No se puede hablar de lo que no se ha experimentado.

Quiero hablar de la formación de los conceptos, o mejor de cómo se forma el significado de las palabras en los niños.

La primera infancia, desde que se comienzan a balbucear palabras, es la época del 3661396_setiquetado, es la época en la que los niños ponen nombre  a sus experiencias, a lo que han recibido a través de las sensaciones. Para esto el niño/niña tiene una capacidad de asimilación increíble, pudiendo adquirir una gran cantidad de palabras diario. Al principio el niño/niña no tiene significados semánticos, no tiene las palabras, tiene sencillamente sus vivencias y les va poniendo esos sonidos que oye a los adultos, sonidos que imita sin gran preocupación por la pronunciación correcta.

El etiquetado, poner nombre a las cosas es poner una palabra a una experiencia determinada o un conjunto de ellas. No se puede hablar de lo que no se ha experimentado. Los niños utilizan sus sentidos para recoger muchas impresiones, son esas impresiones las que etiquetan. Sin ellas la labor de etiquetado se realizaría en vacío, sin tener algo a lo que fijarse.

Además las experiencias no solo son sensaciones. Cada grupo de sensaciones de una experiencia se recibe en un determinado contexto emocional. O por decirlo con mayor precisión, cada grupo nuevo de sensaciones, por ejemplo para un niño, ir a la playa, produce una determinada respuesta emocional, que va a ser parte integrante de cómo se almacena esa experiencia, ese grupo de sensaciones. Esa parte emocional tiene 3 dimensiones: vinculativa-desiderativa, expresión comunicativa y organización tendencial de la realidad. De este modo el almacenaje de la experiencia y el lenguaje que lo va fijando no es para nada neutra, de conocimientos abstractos.

Por seguir con el ejemplo, si la primera experiencia de la playa se hace en un contexto de seguridad y placentero, donde las figuras significativas del niños se encuentran con seguridad y disfrutan, el niño/niña tiene las condiciones para poder disfrutar, recibir una experiencia vinculativa y desiderativa positiva, de deseo y no de rechazo, y la experiencia quedará grabada, señalando la playa como un lugar al que ir. En la experiencia influye tanto el ambiente creado por las figuras que introducen al niño en  la nueva experiencia, que crean algo así como un nicho en el que la experiencia se puede producir, como que la experiencia en sí sea placentera o genere rechazo, es decir, una medusa, una ola inoportuna, etc., etc., van a ser contenido esencial de la nueva experiencia, que puede girar a negativa: rechazo.

Por todo esto la imagen que tenemos de conservación de palabras, el diccionario, poco o nada tiene que ver con la realidad de como guardamos nuestras experiencias. Estas son almacenadas en un contexto emocional que las relaciona con nosotros mismos, con cómo vivimos la experiencia, si fue agradable o no y con la satisfacción de nuestras necesidades. Todo esto va a estar contenido en el concepto playa. A pesar de la generación de pensamiento abstracto esta carga emocional no se pierde.

A lo largo de los seis primeros años de vida se produce este viaje desde las sensaciones hasta el lenguaje y el razonamiento abstracto. Es decir se van dando cuenta que las palabras son generalizables, es decir aplicables a muchas elementos que se pueden agrupar bajo la etiqueta y empiezan a utilizarlas libremente. Por ejemplo ven un dibujo de un pájaro y dicen pájaro, lo identifican inmediatamente como tal. En este sentido los dibujos, los esquemas son muy eficaces, son asimilados directamente y se trabaja desde ellos. Por eso los niños son tan aficionados a los dibujos animados, les ponen directamente en contacto con etiquetas y con el increíble trabajo intelectual que están haciendo.

La relación entre vocabulario y experiencia, y acción ha sido puesta de relieve por casi todas las modernas teorías pedagógicas que enfatizan la necesidad de que el niño haga las cosas, experimente, utilice sus sentidos, vea, toque, utilice sus manos, etc. Es un contexto en el que  se tiene en cuenta principalmente la conexión entre las sensaciones de las experiencias y el vocabulario. Lo que yo quiero poner de relieve es que también es importante el contexto emocional. Es decir no tener en cuenta solo la sensación, sino también la emoción. Desde este punto de vista la emoción es la sensación sentida, con expresión de Aristóteles. La emoción es una elaboración de la sensación realizada por la sensibilidad interna, una evaluación del conjunto de sensaciones (situación) en función de las necesidades de la persona. La emoción va ligada a la sensación, se produce indisolublemente ligada a ella. La emoción vincula la sensación a nosotros mismos, al sujeto que percibe.

Luego las palabras poseen dimensión emocional, dimensión que les proporciona su vinculación con las sensaciones que se encuentran en la base de la experiencia a la que se referencian. También adquieren la carga emocional que se percibe en la comunicación, es decir, la que tiene para la persona que enseña la palabra al niño/niña. Este modo, a través de la dimensión comunicativa de la emoción tiene mucha fuerza. El niño sabe perfectamente que le riñen aunque no entienda la mitad de las palabras que le están diciendo. Esas palabras van a quedar vinculadas a ese contexto. Es decir, el niño percibe esta carga emocional mucho antes que los significados semánticos.

Luego para el aprendizaje son necesarias dos cosas fundamentales: un ambiente emocional adecuado donde el niño/niña se sienta seguro y experimentar, es decir proporcionar un caudal grande de sensaciones agrupadas en nuevas experiencias. Esto hará que su aprendizaje del lenguaje sea rico y de gran contenido.

El lenguaje pasará desde aquí a conformar la misma identidad de la persona, pero esto aquí nos lleva demasiado lejos. Solo decir que el lenguaje es integrador del nivel de las sensaciones del nivel emocional y de las emociones y del nivel de la palabra o reflexivo-racional. Estos 3 niveles integran la identidad de cada persona. Precisamente por ello, la educación comienza con la experimentación de la realidad, con las experiencias, con el hacer y la curiosidad de los niños.

El gran error es una educación desconectada de la experimentación, de tratar de inculcar solo conceptos, de jugar con conceptos, de trenzar utopías que no han sido vinculadas a lo que se ha experimentado en la realidad. No podemos hablar de lo que no hemos vivido.

La libertad, la creatividad y la palabra

Sigo sacándole partido al ejemplo de la caza y los perros.12013384_s

Se plantea entonces para el hombre cada vez que sale a cazar el problema de la elección del sistema de caza; sistema que se ha creado culturalmente, porque el hombre es capaz de «crear» instrumentos. Es decir el hombre crea realmente: algo que no estaba en los datos de partida, no previsto, ni en el ambiente, ni en las posibilidades heredadas del hombre. Y crea el comportamiento y los instrumen­tos necesarios, porque los conceptualiza primero, los imagina: rama, trampa, lanza y flecha son en principio lo mismo: «un palo de madera»; es el concepto imaginado por el hombre el que los ha convertido en diferentes ‘cosas’.

Me parece altamente significativa la escena del comienzo de la Biblia donde Adán va poniendo nombre a animales y plantas, según Dios se los va poniendo delante. El texto precisa que los nombres puestos por Adán «son sus nombres propios» (Génesis 2,19). Me resulta espectacular que la función del hombre sea poner nombre a las cosas, no es Dios quien ha puesto nombre, es el hombre quien lo hace. Poner nombre, usar la palabra es el gran instrumento, el que convierte la selva, el lugar donde están animales y plantas, en un lugar civilizado, conocido, manejable. El hombre avanza poniendo nombres, cada ciencia necesita una nomenclatura, unos nombres que delimiten bien, cuanto más conocemos, cuanta más experiencia en un terreno, una ciencia, un arte, usamos nombres más precisos. Como hemos visto ya esto es la conformación del nivel racional: todo un sistema de signos para significar la realidad en la que se vive. Este es el trabajo que lleva al niño humano más tiempo: los estudios en nuestra cultura tan sofisticada llegan más allá de los 20 años, mucho más allá de que se haya alcanzado la madurez desde el punto de vista biológico. El hombre necesita mucho tiempo de aprendizaje, increíblemente más que ningún animal. Esta es una de las diferencias más notables del animal humano.

La creación de comportamientos diversos, que como vemos es el modo en que el hombre actúa en comparación con los perros da lugar a lo que ya hemos llamado plasticidad humana. En su tiempo de aprendizaje asimila, incorpora palabras, conocimiento y hábitos de comportamiento. Es decir el hombre ‘biológicamente’ es humano como hemos visto ya. Su nota distintiva, según todos los estudios actuales es la inespecificidad. «A los animales les bastan pocas horas o pocos días para hacerse con una escala de movimientos que, una vez montado, queda cerrada; al hombre en cambio esa tarea le cuesta años. La razón está en la especialización del aparato motriz animal y en la no especializa­ción del propio hombre. Como contrapartida a esta no especialización, el hombre conseguirá una plasticidad de movimientos incomparablemente mayor que el animal» (A. Domingo Moratalla, El personalismo, p.50). Es sorprendente  constatar este hecho: el andar erguido es propiamente humano y tiene que ser aprendido: sin un entorno humano el hombre andaría a cuatro patas, de un modo animalesco, como ya se ha comprobado con los niños salvajes, educados fuera del ambiente humano. La plasticidad es una característica destacada de lo humano.

La persona es una palabra que se expresa

El objetivo general de este blog es profundizar en qué es el hombre/mujer, recogiendo los 18420950_savances de la antropología, tanto culturales, como son los realizados por la filosofía desde sus inicios en su preguntas sobre el hombre/mujer, como los realizados por la ciencia desde que Darwin enunciase su teoría de la evolución. Miramos también a llenar una laguna que la cultura de la modernidad había creado al poner el acento en la racionalidad: una postergación de la dimensión emocional. Las emociones y sentimientos son una parte consustancial de que es la persona, y sin ellas no es posible entender a la persona y tampoco el modo en que se relaciona con el mundo.

En esta entrada me gustaría ofrecer una primera, aunque también profunda aproximación: la persona, el hombre/mujer, es una palabra que se expresa. Es un intento de compresión del mundo, que comienza como mundo particular, pero que lleva dentro un tendencia universal. Como ser vivo que es va a estar constantemente expresándose, en una relación con ese mundo. En realidad se expresa con todo: lenguaje verbal, corporal, tono, entonación, postura, etc. Es una relación con el mundo, que expresa de un modo particular y original. Y expresa el propio modo de ver el mundo, el modo en que este mundo le ha impactado, su experiencia en él y su simbiosis con él. Todo le ha ido afectando y a todo ha reaccionado y lo elabora, lo vive y lo expresa. Somos un resumen de todo lo que hemos vivido. Y por ello también un punto de vista original, nuevo, diferente a cualquier otro. Nuestro modo de ver el mundo, de vivirlo, de expresarlo va a ser nuestro y de ninguna otra persona. Somos originales, únicos.

Para construirnos como personas debemos elaborar nuestra palabra, una palabra que esté realmente entremezclada con toda nuestra experiencia, con lo que hemos vivido, con nuestra sensibilidad, con lo que realmente pensamos de las cosas. Cuando  más coherentes seamos en este diálogo con la palabra que expresamos cada día, cuando  hablamos, cuando nos encontramos con los demás, cuando hablamos con nosotros mismos en un diálogo interior, más plenos, más auténticos seremos como personas.

Dicho al contrario, callar es malo para la persona, para crecer y desarrollarse debe hablar, expresar su punto de vista, hablar de lo que piensa y siente. Este es además el mejor modo de autoconocimiento. Sin diálogo no hay desarrollo para la persona. Pero este hablar no es solo en condiciones de diálogo, en condiciones de aceptación, sino también, y de un modo muy necesario, hablar precisamente cuando alguien o alguna situación no nos están respetando, no nos escucha. Si callamos desaparecemos como personas en ese ambiente o ante esa persona.

Además expresar nuestra palabra no es una tarea acabada, no termina más que con nuestra vida, es más indica el nivel de vida que tenemos, en qué medida estamos vivos. Nuestra experiencia no cesa de crecer, no cesa de ajustarse a la realidad, de toparse con ella, en cada momento de la vida hay que seguir creciendo en esta coherencia entre la experiencia y la palabra que la expresa. Debemos siempre esforzarnos en conectarlas, en buscar una palabra coherente que nos exprese todo lo plenamente posible.

Funciones de la palabra

La palabra tiene mucha, muchísima fuerza y muchas funciones,17769731_s aunque se trata de esa palabra conectada con todo lo que es la persona, no la palabra desencarnada, lejana de la experiencia personal:

  1. Conoce, sabe, nombra, designa, califica, señala,
  2. Explica, enseña, diseña, abre posibilidades, cierra, organiza, amplia mundo, conquista, integra personas y realiza proyectos…
  3. Concreta, dispersa, reúne, enumera, organiza,
  4. Evoca, llama, convoca, recuerda, sana, anima, conecta, plantea, inflama, manipula, seduce, atrae, impulsa, ofende, duele, engaña, ilusiona, suaviza, enardece…
  5. Respeta, agrede, reclama, exige, solicita, pide, defiende, ataca, separa, acuerda, aísla…
  6. Habla de nuestro mundo, de nuestra sensibilidad, nos afirma, nos construye, nos alegra, nos entristece, nos enfada
  7. Nos conecta con los demás, nos hace compartir, nos integra con los demás, tiende puentes, forma grupo, …

Todo esto es lo que hacemos con la palabra y de todo ello tenemos que ser conscientes cuando la utilizamos. El cómo la utilizamos es lo más fundamental. Esta es una enseñanza importante, estamos muy “enseñados” sobre el significado de la palabra, sin embargo cómo la utilizamos es más importante, nuestras relaciones, nuestro mundo se va a configurar alrededor de ese cómo.

Por ejemplo si nuestra palabra es agresiva, nuestro mundo, nuestras relaciones son agresivas, la palabra configura el mundo en el que vivimos, no podemos olvidar esto. Cada uno poseemos una palabra personal, nuestra, hecha de nuestras experiencias, de nuestra sensibilidad y de nuestro estado de ánimo, desde ahí configuramos nuestro mundo, que va a estar teñido del mismo color que tiene nuestra palabra. Tenemos que ser conscientes de ese color y aprender a descubrir cuando varía. Esto es uno de los puntos necesarios del autoconocimiento.

Callar, cuando algo nos duele, nos quema en las entrañas, es lo peor que podemos hacer, primero por nosotros mismos: las emociones son proceso, circulan, necesitan circular. En segundo lugar por los demás: el único modo de contactar con las personas, de crear vínculos es hablar, establecer un diálogo. Comunicarse es lo natural y es necesario para el hombre. Las patologías mentales siempre dan como resultado patologías de la comunicación personal, y la forma de abordarlas es precisamente recuperando la propia palabra, la propia comunicación.

La conexión entre experiencia y palabra

Terminábamos la entrada sobre «las limitaciones de la palabra», 15433132_shablando de experiencia y autenticidad. La autenticidad, y con mayor precisión la honestidad, se juega precisamente en la conexión experiencia-palabra. La capacidad que tiene el hombre de separar instintos y sentimientos de la esfera del razonamiento se puede convertir en su mayor trampa: trabajar solo con la esfera racional. De este modo convierte lo diferente en el hombre, lo que específico del ser humano, en lo único: somos hombres porque somos racionales. Esta es la gran tentación del hombre.

No se puede trabajar solo con palabras sin haber vivido las cosas, se pierde la conexión con la referencia. Nos quedaríamos en un conjunto de signos sin referencias y por tanto sin significado alguno (sofistas o utópicos). Hay que darse cuenta que la reflexión, la esfera racional, nunca trabaja en vacío, es eso re-flexión: volver sobre, y para volver, primero hay que ir. La reflexión trabaja sobre los datos proporcionados por la esfera psicológica y por la tendencial-instintiva, sobre las experiencias, sobre las vivencias. No se puede perder el contacto con la realidad y trabajar sólo con utopías, baste recordar las dolorosísimas experiencias del fascismo y el estado soviético, de lo inhumano que puede resultar esto. No se puede desgajar una esfera del hombre y luego decir: “tengo al hombre entero”.

Este es el sentido de la expresión clásica, que se remonta hasta Aristóteles: nihil est in intelecto quod prius non erit in sensu (nada hay en el intelecto que antes no haya estado en los sentidos). La importancia de este punto es que la palabra nunca es solo intelectual, ni solo abstracta, sino que hace referencia a un mundo real donde las cosas son y están, la palabra es referencia. Hay que tener en cuenta que la palabra ha simplificado el mundo, a través de la generalización, para poder manejarlo. Además del significado, la palabra lleva consigo un contexto afectivo, un marco donde aprendimos esa palabra, constituido por las referencias que nos evoca, que nos hace sentir,… lo que hace también que las palabras no sean iguales para todas las personas, tienen coincidencias, a veces muy grandes, pero no son iguales. Además la palabra tiene un contexto en el momento en que la percibimos, ese contexto es el tono en que es pronunciada, la persona que la pronuncia, etc., además el contexto está también integrado por nosotros mismos; nuestra situación anímica y personal.

La conexión entre experiencia y palabra es en su profundidad conexión entre cuerpo y palabra. La experiencia nos llega a través de los sentidos (nivel biológico) y se almacena a nivel psíquico emocional: nos acordamos de aquello que nos produjo una intensa alegría, o tristeza, o miedo, o enfado… Ya hemos hablado de que los sentimientos tienen su ubicación en el cuerpo. No olvidar lo que sentimos, dar valor positivo a nuestras emociones a nuestra sensibilidad es el modo de conectar experiencia y palabra. Nuestra palabra debe expresar aquellas conclusiones que las que hemos llegado realmente con nuestras vivencias, con aquello que hemos vivido. Lo demás es hablar teóricamente, sin saber de qué se habla.

Llamamos a alguien honesto precisamente cuando ha realizado esa conexión entre su vivencia y su palabra, sabe realmente lo que siente, ha elaborado sus vivencias, de modo que sus conversación rebosa de la realidad de lo realmente vivido y asimilado.

Sin embargo está muy presente la desconexión en nuestra cultura. Hemos creado una cultura teórica de idea, una educación donde se privilegian los contenidos (teóricos) y tenemos distante la educación emocional, la recepción de nuestra sensibilidad, en resumen escuchar nuestro cuerpo, elaborar nuestras vivencias.

Las limitaciones de la palabra

La palabra generaliza y nos limita por ello, porque hace como cajoncitos donde agrupa las cosas parecidas, pero ese cajón limita, porque no transmite todo, transmite solo lo común, no puede ser de otro modo: pone etiquetas. Es decir, perdemos cosas, y habitualmente no somos muy conscientes de ello. Esto genera dificultades en el uso de la palabra.

Se puede decir que hay dos enfermedades en el uso de la palabra: el sofista, que utiliza la 7981085_spalabra para esconder, para no hablar, para no decir algo, lo que es lo mismo, para decir sin significado. El sofista introduce en un mundo de comunicación que no es sano, porque muchas cosas están escamoteadas, ya que el sofista no se atreve a presentarlas sobre la mesa.

El mundo del sofista es un mundo de relaciones sin confianza en el otro. El sofista piensa que el puede organizar, mandar, pero sin el otro, que si es claro con el otro aquello, su mundo, no va a funcionar, en resumen, que los demás son menores de edad. El mundo del sofista carece de confianza y por ello no es un mundo de iguales, las relaciones del sofista son verticales, el decide.

 La segunda es la utopía, que es el hablar, pero desconectado de la realidad, signos que hacen referencia a otros signos y estos a su vez a otros signos, en espirales sin fin donde el conocimiento se pierde, desconectado de la realidad de la experiencia. Este es el mareo que la palabra produce en quien se mete solo en ella, en su lógica.

Este es el problema de la exageración de la palabra. Su mismo éxito, su capacidad ilimitada de significación (pensar en palabras como Dios, belleza, justicia, filosofía, amor…) la lleva, con una cierta lógica de concatenación, a formar un mundo aparte del contacto con la experiencia, un mundo solo intelectual. Esto es lo que se produce con las utopías políticas, hijas del racionalismo, ya que para este solo lo racional es real, solo lo que pertenece a la esfera racional es real. Se ha desconectado el hemisferio derecho y el izquierdo. Un mundo solo mental, hecho de conexiones de signos, desconectado del mundo.

Sin embargo no solo transmitimos la simplificación, transmitimos nuestra experiencia, aludiendo a la experiencia del otro, nuestra experiencia vivida, emocional, nuestra seguridad o inseguridad, nuestras expectativas y nuestra ilusión. Y esto tampoco lo solemos tener en cuenta: nuestra palabra es un punto de vista basado en una experiencia del mundo. Para transmitir con verdad, para tener una palabra confiable, hay primero que confiar en los demás (no ser sofistas) y segundo que confiar en nuestra experiencia (ser honestos). Con estos dos elementos se configura la autenticidad, única posibilidad de tener una palabra que configure un mundo real, en relaciones y contenidos.

 

La palabra es comunicación

La palabra es comunicación. No se resuelve ni nace, ni se agota en el individuo, nace en la relación entre individuos, es esencialmente social. Sin sistema de signos lingüístico o de otro tipo, solo cabe un tipo de comunicación muy limitado. Es muy importante poner de relieve la importancia y centralidad de la palabra en la comunicación humana.

Para esta idea recurrimos a varias citas de Vygotsky, Pensamiento y lenguaje, p. 53.15998892_s

«Un pato asustado, que de pronto se ha dado cuenta del peligro, y despierta a toda la bandada con sus gritos, no dice a los demás lo que ha visto [o sentido], sino que les contagia su miedo [inundación empática]».

«La verdadera comunicación requiere significado, es decir generalización, tanto como signos». «Las formas superiores, específicamente humanas, de comunicación psicológica son posibles porque el hombre refleja la realidad a través de conceptos generalizados. En la esfera de las emociones, donde reinan la sensación y el afecto, no es posible el entendimiento ni la verdadera comunicación, sino únicamente el contagio afectivo».

Vygotsky habla aquí años antes del estudio y desarrollo del lenguaje corporal y su integración en la comunicación. En realidad la comunicación se hace impregnada de emoción. La comunicación de una misma frase varía según sea la emoción con que está dicha. Si la frase «Juan dijo que venía» se dice con sorpresa o con alegría o con miedo, la comunicación percibida varía enormemente. La emoción presta a la comunicación un soporte necesario de intencionalidad, de motivación, que es imprescindible en cualquier comunicación.

Sin embargo, Vygotsky insiste en la importancia de la generalización para transmitir la experiencia y sus palabras aquí son a mi entender exactas y vuelven a poner de relieve la importancia y centralidad de la palabra en el mundo de la comunicación humana: «El mundo de nuestra experiencia debe estar enormemente simplificado y generalizado antes de que sea posible hacer un inventario simbólico de todas nuestras experiencias con sus objetos y sus relaciones, y este inventario es imprescindible para poder transmitir ideas. Por tanto, los elementos del lenguaje, los signos que etiquetan la experiencia, deben estar asociados con grupos completos de experiencia, clases determinadas. Solo así es posible la comunicación, pues la experiencia aislada se sitúa en una conciencia individual y, estrictamente hablando, es incomunicable [en realidad, no habría palabras para poder expresarse]».

Sin embargo somos capaces de acceder a la experiencia de los demás y eso se hace en un juego entre la palabra y la emoción con que es expresada. Es la emoción, que también detectamos, lo que nos permite particularizar la experiencia, utilizando para ello la propia vivencia. La propia vivencia es la que permite este acercamiento a la singularidad de la experiencia del otro. La palabra necesita primero la elaboración y la integración con la experiencia, después, para el acercamiento a la realidad del otro, de la capacidad de empatía, que es también una parte específica de la comunicación humana, básica para el acercamiento a la persona individual concreta.

De todo esto seguiremos hablando en las entradas siguientes.