el siglo XX, influyendo en todas las corrientes filosóficas y psicológicas que se han preocupado de recuperar al hombre. En ese filón oriental podemos considerar incluida la tradición sufí y la mística islámica, cuya influencia sigue perviviendo hasta hoy día, baste pensar en el eneagrama y su completo, sofisticado y matizado mapa de la configuración de las personalidades humanas.

Esta tradición mística podemos considerar que se inicia en occidente con «Las confesiones» de Agustín de Hipona, pasa a través de la Edad media con el impulso del maestro Elkhart, aflora en la mística española de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, retoma impulso en Pascal. Esta corriente recoge el venero de Jesús de Nazaret y su indudable influencia en la historia y en el respeto de cada persona humana y que llega hasta nuestros días, con una influencia a través de la cultura popular, que ha influido la vida de las generaciones.

Todo esto está incluido aquí para entender que el coaching emocional es algo novedoso, con toda la novedad que puede proporcionar la historia en momentos clave, pero también es fruto de una tradición que enraíza en los siglos y en la profundización en la comprensión del alma humana, por utilizar una expresión tradicional, que a mi me gusta más utilizar. Esta es la ciencia de la comprensión de cada mujer y hombre en particular, rechazando cualquier teoría que fuera solo eso teoría y no práctica.

Las emociones desadaptativas al salir de una secta o grupo manipulativo: miedo y culpa

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Es evidente que quienes salen de una secta o hablando más ampliamente de un grupo manipulativo, y quizá también de grupos muy cerrados, necesitan un proceso para asimilar personal y emocionalmente esa salida.

Con mi experiencia en esos grupos he llegado a la conclusión de que hay dos emociones desadaptativas predominantes que obstaculizan la salida: el miedo y la culpa.

Desadaptativa quiere decir que es una emoción que pertenece al pasado. Las emociones tienen la función de servirnos de guía, evidentemente en el presente. Pero hay emociones almacenadas, viejas, y con ese sabor de lo viejo que influyen en nuestro presente a pesar de que responden a situaciones y necesidades del pasado, y que por tanto ya no se dan en nuestro momento actual.

En primer lugar el miedo. El miedo es una emoción que nos avisa cuando hay carencias en nuestra necesidad de seguridad. Por decirlo en breve, indica cuando aparece un peligro. El miedo tiende a establecer como una barrera para que no la traspasemos, una demarcación de la zona de seguridad. Sin embargo para que un miedo sea útil, debe ser un peligro para nosotros y en el momento actual, no olvidemos que las emociones están personalizadas. Por lo tanto surgen problemas con los miedos antiguos que ya no nos protegen de peligro alguno.

El paso por un grupo muy cerrado produce multitud de miedos: a la autoridad, a las autoridades del grupo, por ejemplo si es religioso, a Dios, a incumplir las normas, miedo a decir lo que realmente pensamos, acostumbrados a decir la verdad oficial del grupo, miedo a defraudar a la familia, ya que muchos de esos grupos actúan con familias enteras, al peligroso mundo externo, al sexo, a las relaciones con personas consideradas sin moral, etc. Esto es un efecto de los grupos; en todos los grupos las personas tienden a ceder autoridad al grupo y a renunciar a libertades. La apertura del grupo permite los contrastes y que la persona pueda darse cuenta y decidir sobre los propios peligros.

En los grupos cerrados se convierte en un problema grave, ya que esos miedos se han ido interiorizando todo el tiempo que la persona ha pasado en el grupo, cristalizando en su interior de tal modo que la persona ve el mundo desde los miedos, sin llegar a darse cuenta de que efectivamente son miedos. Para percibir el miedo hay que afrontarlo, si durante mucho tiempo se ha vivido dentro de los límites, no se perciben los miedos, se ha perdido la sensibilidad, aunque se vive enteramente dentro de sus barreras.

La dificultad para quienes salen tiene tres pasos, primero darse cuenta de que vive en el miedo aunque no lo estén percibiendo, segundo ir afrontando esos miedos uno a uno, tercero decidir cuáles de esos miedos son buenos, en el momento actual y cuáles no. Decidir sobre la realidad de los miedos es lo que decide sobre la realidad que vive cada persona, su mundo. Esta tercera tarea produce a su vez mucho miedo, porque significa precisamente abrogarse la autoridad personal de decidir sobre uno mismo, sobre los propios límites, función clave de la libertad que se había entregado enteramente dentro del grupo cerrado.

Por su parte la culpa es ya en sí misma una emoción desadaptativa, ya que es una emoción secundaria. Secundaria significa que tapa una emoción primaria que es la que realmente apunta a nuestra necesidad. La culpa no responde a la situación actual, nunca es una adecuada línea de conducta para el ahora. La culpa es un sentimiento de enfado con nosotros mismos por algo que hicimos en el pasado y que no nos parece adecuado a nuestra imagen personal. Eso que hemos hecho en el pasado puede estar relacionado con el hecho de dejar el grupo cerrado y que entendemos relacionado con Dios o con nuestra palabra o compromiso personal.

Algo no adecuado a nuestra imagen es emocionalmente vergüenza. Luego la culpa es un enfado con nosotros mismos que tapa una vergüenza. La vergüenza es un miedo, miedo a habernos pasado de la raya, a hacer algo deshonroso, a haber ido más allá de lo que es adecuado según la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Luego hay una vergüenza tapada por la culpa, una vergüenza que se agazapa allá en nuestro fondo a la que es difícil llegar. Además esa vergüenza primaria, dentro de la culpa, es ya en si misma una emoción desadaptativa. Corresponde al pasado, a lo que era digno u honroso dentro de la secta o grupo cerrado. La culpa es como una lacra que el grupo cerrado lanza a quienes lo dejan, el modo como los marca para que sigan llevando a la secta dentro, para que no puedan dejar de pertenecer a ella, aunque se hayan ido.

Para superar la culpa hay que hacer un trabajo que es personal. Primero aceptar la existencia de la culpa. Segundo, descubrir la vergüenza que está tapando la culpa. Una vez descubierta la vergüenza, trabajar para llegar al convencimiento de que ese acto indigno, no es indigno, sino adecuado a nuestra imagen. Es un trabajo profundo porque implica el reajuste de algunos valores a los que hemos dado mucha importancia durante tiempo, pero nuestra experiencia nos ha llevado a darnos cuenta de que no lo eran tanto, o en realidad nunca lo han sido para nosotros, era solo material espureo que la secta había introducido en nuestro ser. Confrontar experiencia real de la vida y valores es el camino para rehacer nuestro núcleo de valores de forma adecuada a nuestra experiencia, a nuestros sentimientos y sensibilidad.

Por poner un ejemplo concreto que ayude, si el grupo es religioso, significaría darse cuenta de que Dios está por encima de las instituciones y grupos humanos, que estos siempre tienen deficiencias y cometen errores y verdaderamente importante son las personas. Nosotros mismos somos lo importante para Dios y no la institución.

Es muy posible que nos demos cuenta que quien creo esa incompatibilidad ente el acto (irse del grupo cerrado) y nuestra dignidad no hemos sido nosotros, sino que nos ha sido inducido por alguien externo (multitud de charlas y actividades dentro del grupo en esa dirección) y que esa conexión es espurea.

Lo más seguro es buscar un apoyo, mucho mejor si es de un profesional, que nos ayude a realizar ese trabajo, que nos ayude a ajustar nuestra sensibilidad, nuestras experiencias y nuestro valores y de ese modo rehacer nuestro ser interno de un modo sano. Alguien que nos ayude a descubrir nuestra singularidad y nuestro valor como personas.