La libertad. El ejemplo de la caza y la jauría de perros

En esto no hay duda, y ya hemos hablado aquí,: el hombre es un animal. Su organismo 11013857_spuede ser perfectamente clasificado entre los demás animales: sus componentes, sus tejidos, sus mecanismos fisiológicos… siguen las mismas leyes de la biología que los demás, y además son similares a los de los otros animales. Por esto se puede decir sin lugar a dudas que el hombre está emparentado con los organismos animales, especialmente los mamíferos y entre estos los primates y los homínidos. Las coincidencias son tantísimas que negarlo hoy es negar una evidencia.

Sin embargo, y a la vez, las diferencias entre el comportamiento humano y el animal son también tantas que negarlas es también negar la evidencia: ningún animal hace rascacielos, ni aviones, ni televisiones, ni se mata entre sí, ni comete excesos en continuación, etc. etc. como lo hace el hombre. Las similitudes son innegables, las diferencias también.

Intentemos ir al fondo con un ejemplo del que vamos a seguir hablando en entradas posteriores.

 ¿Dónde se encuentra la diferencia de lo humano? ¿Dónde se origina ese comportamiento diferenciado que tiene tantos efectos propios? Hay una característica del comportamiento humano muy interesante que nos va a poner sobre la pista. Esa característica se podría señalar diciendo que en el hombre existe un espacio, una separación entre el estímulo y la respuesta, entre instinto y comporta­miento. Pongamos un ejemplo del comporta­miento instintivo más evolucionado. Alguna vez he podido observar la caza de una jauría de perros en la sierra de Guadarrama, donde en verano hay vacas que los campesinos dejan sueltas. Es el comportamien­to de un instinto muy desarrollado, ya que cazan en grupo y cumplen funciones diferentes: comienza la persecución y algo así como una fase de cansancio, se persigue y acorrala a vaca y ternero, que huyen tratando de conservarse juntos, a partir de un  cierto momento, cuando la vaca ya está cansada, la jauría busca separar vaca y ternero, cuando lo consiguen el grupo aguanta a la madre, mientras que uno se lleva al ternero, al final todos confluyen sobre el ternero para matarlo. Como se desprende en el grupo de caza hay una cierta comprensión del tiempo y de los demás, de la colabora­ción.

Si suponemos un grupo de hombres que cazara, las primeras veces lo harían de modo similar a los perros, pero una de las veces, por una casualidad, el ternero muere porque se ensarta con un palo. Si esto sucede a los perros, estos se tiran a comerse el ternero sin más dilaciones. En el caso del hombre es diferente, quizás uno se pregunta por qué ha muerto y ve la rama en la que se ha ensartado. En una ocasión subsiguiente quizás quiera llevar el ternero hacia un palo predispuesto: tenemos la noción de trampa. Luego se pregunta por qué no llevar el palo a cuestas… y tenemos la lanza; y entonces por qué no tirarlo a distancia: tenemos la flecha… así, sin solución de continuidad, hasta la bomba atómica, algo que S. Kubrick expresa de un modo maravilloso en 2001, una odisea del espacio, cuando después de la primera pelea entre dos homínidos, uno de estos lanza al aire la quijada que ha utilizado para matar a su adversario y en el aire esta se transforma en una nave espacial. Los significados de la escena son más, evidentemente, pero la síntesis entre el primer instrumento y el último está logradísima. Una vez iniciado el camino de hacer instrumentos, su mejora es solo cuestión de tiempo.

Nos damos cuenta enseguida de que frente a un solo comportamiento de los perros, aunque verdadera­mente flexible y sofisticado, el hombre ha generado cuatro: a la carrera de modo similar a los perros, con trampa, lanza o flecha,… y sigue creando nuevas posibilidades. Como resulta claro el instinto propiamen­te hablando desaparece, no hay pautas fijas de comportamiento: nunca hay una sola, hay muchas, creadas culturalmente. El hombre tiene sólo la tendencia, la necesidad vital sentida, el hambre y muchos modos de solucionar el problema, modos creados por el mismo hombre, creados culturalmen­te. La manera diversa de comportarse del hombre se origina en esa posibilidad de preguntarse: «¿por qué?», de volver sobre lo sucedido para ver cuál es la causa de un resultado diverso, es decir de su capacidad de reflexión.

Aproximación a la palabra

El nivel racional se centra alrededor del uso de la palabra, algo que, con algunos matices, es 12902829_sbastante exclusivo del hombre y se puede considerar el centro de lo que es específicamente humano, aunque específico no significa todo lo humano. El hombre funciona con un etiquetado (palabra) que pone nombre a todas las cosas y es capaz de unir bajo ese nombre los géneros: todo lo que tiene algo en común, por ejemplo: mesa (todas las mesas, lo que sirve de mesa), o verde (todo lo que tenga el color verde), o carrera (todo lo que compita basado en la velocidad). También la palabra pone nombre propio, particular a lo que no consideramos que se puede englobar en un género: Antonio (para nombrar a una persona), Mallorca (para nombrar un lugar singular).

La reflexión que se produce en la conciencia es realmente lo específico de este nivel. En la conciencia la experiencia personal aparece como fenómeno. Toda nuestra vivencia en cada momento aparece en la conciencia como un fenómeno sobre el que podemos reflexionar, aunque no necesariamente lo hagamos. Ese nivel de reflexión, que funciona poniendo palabras, es lo que vamos a considerar ahora.

El hombre es un animal que habla, que utiliza un lenguaje, entendido en sentido propio como conjunto orgánico de palabras. En realidad se podría decir que esa es su marca propia: la palabra.

Evidentemente esto tiene un soporte biológico: los órganos de la voz y el oído, que han proporcionado ese acceso a la palabra, a todos los lenguajes hablados. Sin embargo la palabra no está ligada a dichos órganos y el acceso se puede realizar también por la vista e incluso el tacto. Realmente es increíble la capacidad del ser humano de acceder a la palabra. En realidad es capacidad de acceder a un significado general, a generalizar el significado. Por tanto el oído y la voz no son un órgano exclusivo de la palabra.

La palabra es cultura, hay montones de lenguas diferentes, que se tienen que aprender desde la infancia. Es convencional y es también histórica: es el resultado de siglos de formación de las convenciones, de ampliación de conocimientos y de la necesidad de nuevas palabras. Es algo vivo y en desarrollo. El lenguaje se aprende, es más, es la parte central del aprendizaje.

La palabra refleja el mundo que soporta la cultura en la que nace. Los esquimales tienen 16 modos de decir nieve; nieve a secas no basta. Nosotros perdemos poco a poco el lenguaje agrícola de nuestros abuelos. Cada ciencia, cada nuevo campo necesita palabras nueva, que amplían y describen el nuevo espacio, y que es lo primero a aprender si queremos entrar en la ciencia, aunque al principio significan poco.

Desde este punto de vista, la palabra es un fenómeno social, aún más, es constitutivo de lo social: el principal soporte de lo social es la palabra, es el vehículo principal de la relación. La relación es comunicación y la palabra soporta la comunicación. La vida social, la cultura tiene su elemento más fundamental en la palabra, por eso una lengua identifica una cultura.

La palabra es lo específico de la persona.

La esfera racional, intelectual: pensamientos y palabras.

El animal, como hemos visto en entradas anteriores,  posee  una esfera instintiva y otra 15148433_spsicológica. Se podría decir que lo que diferencia al hombre/mujer es que este posee un mecanismo de desconexión entre esas dos esferas. Como hemos señalado estas dos esferas están conectadas, tanto que son las dos caras objetiva y subjetiva de las relaciones del ser vivo. Hemos dicho también que esa conexión en sus líneas tendenciales básicas (los instintos) es automática. Por mucho que se complique la respuesta en los animales superiores, parece que hay que mantener este automatismo, o si se prefiere fijeza de las respuestas para solventar las necesidades básicas del animal y los cambios o agresiones del entorno.lenguaje animales

¿En qué consiste este mecanismo de desconexión que posee el hombre? … muy fácil: en la capacidad que sólo el hombre tiene de volver sobre la propia conducta y revisarla, y nombrarla, es decir en la capacidad de reflexión. La reflexión hace que en el hombre exista un espacio, una separación entre el estímulo y la respuesta, entre instinto y comporta­miento. Como se puede comprender esta capacidad proporciona una gran flexibilidad al comportamiento humano, adaptabilidad que hemos visto como característica de lo humano. Esta capacidad es tan importante que constituye la tercera dimensión que hemos señalado: la esfera de la libertad o intelectual o espiritual.

Su manera operativa de funcionar es por el etiquetado: poner nombre. Es decir, esta esfera se distingue por su capacidad para la palabra: su centro es la palabra, la capacidad de nombrar las cosas de un modo general: árbol, que sirve para todos los árboles del planeta.

Esta capacidad de generalización es un salto, como muy bien ha visto Vygotsky, algo diverso a la esfera psicológica, igual que esta se diferencia de la esfera biológica. Aunque también hay que tener en cuenta que las 3 esferas se integran en la vida del hombre, de modo que no tiene sentido separarlas en su percepción.

A la vez hay que tener en cuenta que este es el nivel más presente en la consciencia, el que de un modo incluso invasor la ocupa, de modo que parece tener una primacía. Pero no debemos olvidar que también tiene sus dificultades y que de modo aislado trabaja en vacío y no responde a la realidad de la persona: solo funciona de un modo adecuado en la integración y precisamente como tal integración.

A lo largo de las siguientes entradas vamos a ir desglosando lo que en núcleo introducimos con esta.