Reivindicación de la belleza

En la filosofía clásica griega y medieval, el ser tiene 4 trascendentales: unidad, verdad, bien, y belleza. Esto es el centro de lo que se ha denominado metafísica. La metafísica es el centro de la filosofía, uno de los mayores intentos de la historia de comprender la realidad, el mundo del hombre.

Los trascendentales indican los aspectos esenciales que se dan en todo ser por el mero 20747446_shecho de ser (aquí ser funciona como contrario a nada). Cualquier cosa o persona, sujeto u objeto, ser inerte o ser vivo,… tiene esos 4 aspectos. Es uno, puede ser denominado de una forma unitaria, tiene una verdad propia, está ligado al bien y posee una belleza intrínseca. A lo largo de la historia cada aspecto ha sido desarrollado por disciplinas diversas. La unidad la estudia la metafísica, la verdad la filosofía o las diversas ciencias, el bien la moral o la ética, la belleza la estética.

La trayectoria cultural de occidente le ha llevado a poner la verdad en el primer lugar y nuestra cultura está construida como búsqueda de la verdad, y sobre cómo se construye un edificio de conocimientos verdaderos. No hay más que ver el tremendo desarrollo de la ciencia, de las diversas ciencias, todo un floridísimo árbol que cada día posee más ramificaciones. La verdad ha potenciado la perspectiva racional, privilegiando los aspectos conscientes del conocimiento humano. La ciencia ha transformado (debería decir ha reducido) al ser en objeto y ha trabajado con la objetivación, con el objeto y sus características.

La moral, la ética y las ciencias de la conducta, también han tenido bastante desarrollo, no tanto como la ciencia, y desde luego sin el consenso que la ciencia ha obtenido. El bien y su desarrollo no han conseguido una justificación unitaria, un método unitario que consiguiese el consenso. Para la moral las creencias han sido determinantes, esta base la ha alejado de la perspectiva racional y objetiva alejándola de ese consenso de la ciencia. El sujeto está ya necesariamente incluido en las ciencias de la moral y la ética, por lo que ya no se trabaja con mera objetivación.

La belleza ha tenido un desarrollo raquítico y es sin embargo la vía emocionalmente más accesible. Es la vía de mayor amplitud de percepción, es una vía de gran incidencia emocional y vital… y no ha sido realmente explotada en occidente. Las artes, como parcelas del dominio estético, se han desarrollado cada una por su parte, y han tenido un desarrollo cultural esplendido, pero no como una visión unitaria desde la belleza. Así se ha desarrollado la música, con una historia espléndida, igualmente la pintura con una evolución de la experiencia visual realmente impresionante, etc.

Para la cultura occidental, la belleza ha resultado ambigua para la percepción consciente y ha resultado una mala guía para las elecciones existenciales. En un intento de compresión, hemos distinguido entre belleza interior y belleza exterior. Para achacar a la belleza exterior elecciones equivocadas, equivocadas en el sentido de que la persona no escoge adecuadamente en función de su bien y también que puede ser fácilmente engañada. La belleza interior, por su parte, al aludir a características no captables en directo, parece en la primera aproximación más bien un intento de rescatar e incluir elementos que se han quedado fuera de la consideración. En resumen la belleza no se ha prestado con facilidad a elecciones racionales y se ha conjugado con mucha dificultad razón y belleza.

En la percepción de la belleza persiste la conjunción de lo emocional y lo racional y ambos se confunden, o se iluminan, uno a otro. La aparición determinante de elementos emocionales, como tales subjetivos por ser dependientes de las vivencias personales, ha hecho que las elecciones basadas en la belleza no obtengan consenso y que se haya abandonado esta vía. Además en la cultura occidental han predominado  de tal modo los elementos racionales, que la belleza ha sido el trascendental relegado en la cultura, el permanente ausente, ya que introduce elementos de la percepción no fácilmente controlables, y eso a pesar de que su peso en la percepción humana es realmente relevante.

Hago esta observación aquí, porque el desarrollo emocional nos va a llevar a través del territorio de la belleza y de su descubrimiento. Tanto es importante el terreno de la meditación que estamos tratando ahora, como en el de los fenómenos emocionales más profundos, especialmente en el enamoramiento. La belleza no puede ser dejada de lado en un desarrollo que pretenda ser emocional.

La inclusión de la belleza como elemento tan importante como la verdad es el desafía actual y futuro de la cultura.

¿Hay relación entre las personas que elegimos y el modo cómo está configurada nuestra intimidad?

Vamos a dar la vuelta a la entrada anterior, donde desde nuestra intimidad y nuestra libertad elegíamos personas para entrar en ella o no. Desde luego debería haber quedado 10058891_sclaro como argumento central, que no hay libertad sin acuerdo con la intimidad. Somos libres cuando elegimos de acuerdo con nuestra intimidad, de acuerdo con lo que somos. La persona es un entramado de elecciones, de trayectoria que enraíza en sus hogares, en su tierra, en su familia, … y que crece sobre todo en los nuevos valores descubiertos desde su particular visión de la belleza. Con todo eso hace un entramado que será más o menos coherente. Cuanto más coherente más feliz la persona, más de acuerdo consigo misma.

El punto para mi ahora es: si estamos de acuerdo con esto, buceando en nuestra intimidad, sobre todo en su nivel instintivo y en su nivel emocional, ¿podemos saber algo de las elecciones que cada persona va a hacer?… ¿podemos saber algo de las personas que va a dejar entrar en su vida?… ¿tienen estas algunas características determinadas?

Dicho de una manera sencilla: los test de compatibilidad, que aparecen tantas veces sobre todo en las webs de búsqueda de pareja, ¿tienen alguna base? Es decir, ¿hay personas más compatibles con nosotros? Sobre esto la respuesta parece obvia: si, es una experiencia generalizada que hay personas que encajan bien con nosotros, personas que nos caen bien enseguida, con las que simpatizamos inmediatamente. La pregunta va un poco más allá, dado cómo es nuestra intimidad, ¿podemos saber a priori alguna característica de la persona que nos va a caer bien? Y la pregunta más atrevida: ¿podemos hacer algo así como un retrato robot de la persona con la que encajaríamos al formar una pareja?

Esto es tanto como decir: ¿podemos traducir en características positivas, diferenciadas, constatables lo que nuestra intuición detecta casi inmediatamente? Dicho en dos palabras: ¿podemos objetivizar nuestra intuición? ¿Podemos objetivizar la elección de personas?

Desde luego pienso que hay una respuesta en principio positiva a esta pregunta. Podemos saber características de las personas que nos caen bien, con un poco de paciencia y observación podemos irlas descubriendo. Sabemos qué nos gusta en las personas que nos gustan. Aquí desde luego el verbo «gustar» indica una referencia preferente al nivel biológico-instintivo. También hace referencia al nivel emocional, como sensibilidad. Desde luego no hace referencia al nivel racional, salvo en la medida en que hagamos consciente eso que nos gusta.

Esta simple anotación indica que en la elección de personas como pareja influyen y mucho los niveles instintivo y psíquico-emocional. Esto indica que sería una tontería elegir a alguien como pareja por razones deducidas racionalmente: sencillamente hay que apelar a ese verbo: «gustar», si nos gusta está bien y si no nos gusta, por mucho que nos empeñemos no va a ser una buena pareja para nosotros.

Todo lo aducido hasta ahora indica que es posible determinar las características de las personas que nos gustan, pero que va a ser muy difícil poderlas determinar todas y la intuición, el gusto personal, los niveles instintivo y emocional van a seguir teniendo un peso determinante en la elección. No resulta posible, hoy por hoy, llegar a esa precisión y la elección va a seguir siendo algo perteneciente a la persona, que debe reunir las informaciones de todos sus sistemas de relación-comunicación: instintivo, emocional y racional, para hacer buenas elecciones. Quizá, por mucho que se avance en el conocimiento de nuestra intimidad y de cómo se elige, no lleguemos nunca, esta es mi opinión, a conseguir eliminar todas esas incertidumbres de la elección, que termina por ser decidida por nuestra intuición, por nuestro sistema instintivo-emocional que se enamora y desde luego sabe que se ha enamorado.

Aquí aparece un último elemento de la elección. Si las cosas son tal como las exponemos, no vamos a conseguir una seguridad, llamémosle objetiva, sobre las elecciones más importantes, las que afectan a las personas que dejamos entrar en nuestra vida. Por tanto, esa seguridad es interna, la proporciona la psique de la persona. No se decide solo por la persona elegida, esta no puede ser transformada en objeto para ser objetivada. Siempre quedan en las elecciones de personas elementos no determinables, entre otras cosas por el hecho de que la persona no está acabada, hasta la muerte, siempre puede cambiar. Luego todas las elecciones implican riesgos que hay que asumir, hay una seguridad en la elección que debe ser proporcionada por la persona, es seguridad personal, que vence las incertidumbres que, como vemos, existen en toda elección de una persona.

Es la libertad personal la que asume ese riesgo y suple la incertidumbre. Si no lo hace la persona estará siempre en la incertidumbre, en la duda, sobre su elección. Y esa misma duda va a afectar a la elección: a la relación que se establece entre las dos personas. La relación necesita seguridad en la que apoyarse y esa seguridad, como hemos visto, solo se la puede la dar la libertad de las personas.

Resumo: toda elección de persona se realiza con participación prioritaria de los sistemas tendencial-instintivo y emocional y no se puede objetivizar de modo pleno. La seguridad necesaria para establecer una relación con otra persona viene proporcionada por la libertad y si la libertad no se implica, no asume el riesgo, la inseguridad personal resultante va a hacer imposible el nacimiento de una relación personal estable.

Resumen practico en dos puntos: (1) el enamoramiento y la libertad van a ser la clave de la elección personal, es decir, la parte más determinante de la elección personal es la subjetiva, es nuestra libertad; somos nosotros mismos como personas, quienes cortamos el nudo gordiano de las elecciones personales y al hacerlo asumimos la incertidumbre que siempre arrastran. (2) A la vez, no quiero quitar importancia a lo que se puede determinar objetivamente. Determinar las características que nos gustan de las personas es un conocimiento de nosotros mismos muy importante y debemos trabajar sobre ello para determinarlas con la mayor precisión que podamos. Dejar de lado la parte objetivable de la elección es en mi opinión un error. Trabajar para saber que nos gusta en las personas un trabajo necesario y algo que puede evitar precisamente muchos errores de elección en nuestra vida.

Hombre, mujer, pudor y sexualidad

Para seguir nuestra exposición sobre el pudor y su relación con la sexualidad es preciso 8215531_shacer alguna aclaración sobre el diferente comportamiento del hombre y la mujer frente a los valores sexuales. Hablamos aquí en general, con referencias sociológicas. Hay que tener en cuenta que, dado lo que hemos visto sobre la persona, las variaciones individuales son muchas.

Como aclaración, es preciso hacer notar que, al hablar de hombre y mujer, sólo se pueden hacer valoraciones sociológicas, ya que ambos poseen paralelos dinamismos constitutivos: instintivo, psicológico y espiritual y las distinciones solo se comprueban estadísticamente. En los dos sexos se dan todos los casos posibles, por ello, para ver las diferencias, lo que se trata de saber es en qué proporción una determinada conducta es realizada por hombres o por mujeres. Por esto, se habla en general y se hacen alusiones a los datos sociológicos, por ejemplo, al afirmar que la pornografía se dirige más al varón no se quiere decir que la mujer no sea influida por ella, sino que lo es menor medida.

Desde el otro lado no constatar que los hechos son sociológicamente diferentes, sería negarse a ver diferencias evidentes. En nuestro modo de ver hombres y mujeres son iguales en su dignidad como personas y en sus derechos, las diferencias se mueven a otros niveles, lo mismo que las diferencias entre las personas en general. Por ello hablar aquí de diferencias no implica una posición que busque una desigualdad, sino exactamente lo contrario: respetar lo que cada uno es.

Además hay que tener en cuenta que, en algunos, o quizá en todos, los temas que se abordan aquí, es difícil saber en qué medida la conducta observada es resultado de la educación y la cultura y en qué medida se enraíza en lo innato de la persona humana, aún a sabiendas de esta dificultad hemos preferido abordarlo por parecernos temas centrales para la antropología.

Partimos de la división que ya hemos establecido de la persona en tres esferas: biológica, psicológica y racional. Cada esfera origina un dinamismo o forma tendencial que denominamos: instintivo, afectivo y racional. Trabajando ahora con los dos primeros niveles, los directamente implicados en la sexualidad, podemos ver que si en una persona la afectividad supera a la sensualidad, esto hará que sea más sensible a la masculinidad/feminidad psíquica que a la física, es decir, será más sensible a los afectos y por ellos a los valores de pertenencia y relación social de la persona. La característica de la afectividad es que valora lo que se llama personalidad, que es lo que se descubre en la relación social de la persona en cuanto tal.

Se suele afirmar que esta es una característica femenina, si fuese así para la mujer, hablando de un modo sociológico, tendría más peso en la relación sexual la psicología, los afectos y sentimientos, la personalidad y las características sociales, de la persona, además, claro está de los valores sexuales en sí mismos. Esto la haría más sensible a los valores personales en su conjunto y que no se centrarse de un modo exclusivo en los valores sexuales, que también necesite percibir la persona en sus valores afectivos y de relación.

15870774_sEn el caso del predominio de la sensualidad sobre la afectividad, se produciría una reacción más rápida ante los valores sexuales del cuerpo. La reacción de la sensualidad no es global hacia la persona, sino que se dirige hacia partes del cuerpo de la persona, precisamente aquellas que despiertan la excitabilidad sexual del sujeto en concreto. Una persona con esta característica pasa desde la sexualidad a la afectividad, es decir, primero siente la atracción sexual y posteriormente valora la personalidad de la persona por la que se siente atraído. Se suele decir que este es el camino del hombre, del varón, aunque hay que matizar también, igual que en el caso de la mujer, que no es así en todos los casos, ni tampoco en todas las ocasiones, ya que, al igual que la mujer posee los dos dinamismos o tendencias.

Considerando así el diferente peso de los dos dinamismos en el hombre y en la mujer, ¿cómo son las relaciones hombre – mujer? Por parte del hombre, este no debe temer la sensualidad de la mujer, como esta teme la del hombre. Este análisis desde el miedo (temor) no es habitualmente realizado, pero resulta evidente la presencia de ese temor a una sexualidad masculina no controlada mientras que ese mismo temor no existe hacia una sexualidad femenina desbocada. Esto plantea ya una diferencia fenomenológica evidente en el comportamiento de ambos sexos. Hay que tener en cuenta que sentir temor está reñido con el disfrute, infundir temor no. Por ello la buena relación se considera la que excluye el miedo. Este hecho del diferente posicionamiento con respecto al temor establece diferencias en la forma de vivir la sexualidad, de enfocarla, de acercarse a ella. Hoy hay un fuerte impulso cultural que está cambiando los roles, que podríamos llamar activo y pasivo, en la relación sexual, a pesar de eso la afirmación de esta diferencia emocional sigue en pie: el temor básicamente se produce en una sola dirección.

Hay algunos hechos que constatan esta diferencia, por ejemplo, se puede afirmar que los hombres buscan la pornografía más que las mujeres. Lo que podría llevar a pensar, desarrollando la idea de que posee mayor peso la sensualidad con respecto a la sensualidad, que también en los hombres tienen mayor peso el sexo como necesidad, que como pertenencia, elemento que se abre paso con posterioridad en su conciencia. Es decir primero sienten la atracción, la necesidad, y posteriormente se van sintiendo vinculados a la otra persona. Es otro elemento fenomenológico que indica el mayor peso de la esfera instintiva sobre la afectiva.

Otra constación es que el hombre percibe de forma aguda en su interior la propia sensualidad, la propia instintividad, es decir, el sentirse atraído y dirigirse (y por tanto ligado-atrapado) por los valores sexuales. Esto hace que el hombre posea un pudor fuerte, que podemos llamar primario, sobre las partes del cuerpo ligadas al sexo y que pueden ser vistas como objeto de placer. De modo que el hombre tiende menos a mostrar la propia sexualidad en su relación sexual, porque siente en sí mismo, agudamente, que mostrarla tiene una fuerza sexual explícita y también le hace descubrirla en la otra/el otro rápidamente.

Una nueva constatación de lo que venimos diciendo, es que la mirada del hombre es clave para su modo de vivir la sexualidad y todos los fenómenos de la vista adquieren importancia predominante para él. Esto tiene una conexión con la percepción de la propia sensualidad: la mirada le permite ver al otro como objeto de placer a la vez que se resguarda a sí mismo. El hombre tiene una mayor postura de observador de la sexualidad que aparece, mientras esconde la propia.

Por parte de la mujer el pudor del cuerpo es más secundario, y por ello se puede permitir jugar con él. Para ella ser vista se convierte en elemento clave del lenguaje. En ese ser mirada tanto descubre una agresión como una valoración de la propia sexualidad (y detrás de esta una valoración de la propia persona). En este proceso la posición complementaria de la mirada del hombre (comérsela con los ojos) es clave. Su acercamiento pone de nuevo el énfasis en elementos afectivos y los valores sexuales son complementos de estos. Es decir, la mujer descubre la fuerza de la “mirada”, cuando la ve reflejada sobre su cuerpo. De este modo para la mujer la sensualidad tiene un elemento de aprendizaje, (“todos los hombres buscan lo mismo”).

Una deducción sería la evidencia de que las diferencias entre hombre y mujer respecto al pudor y, por tanto, en la presentación de los valores sexuales, establece un dialogo entre los dos sexos que marca profundamente las relaciones entre hombres y mujeres. Este diálogo es importante porque se entrecruza cada día en todas las actividades. Las personas son subjetivamente conscientes de su existencia, pero, sin embargo, no suele ser tan conscientes a nivel de reflexión. De ese diálogo resulta la imagen de la mujer y la del hombre que se instalan en la cultura a sus diversos niveles, desde la familia, hasta la universal. Esas imágenes y los valores que conllevan, modelan profundamente toda la vida social, hasta poder decir que ponen su sello a cada época histórica; baste pensar en el ideal caballeresco de mujer del final del medioevo, o el del renacimiento, o el del romanticismo. Los modelos sociales tienen una influencia en toda esta materia, que es difícil exagerar. Desde ellos se determinan a nivel práctico los grandes conceptos: dignidad de la persona, significado de la sexualidad, valor del placer, modo de considerar y de tratar al otro marcado por la diferencia sexual, etc.

El pudor, la sexualidad y la identidad personal

Vamos a realizar un análisis fenomenológico del pudor. Emocionalmente estamos en el terreno de la vergüenza, que pertenece a la familia del miedo. La vergüenza es un miedo sobre uno mismo, miedo porque nos sentimos expuestos, o también porque nos sentimos inadecuados para la situación. La vergüenza es muy general y en su familia  emocional se encuentran tanto la timidez como el pudor. La timidez, en la acepción común de la palabra, contiene elementos negativos para el desarrollo personal, como una excesiva sensibilidad que lleva al retraimiento en acciones que realmente podríamos realizar y, por ello, nos limita. Desde el punto de vista psicológico, la timidez sería un patrón emocional, donde se encuentran vinculados de forma rígida: situación-emoción (vergüenza)-conducta (retraimiento). Patrón del que es difícil desprenderse.

El pudor, por su parte, se refiere a los valores personales en general y consiste en esa emoción que nos lleva a ser prudentes en su manifestación a otros. Es decir no contamos ni exponemos las cosas personales e íntimas a no ser a determinadas personas en las que confiamos. El pudor sería sencillamente la emoción que detecta que se está pasando la frontera de lo que consideramos (emocionalmente) nuestra intimidad. Es el avisador, el guardia emocional de nuestra frontera personal.

Por lo tanto tener pudor significa una valoración de nuestra intimidad con respecto a su exposición social que nos lleva a decidir cuándo manifestarla y cuándo no. Desde este punto de vista es una emoción eminentemente positiva en su custodia de la intimidad. También lo es con referencia a la valoración que la persona hace de si misma. Valorar la propia intimidad y valorar la persona se identifican.

El pudor tiene mucho que ver con las barreras sociales, algo que tiene un fuerte aprendizaje 17927193_sdesde muy pequeños: no hablar con extraños, no comunicar ciertas cosas, qué hay que comunicar y qué no, no mirar directamente a los ojos a desconocidos, etc. De este modo la parte más importante de la socialización viene regulada por el pudor y sometida a un aprendizaje que la fija fuertemente en la conducta. Desinhibirse, saltarse esas barreras es algo que solo nos permitimos, y permitimos a los demás, en determinadas situaciones. Este aspecto del pudor tiene una fuerte  importancia para el desarrollo personal.

El pudor no se refiere sólo a los valores sexuales, a la intimidad sexual, pero es evidente que esta tiene una importancia grande en el terreno del pudor, tanto que a veces sólo se considera como un valor ligado a los valores sexuales. Para nosotros, el hecho de que el pudor se encuentre  ligado a los valores sexuales implica que, en la jerarquía personal de valores, la sexualidad es central, en realidad lo más importante si tenemos en cuenta que es lo primero que protegemos y que cuidamos mucho cuando los ofrecemos. Evidentemente esta jerarquía se aplica principalmente a nivel instintivo y emocional (los dos primeros niveles de la persona de que hemos hablado), por lo tanto, muchas veces de modo subconsciente.

Por ejemplo, desde el punto de vista del lenguaje corporal resulta claro que nuestra preocupación primera desde el punto de vista instintivo es: o no ofrecer lo sexual o ser muy conscientes de cuando realizamos esa oferta. El pudor es clave precisamente porque regula la intervención en las relaciones de este punto central para la persona, y la misma ambigüedad que tiene el pudor que se refiere tanto a la intimidad como a la intimidad sexual, lo tiene la concepción de la intimidad, que encuentra en su centro con la intimidad sexual como su elemento más importante desde el punto de vista de la percepción del sujeto, entendiendo esta en su sentido global, es decir la que resulta de los 3 niveles personales: instintivo, emocional y racional.

De la relación entre pudor y sexualidad habla el hecho de que el pudor irrumpe con fuerza en la adolescencia junto con la aparición de los valores sexuales. El niño no tiene tanta conciencia de la propia intimidad y, por ejemplo, sus juguetes tanto los deja en su habitación, como en cualquier lugar de la casa, no tiene una referencia a un lugar propio diferenciado del de sus padres, enseñarle ese lugar se convierte en tarea educativa. También considera suya cualquier cosa que pertenezca al hogar familiar. Por el contrario en la adolescencia esta idea de intimidad surge con fuerza y la adolescente grita que quiere una habitación para ella sola donde no entre nadie más. Surge agudamente la conciencia de que hay cosas que no queremos mostrar y que restringimos a determinadas personas.

16717303_sNuestras posturas corporales se relacionan siempre, aunque normalmente de modo no consciente, con el pudor, pues tendemos a proteger la parte de nuestro cuerpo que más sentimos expuesta desde el punto de vista de la intimidad, que es precisamente la parte inferior del tronco, la directamente relacionada con la sexualidad. Esa es una parte capital de nuestra comunicación corporal. Si por el contrario estamos en situación de apertura hacia una persona, sencillamente de apertura, no necesariamente de apertura sexual, tendemos a ofrecer, por ejemplo, la cara interior de la pierna como signo de esa apertura. Es decir nos giramos hacia aquel o aquella hacia quien estamos abiertos. Es muy interesante fijarse en todos estos movimientos que tienen que ver con el lenguaje corporal y relacionarlos con el tema del pudor que estamos exponiendo. Su sencilla observación pone de relieve la centralidad de la sexualidad en nuestro lenguaje corporal, mientras que nos permitimos muchas menos concesiones en este sentido en el lenguaje verbal, o mejor las concesiones en el lenguaje verbal están muy reguladas por la educación social y el consciente.

Las posturas corporales también están reguladas por la educación referente a la expresión social de la sexualidad, especialmente para las mujeres, que reciben toda una educación, que se torna inconsciente con el aprendizaje, de cómo poner las piernas, por ejemplo, al sentarse. La revolución sexual de los años 60 del siglo XX ha incidido fuertemente en estos aspectos, permitiendo verdaderamente un cambio y un nuevo papel de la mujer en la sociedad, hasta ese momento fuertemente limitado.

Las tres esferas y el lenguaje, un texto de Martin Buber

Extractos de Martín Buber, Yo y Tu, Caparrós Editores, Madrid (1998). Primera edición: 1922.

Tres son martin buberlas esferas en las que se construye el mundo de la relación.

La primera la vida con la naturaleza, en la que la relación llega hasta el nivel del lenguaje.

La segunda, la vida con los seres humanos, en que la relación adquiere forma lingüística.

La tercera, la vida de las entidades espirituales, en que la relación carece de lenguaje, pero generando lenguaje.

* * *

16733638_sDe la vida con la naturaleza podemos allanar el mundo «físico», el de la consistencia; de la vida con los seres humanos el mundo «psíquico», el de los afectos; de la vida con los seres espirituales el mundo «noético», el de la validez. Pero entonces a las esferas se les quita la transparencia, y con ello el sentido, cada una de ellas deviene utilizable y opaca, y permanecen opacas por mucho que las invistamos con nombres luminosos – cosmos, eros, logos -. En efecto, sólo hay en verdad cosmos para el ser humano si el todo se convierte para él en morada con hogar sagrado en el cual él ofrezca sacrificio; y sólo hay eros para él si los seres se convierten en imágenes de lo eterno, y la comunidad con ellos en revelación; y solo hay logos para él si evoca el misterio con obras y servicio al espíritu.

El callar escudriñador de la forma, el hablar amoroso del ser humano, la mudez elocuente de la criatura, todas ellas son las puertas hacia la presencia de la palabra.

Pero, si ha de acontecer el encuentro pleno, las puertas se reúnen en un solo portón de la vida real, y tu ya no sabes por cuál has entrado.

* * *

De entre las tres esferas se destaca una: la vida con los seres humanos. Aquí se plenifica el lenguaje como secuencia, en discurso y contradiscurso. Solo aquí encuentra respuesta la palabra explicitada en el lenguaje. Solo aquí va y viene de la misma forma la palabra básica, están vivas en una lengua la palabra básica de la invocación y la de la respuesta, Yo y Tu no sólo están en relación, sino también en firme «lealtad». Aquí y solo aquí están unidos los momentos relacionales por el elemento del lenguaje, elemento en el que ellos están inmersos. Aquí lo interpelante se ha abierto a la plena realidad del Tu. Así pues, solo aquí se dan también como realidad que no se pierde el contemplar y el ser contemplado, el conocer y el ser conocido, el amar y el ser amado.

Tal es el portal principal en el que desembocan las dos puertas laterales.