Vestido, pudor e identidad personal

Vamos a detenernos en el hecho del vestido. El vestido tiene varias funciones: protección 17202040_sdel frio, pudor, adorno, etc. Conviene darse cuenta que el hecho del vestido, el hecho de cubrir o adornar el cuerpo, es un hecho absolutamente transcultural en el homo sapiens, se da en todas las culturas, no existe ninguna raza ni cultura en el que no se manifieste de algún modo. Además apunta a una peculiaridad del homo sapiens entre los mamíferos. En general estos tienen pelo que les cubre todo el cuerpo, mientras el homo sapiens es el mono desnudo, utilizando el título del famoso libro de Desmond Morris. Entre esas varias funciones del vestido vamos a fijarnos en la del pudor, partiendo de que se puede afirmar de partida que es un hecho generalizable, ya que la función de pudor del cuerpo es también generalizable, como hemos visto ya en las 2 entradas anteriores..

Así pues, el pudor del cuerpo tiene una relación con el vestido. En relación con el pudor, el vestido puede servir tanto para ocultar las partes y órganos relacionados con el sexo, como para ponerlas en evidencia. El pudor no se identifica de manera sencilla con mayor vestido (aunque si hay una correlación), ni el impudor con la desnudez (tenemos el ej. de esas tribus de la zona tropical que llevan caracteres sexuales descubiertos, por motivo del clima, y el taparlas origina la reacción de una mayor atracción física, algo que ocurre también en otras culturas). Hay un ejemplo sencillo que puede servir para entender el fenómeno del ocultar los elementos sexuales, el bikini. El top del bikini tanto sirve para ocultar los pechos como para darles color, lo que provoca que a veces se puedan ver a mayor distancia.

Del mismo modo que el pudor en general, el pudor sexual lleva a ocultar, en este caso los valores sexuales a la observación de personas con las que no se comparte esa intimidad. El pudor sexual se va descubriendo a medida que las partes sexuales se constituyen en la conciencia de la persona como objeto de atracción y, en su fondo, de placer, y trata de evitar que el extraño pueda considerarlos así. Mientras no se da esta aparición en la conciencia del objeto sexual como atractivo, no aparece el pudor sexual. Luego el pudor, o el impudor, tiene más que ver con la persona que lo experimenta que con el objeto en sí mismo. El pudor tiene, por tanto, una dimensión subjetiva y cultural: depende de la persona y de la educación recibida. Depender de cada persona quiere decir que no reaccionamos igual ante los valores sexuales y nuestro modo de hacerlo constituye una parte importante de nuestro estilo personal. Depender del entorno cultural, quiere decir que depende de lo aprendido en cada cultura y en cada generación, basta pensar en los modos de vestir en 1900 y ahora, por ejemplo, para darse cuenta que la sensibilidad a lo sexual ha variado y muy radicalmente con el tiempo.

Por encima de las variaciones, marcadas por moda, tiempo, educación, situación (en la playa o en la iglesia, por poner dos ejemplos extremos) siempre hay esta realidad subyacente: la persona se resiste ante extraños a ser considerada un objeto de placer; o no se resiste, es decir quiere ser considerada un objeto de placer. Las partes sexuales del cuerpo vienen en este último caso puestas en evidencia y el acercamiento tiene componentes explícitamente sexuales.

De todos modos hay que advertir que lo dicho en el párrafo anterior son dos extremos: no ser considerado objeto de placer o ser considerado objeto de placer. La realidad está en el intermedio, la persona en su presentación modula cuanto quiere introducir en su presencia ante las demás personas los valores sexuales que ostenta. Hay personas que en su presencia incluyen de modo evidente y casi provocativo los valores sexuales, hay personas que los tapan de un modo casi total, hay personas en el medio de estos dos extremos. La realidad es también que los valores sexuales están ahí y aún en el hecho de ocultarlos hay también un mostrarlos.

12590532_s«Con el pudor el ser humano manifiesta casi ‘instintivamente’ la necesidad de la afirmación y de la aceptación de su ‘yo’ según su justo valor. Lo experimenta al mismo tiempo tanto dentro de sí mismo, como hacia el exterior, en frente al otro. Se puede por esto decir que el pudor es una experiencia compleja en el sentido de que, casi alejando un ser humano de otro, busca a la vez su acercamiento personal, creando una base y un nivel idóneo para este acercamiento» (Karol Wojtyla, Uomo e donna lo creo, 68).

Con el pudor sexual el homo sapiens regula la entrada en lo social, en el mundo de la relación, de los valores sexuales, de un modo que varía por personas y culturas. Como si lo sexual fuese una fuerza excesivamente fuerte en su conciencia para mostrarse sin más y necesita ser velada, medio ocultada o destacada. De este modo lo sexual es un lenguaje que ocupa un centro en las relaciones del homo sapiens, el valor que decide ocultar u ofrecer, aquello que de un modo instintivo está considerando como lo más importante por las personas en las relaciones que establece con los demás miembros de su especie.

Añadimos un elemento más. Se puede decir que lo significativo no es la desnudez sin más, sino el desnudarse en actitud de ofrecimiento. El cuerpo es siempre un lenguaje. Por esto no hay impudor, por ejemplo en desnudarse ante el médico: no hay ofrecimiento ninguno. Recuerdo algo que me contó un médico: un colega le llamó para que echase un vistazo a una paciente. Es algo común cuando hay dificultades de diagnóstico, pero en este caso mi amigo se extrañó, porque no parecía existir esa necesidad y más tarde interpeló al colega: ¿qué problema tenías? Este contestó: Problema ninguno, solo quería que valoraras!!! … y aquí se refirió a las partes sexuales de la mujer. Mi amigo se indignó ante la violación de la intimidad de una mujer que no había ofrecido nada.

Se puede pensar que el impudor es ofrecimiento y el pudor no-ofrecimiento. La realidad sin embargo es algo más profunda. El efecto del pudor, al velar los valores sexuales, es plantear las relaciones en un nivel más general. Es decir, el pudor  impide que lo primero ofrecido por el lenguaje corporal sea lo sexual. Limita el terreno del ofrecimiento de los valores sexuales y esa limitación posibilita que las relaciones consideren a la persona en su conjunto, con todos sus valores.

El lenguaje del pudor sexual es necesario para las relaciones sociales en general, y también en la relación de pareja, porque la persona en pareja también “necesita” ser aceptada en cuanto tal, es decir, en el nivel global de su vida y no solo en cuanto valor sexual. Desde este punto de vista, la relación de pareja es aquella en que pudor e impudor desaparecen: la persona con sus valores sexuales explícitos, la persona desnuda es la que establece la relación. Desde este punto de vista la relación de pareja, no solo una relación con contenido sexual, es la relación más profunda pues es la única que realmente comprende todos los ámbitos posibles de relación de la persona. Además es la relación que se establece superando todos los miedos, la que nos deja inermes ante los demás.

La ostentación de los valores sexuales podríamos decir que es una oferta de comunicación que apunta a lo sexual, de un modo prioritario. Sin embargo hay que tener en cuenta que las relaciones sexuales en cuanto tales no establecen la igualdad entre las personas. Esto es tan cierto que las relaciones sexuales se pueden establecer como relación económica: sexo por dinero. Quizá es el miedo a esta utilización económica de la persona la que nos lleva a velar la dimensión sexual en las relaciones sociales: nos da miedo su fuerza y su capacidad de establecerse como relaciones Yo-Ello, y no solo como relaciones Yo-tu, siguiendo la terminología de Martin Buber.

Como resumen, se puede decir, por tanto, que el sexo es ofrecimiento. Es muy importante darse cuenta de esto, porque entonces es un lenguaje. El gesto externo que ofrece la sexualidad puede significar dos cosas diferentes: abrirse a la otra persona para darle la propia intimidad, es decir, crear la relación personal más profunda que hay u ofrecerle solo valores sexuales, solo sexo. Es decir, el lenguaje de la sexualidad se sitúa a dos niveles: a compartir intimidad, la intimidad personal de dos personas, o a compartir sexo. Esto se ve claramente en la pirámide de las necesidades de A. Maslow, el sexo se puede considerar una necesidad básica similar a comer, beber, dormir o respirar o se considera una necesidad que se encuentra en el nivel de pertenencia: la que establece las relaciones de pertenencia más básicas: el padre, la madre, los hermanos, la familia. Esta es la ambigüedad permanente del sexo,  o mejor su doble posibilidad, que se encuentra continuamente presente en la conciencia de las personas.

Hombre, mujer, pudor y sexualidad

Para seguir nuestra exposición sobre el pudor y su relación con la sexualidad es preciso 8215531_shacer alguna aclaración sobre el diferente comportamiento del hombre y la mujer frente a los valores sexuales. Hablamos aquí en general, con referencias sociológicas. Hay que tener en cuenta que, dado lo que hemos visto sobre la persona, las variaciones individuales son muchas.

Como aclaración, es preciso hacer notar que, al hablar de hombre y mujer, sólo se pueden hacer valoraciones sociológicas, ya que ambos poseen paralelos dinamismos constitutivos: instintivo, psicológico y espiritual y las distinciones solo se comprueban estadísticamente. En los dos sexos se dan todos los casos posibles, por ello, para ver las diferencias, lo que se trata de saber es en qué proporción una determinada conducta es realizada por hombres o por mujeres. Por esto, se habla en general y se hacen alusiones a los datos sociológicos, por ejemplo, al afirmar que la pornografía se dirige más al varón no se quiere decir que la mujer no sea influida por ella, sino que lo es menor medida.

Desde el otro lado no constatar que los hechos son sociológicamente diferentes, sería negarse a ver diferencias evidentes. En nuestro modo de ver hombres y mujeres son iguales en su dignidad como personas y en sus derechos, las diferencias se mueven a otros niveles, lo mismo que las diferencias entre las personas en general. Por ello hablar aquí de diferencias no implica una posición que busque una desigualdad, sino exactamente lo contrario: respetar lo que cada uno es.

Además hay que tener en cuenta que, en algunos, o quizá en todos, los temas que se abordan aquí, es difícil saber en qué medida la conducta observada es resultado de la educación y la cultura y en qué medida se enraíza en lo innato de la persona humana, aún a sabiendas de esta dificultad hemos preferido abordarlo por parecernos temas centrales para la antropología.

Partimos de la división que ya hemos establecido de la persona en tres esferas: biológica, psicológica y racional. Cada esfera origina un dinamismo o forma tendencial que denominamos: instintivo, afectivo y racional. Trabajando ahora con los dos primeros niveles, los directamente implicados en la sexualidad, podemos ver que si en una persona la afectividad supera a la sensualidad, esto hará que sea más sensible a la masculinidad/feminidad psíquica que a la física, es decir, será más sensible a los afectos y por ellos a los valores de pertenencia y relación social de la persona. La característica de la afectividad es que valora lo que se llama personalidad, que es lo que se descubre en la relación social de la persona en cuanto tal.

Se suele afirmar que esta es una característica femenina, si fuese así para la mujer, hablando de un modo sociológico, tendría más peso en la relación sexual la psicología, los afectos y sentimientos, la personalidad y las características sociales, de la persona, además, claro está de los valores sexuales en sí mismos. Esto la haría más sensible a los valores personales en su conjunto y que no se centrarse de un modo exclusivo en los valores sexuales, que también necesite percibir la persona en sus valores afectivos y de relación.

15870774_sEn el caso del predominio de la sensualidad sobre la afectividad, se produciría una reacción más rápida ante los valores sexuales del cuerpo. La reacción de la sensualidad no es global hacia la persona, sino que se dirige hacia partes del cuerpo de la persona, precisamente aquellas que despiertan la excitabilidad sexual del sujeto en concreto. Una persona con esta característica pasa desde la sexualidad a la afectividad, es decir, primero siente la atracción sexual y posteriormente valora la personalidad de la persona por la que se siente atraído. Se suele decir que este es el camino del hombre, del varón, aunque hay que matizar también, igual que en el caso de la mujer, que no es así en todos los casos, ni tampoco en todas las ocasiones, ya que, al igual que la mujer posee los dos dinamismos o tendencias.

Considerando así el diferente peso de los dos dinamismos en el hombre y en la mujer, ¿cómo son las relaciones hombre – mujer? Por parte del hombre, este no debe temer la sensualidad de la mujer, como esta teme la del hombre. Este análisis desde el miedo (temor) no es habitualmente realizado, pero resulta evidente la presencia de ese temor a una sexualidad masculina no controlada mientras que ese mismo temor no existe hacia una sexualidad femenina desbocada. Esto plantea ya una diferencia fenomenológica evidente en el comportamiento de ambos sexos. Hay que tener en cuenta que sentir temor está reñido con el disfrute, infundir temor no. Por ello la buena relación se considera la que excluye el miedo. Este hecho del diferente posicionamiento con respecto al temor establece diferencias en la forma de vivir la sexualidad, de enfocarla, de acercarse a ella. Hoy hay un fuerte impulso cultural que está cambiando los roles, que podríamos llamar activo y pasivo, en la relación sexual, a pesar de eso la afirmación de esta diferencia emocional sigue en pie: el temor básicamente se produce en una sola dirección.

Hay algunos hechos que constatan esta diferencia, por ejemplo, se puede afirmar que los hombres buscan la pornografía más que las mujeres. Lo que podría llevar a pensar, desarrollando la idea de que posee mayor peso la sensualidad con respecto a la sensualidad, que también en los hombres tienen mayor peso el sexo como necesidad, que como pertenencia, elemento que se abre paso con posterioridad en su conciencia. Es decir primero sienten la atracción, la necesidad, y posteriormente se van sintiendo vinculados a la otra persona. Es otro elemento fenomenológico que indica el mayor peso de la esfera instintiva sobre la afectiva.

Otra constación es que el hombre percibe de forma aguda en su interior la propia sensualidad, la propia instintividad, es decir, el sentirse atraído y dirigirse (y por tanto ligado-atrapado) por los valores sexuales. Esto hace que el hombre posea un pudor fuerte, que podemos llamar primario, sobre las partes del cuerpo ligadas al sexo y que pueden ser vistas como objeto de placer. De modo que el hombre tiende menos a mostrar la propia sexualidad en su relación sexual, porque siente en sí mismo, agudamente, que mostrarla tiene una fuerza sexual explícita y también le hace descubrirla en la otra/el otro rápidamente.

Una nueva constatación de lo que venimos diciendo, es que la mirada del hombre es clave para su modo de vivir la sexualidad y todos los fenómenos de la vista adquieren importancia predominante para él. Esto tiene una conexión con la percepción de la propia sensualidad: la mirada le permite ver al otro como objeto de placer a la vez que se resguarda a sí mismo. El hombre tiene una mayor postura de observador de la sexualidad que aparece, mientras esconde la propia.

Por parte de la mujer el pudor del cuerpo es más secundario, y por ello se puede permitir jugar con él. Para ella ser vista se convierte en elemento clave del lenguaje. En ese ser mirada tanto descubre una agresión como una valoración de la propia sexualidad (y detrás de esta una valoración de la propia persona). En este proceso la posición complementaria de la mirada del hombre (comérsela con los ojos) es clave. Su acercamiento pone de nuevo el énfasis en elementos afectivos y los valores sexuales son complementos de estos. Es decir, la mujer descubre la fuerza de la “mirada”, cuando la ve reflejada sobre su cuerpo. De este modo para la mujer la sensualidad tiene un elemento de aprendizaje, («todos los hombres buscan lo mismo»).

Una deducción sería la evidencia de que las diferencias entre hombre y mujer respecto al pudor y, por tanto, en la presentación de los valores sexuales, establece un dialogo entre los dos sexos que marca profundamente las relaciones entre hombres y mujeres. Este diálogo es importante porque se entrecruza cada día en todas las actividades. Las personas son subjetivamente conscientes de su existencia, pero, sin embargo, no suele ser tan conscientes a nivel de reflexión. De ese diálogo resulta la imagen de la mujer y la del hombre que se instalan en la cultura a sus diversos niveles, desde la familia, hasta la universal. Esas imágenes y los valores que conllevan, modelan profundamente toda la vida social, hasta poder decir que ponen su sello a cada época histórica; baste pensar en el ideal caballeresco de mujer del final del medioevo, o el del renacimiento, o el del romanticismo. Los modelos sociales tienen una influencia en toda esta materia, que es difícil exagerar. Desde ellos se determinan a nivel práctico los grandes conceptos: dignidad de la persona, significado de la sexualidad, valor del placer, modo de considerar y de tratar al otro marcado por la diferencia sexual, etc.

El pudor, la sexualidad y la identidad personal

Vamos a realizar un análisis fenomenológico del pudor. Emocionalmente estamos en el terreno de la vergüenza, que pertenece a la familia del miedo. La vergüenza es un miedo sobre uno mismo, miedo porque nos sentimos expuestos, o también porque nos sentimos inadecuados para la situación. La vergüenza es muy general y en su familia  emocional se encuentran tanto la timidez como el pudor. La timidez, en la acepción común de la palabra, contiene elementos negativos para el desarrollo personal, como una excesiva sensibilidad que lleva al retraimiento en acciones que realmente podríamos realizar y, por ello, nos limita. Desde el punto de vista psicológico, la timidez sería un patrón emocional, donde se encuentran vinculados de forma rígida: situación-emoción (vergüenza)-conducta (retraimiento). Patrón del que es difícil desprenderse.

El pudor, por su parte, se refiere a los valores personales en general y consiste en esa emoción que nos lleva a ser prudentes en su manifestación a otros. Es decir no contamos ni exponemos las cosas personales e íntimas a no ser a determinadas personas en las que confiamos. El pudor sería sencillamente la emoción que detecta que se está pasando la frontera de lo que consideramos (emocionalmente) nuestra intimidad. Es el avisador, el guardia emocional de nuestra frontera personal.

Por lo tanto tener pudor significa una valoración de nuestra intimidad con respecto a su exposición social que nos lleva a decidir cuándo manifestarla y cuándo no. Desde este punto de vista es una emoción eminentemente positiva en su custodia de la intimidad. También lo es con referencia a la valoración que la persona hace de si misma. Valorar la propia intimidad y valorar la persona se identifican.

El pudor tiene mucho que ver con las barreras sociales, algo que tiene un fuerte aprendizaje 17927193_sdesde muy pequeños: no hablar con extraños, no comunicar ciertas cosas, qué hay que comunicar y qué no, no mirar directamente a los ojos a desconocidos, etc. De este modo la parte más importante de la socialización viene regulada por el pudor y sometida a un aprendizaje que la fija fuertemente en la conducta. Desinhibirse, saltarse esas barreras es algo que solo nos permitimos, y permitimos a los demás, en determinadas situaciones. Este aspecto del pudor tiene una fuerte  importancia para el desarrollo personal.

El pudor no se refiere sólo a los valores sexuales, a la intimidad sexual, pero es evidente que esta tiene una importancia grande en el terreno del pudor, tanto que a veces sólo se considera como un valor ligado a los valores sexuales. Para nosotros, el hecho de que el pudor se encuentre  ligado a los valores sexuales implica que, en la jerarquía personal de valores, la sexualidad es central, en realidad lo más importante si tenemos en cuenta que es lo primero que protegemos y que cuidamos mucho cuando los ofrecemos. Evidentemente esta jerarquía se aplica principalmente a nivel instintivo y emocional (los dos primeros niveles de la persona de que hemos hablado), por lo tanto, muchas veces de modo subconsciente.

Por ejemplo, desde el punto de vista del lenguaje corporal resulta claro que nuestra preocupación primera desde el punto de vista instintivo es: o no ofrecer lo sexual o ser muy conscientes de cuando realizamos esa oferta. El pudor es clave precisamente porque regula la intervención en las relaciones de este punto central para la persona, y la misma ambigüedad que tiene el pudor que se refiere tanto a la intimidad como a la intimidad sexual, lo tiene la concepción de la intimidad, que encuentra en su centro con la intimidad sexual como su elemento más importante desde el punto de vista de la percepción del sujeto, entendiendo esta en su sentido global, es decir la que resulta de los 3 niveles personales: instintivo, emocional y racional.

De la relación entre pudor y sexualidad habla el hecho de que el pudor irrumpe con fuerza en la adolescencia junto con la aparición de los valores sexuales. El niño no tiene tanta conciencia de la propia intimidad y, por ejemplo, sus juguetes tanto los deja en su habitación, como en cualquier lugar de la casa, no tiene una referencia a un lugar propio diferenciado del de sus padres, enseñarle ese lugar se convierte en tarea educativa. También considera suya cualquier cosa que pertenezca al hogar familiar. Por el contrario en la adolescencia esta idea de intimidad surge con fuerza y la adolescente grita que quiere una habitación para ella sola donde no entre nadie más. Surge agudamente la conciencia de que hay cosas que no queremos mostrar y que restringimos a determinadas personas.

16717303_sNuestras posturas corporales se relacionan siempre, aunque normalmente de modo no consciente, con el pudor, pues tendemos a proteger la parte de nuestro cuerpo que más sentimos expuesta desde el punto de vista de la intimidad, que es precisamente la parte inferior del tronco, la directamente relacionada con la sexualidad. Esa es una parte capital de nuestra comunicación corporal. Si por el contrario estamos en situación de apertura hacia una persona, sencillamente de apertura, no necesariamente de apertura sexual, tendemos a ofrecer, por ejemplo, la cara interior de la pierna como signo de esa apertura. Es decir nos giramos hacia aquel o aquella hacia quien estamos abiertos. Es muy interesante fijarse en todos estos movimientos que tienen que ver con el lenguaje corporal y relacionarlos con el tema del pudor que estamos exponiendo. Su sencilla observación pone de relieve la centralidad de la sexualidad en nuestro lenguaje corporal, mientras que nos permitimos muchas menos concesiones en este sentido en el lenguaje verbal, o mejor las concesiones en el lenguaje verbal están muy reguladas por la educación social y el consciente.

Las posturas corporales también están reguladas por la educación referente a la expresión social de la sexualidad, especialmente para las mujeres, que reciben toda una educación, que se torna inconsciente con el aprendizaje, de cómo poner las piernas, por ejemplo, al sentarse. La revolución sexual de los años 60 del siglo XX ha incidido fuertemente en estos aspectos, permitiendo verdaderamente un cambio y un nuevo papel de la mujer en la sociedad, hasta ese momento fuertemente limitado.

Somos un cuerpo

Lo mismo que hemos hablado en la entrada anterior de que tenemos un cuerpo, también es galo morentefactible pensar que somos un cuerpo. El cuerpo es una parte nuestra que no podemos eliminar, ya que eliminar el cuerpo es eliminarnos a nosotros, y además hay una conjunción estrechísima, bueno en realidad ni siquiera estrechísima, porque no admite distancia alguna entre nosotros y nuestro cuerpo. Este va a ser el primer punto a aclarar: no hay distancia con el cuerpo.

Voy a apoyarme en esa idea tan común de que la persona humana es alma y cuerpo para explicar su unidad. Lo fundamental es darse cuenta de que se trata de una unidad, dos aspectos de lo mismo: una sola persona. El cuerpo sin el alma no es una persona, es un cadáver, y ante un cadáver, enseguida percibimos el hecho de que ya no está vivo. La idea de alma surge precisamente de esa distinción entre cuerpo y cadáver, tan evidente a la percepción. Esa distinción ha llevado a pensar que hay un algo, el alma, que sumado al cuerpo (cadáver) da la persona viva. Pero hay que entenderlo bien: ese “algo”, a lo que se llama alma no es una cosa, no es un algo, sencillamente es el cuerpo «vivo» (utilizo para esto algunas ideas de un autor netamente dentro de la ortodoxia católica: Carlo Caffarra, Etica generale della sessualitá, Milano (1991) p.13). Es decir, el alma no es un algo, no es una cosa, no tiene lugar, no ocupa espacio, no es por tanto experimentable, es la diferencia entre un cadáver y un cuerpo vivo.

Desde este punto de vista no hay distinción entre persona y cuerpo: el cuerpo es la persona, algo que la integra y sin él no hay persona. Esto lo vemos por ejemplo en que no hay una distinción entre querer sonreír y sonreír. El cuerpo no es un instrumento del alma que quiere sonreír. No hay una distancia objetiva del cuerpo con respecto a la persona, como la hay respecto a los objetos exteriores. La sonrisa es algo natural, según quiero sonreír, sonrió. Cuántas veces no habremos hecho sonreír a alguien y nos hemos quedado tranquilos: la situación se ha desdramatizado. El brotar de la alegría expresa en sí que la persona misma está alegre: no es su cuerpo el que está alegre, es él mismo y todo él, no una parte suya. Podemos concluir que el cuerpo expresa la persona, es la persona misma en su visibilidad. Esto es lo que traducía la expresión tradicional: «el rostro es el espejo del alma». La sonrisa, por ejemplo, saca fuera la persona, tanto que se podría decir: «vales tanto como tu sonrisa». También la mirada «dice» muchísimas cosas. En la mirada tenemos un acceso a la intimidad del otro. «Me ha pillado» pensamos cuando alguien nos ve un gesto y en sus ojos leemos que nos ha comprendido… o interpretado, juzgado, recriminado: el lenguaje de los ojos es inmenso.

dianaNos comunicamos justamente porque somos un cuerpo,al menos lo que conocemos como comunicación (bastantes de las ideas de este párrafo las he recogido de Eduardo Terrasa, cf. por ejemplo: El viaje hacia la propia identidad, 2005, Ed. Eunsa). Sin cuerpo no habría comunicación entre intimidades distintas, nuestra intimidad estaría cerrada, sin ventanas. Por eso tenemos que ver cómo nos presentamos cuando  llega una visita inesperada o sencillamente salimos a la calle, no digamos en una ocasión especial. El cuerpo es un libro abierto, un lenguaje que todos reconocemos; está lleno de ventanas, de posibilidades de expresión, de gestos que dicen más que mil palabras. Por eso las ‘mentiras’ corporales tienen una gravedad especial; cuando vemos a alguien llorar -el llanto es una irrupción de una intimidad que sufre, al exterior de una manera natural, indefensa, inevitable‑ nos mueve a compasión, creemos que es auténtico ‑no así, a veces, las simples palabras‑, y sí luego comprobamos que era una ‘actuación’, nos sentimos profundamente engañados. Lo mismo con una sonrisa que parece sincera, una caricia, etc. Y el que miente así es especialmente mentiroso. La mentira más grande que se puede infligir a una persona que ama, el engaño por excelencia, es la entrega del propio cuerpo a un tercero. Tanto es así que es justamente al que ha que ha sufrido la infidelidad, al que le es muy difícil volver a poner la confianza. Esto es así porque esa es la confianza básica, la que se enraíza en la dimensión biológica. Y en este caso lo que cuenta no son las palabras, sino los hechos.

Esa capacidad expresiva del cuerpo, con la promesa de plenitud que encierra, es claro que no procede de la materialidad del cuerpo, ahí todos los cuerpos se parecen; sino que responde a una intimidad, mejor al conjunto global de lo que es la persona.

José Ferrer en Cyrano de Bergerac (1950)Tenemos el ejemplo de Cyrano de Bergerac (Edmund Rostand), que nos explica la ligazón y también la diferencia alma‑cuerpo en el amor. Cyrano experimenta el trauma de pensar que su cuerpo, su rostro no trasluce su alma. Su nariz es una losa que su intimidad no digiere. No vive integrado con su propio cuerpo. Hay una contradicción intimidad‑rostro: es un poeta, espadachín, generoso… y sobre todo es un enamorado, tiene un gran amor; pero tiene miedo a ser rechazado por su apariencia. El amor necesita esa integración de la persona, por eso sus problemas se traslucen precisamente en el amor. Cyrano no es capaz de descubrirse ante su amor, pero ella se ha enamorado del alma de Cyrano, de la poesía, de la pasión que Cyrano pone en las cartas y frases que el novio y después marido de ella le ha ido diciendo al dictado de Cyrano. Tanto se ha enamorado de lo que piensa es el amor de su marido, que, cuando él muere, no se quiere volver a casar. Al final descubre que era Cyrano.

Esta unidad persona-cuerpo se ve también en las personas que carecen de algún sentido: vista, oído,… ya que tienen que esforzarse fuertemente y trabajar mucho para suplir esa carencia de su cuerpo, para que no afecte a su capacidad cognitiva, a su capacidad de relación con los demás, etc. Este esfuerzo, como el que sucede con otras discapacidades corporales, puede acabar supliendo la carencia, lo que dice mucho de lo que significa ser persona, pero tampoco nos podemos situar en que todos somos persona y desvalorar de algún modo todo el trabajo que estas personas hacen para suplir las carencias de su cuerpo y desarrollar todas sus capacidades. El correcto equilibrio entre cuerpo y persona, somos cuerpo y somos persona, lleva a valorar en su justa medida el camino de muchas personas para superar carencias o disfunciones corporales.

El ser humano y su conducta… y el error

El hombre no es su propia conducta, lo hemos visto en una 0031-0214_loewe_ein_pferd_reissendafirmación de Marx: «el animal es su propia conducta» El pulpo es siempre un pulpo y la rosa es una rosa. Si se mira con atención este es un punto clave de lo que llamamos dignidad del hombre. Punto que aparece de forma aguda en la conciencia de todas las personas. Pueden cometer un error, pero también pueden distanciarse del error y rectificar. Provoca un agudo dolor y un fuerte sentimiento de rechazo el hecho de ser identificados con el propio error: se tiene la conciencia de que esa persona no nos valora. Para poder establecer relaciones de confianza hay aceptar que la persona no es nunca solo su propia conducta. Aceptar una persona, la aceptación incondicional que Carl Rogers pone en la base de una relación que pueda ser sanante o terapeútica, consiste precisamente en aceptar este punto.

Que yo y conducta se distinguen se refiere, por tanto, a las situaciones en que el yo no se identifica con la conducta, es decir el yo otorga la posibilidad del error y por tanto de variar de conducta. La persona no se identifica con sus errores, con aquellas conductas en las que no se reconoce, pero si con aquellas de las que se siente orgulloso y que reconoce como suyas.

Sin embargo desprenderse de los errores, sobre todo cuando son repetidos y forman ya pautas de conducta, son difíciles de quitar, si tenemos en cuenta que también nos construimos con nuestras conductas. Es decir eliminar errores, conductas en las que no nos reconocemos puede ser una tarea muy ardua, precisamente porque nos han construido.

La «libertad para» es precisamente la capacidad de elegir y decidir qué ha sido un error, qué no queremos volver a hacer y qué cosas nos parecen constructivas y útiles para nuestra vida y con las que si nos identificamos. Esto puede significar un arduo camino para salir de conductas que consideramos errores con las que no nos identificamos.

1830_delacroix_libertyDesde este punto de vista somos libres si nuestra conducta es elegida, si estamos orgullosos y nos identificamos con ella. Representa un fuerte problema para una persona no encontrar nada valioso en lo que hace, no encontrar sentido a la propia conducta. En este caso la persona se va a vivenciar como no realizada, como sin sentido en la existencia.

La cultura: «libertad para»

En la oposición entre yo y conducta se toma conciencia del yo, de rockwell_mirrorquien soy yo. Así  aparece el yo. Al separarse de la conducta el yo queda, por así decir, libre, y la persona toma conciencia de quién es. Con esta libertad la persona toma conciencia de sí misma como un ser diferente, irrepetible. Frente a la conducta y a través del autodominio se compacta el yo de la persona. Un punto increíble en el hombre es que debe decidir quién es, y que decidiendo su comportamiento, al final termina decidiendo quién es él, qué sentido tiene su vida y qué debe hacer con ella.

Esta dimensión de la libertad que aparece es lo que se llama «libertad para», la libertad de decidir, la libertad que posibilita hacer un proyecto personal de vida. Nos enfrentamos entonces con la libertad en tanto que apertura de posibilidades. Estas posibilidades nacen con la conceptualización y se plasman en la cultura: (la rama, trampa, lanza, flecha, etc., que veíamos en nuestro ejemplo de la caza y los perros). La cultura se convierte así en el campo que abre posibilida­des para la libertad del hombre (individual o socialmente considerado). Es decir, la ampliación de la cultura es ampliación de posibilidades y por ello la adquisición de cultura un desafío para la libertad del hombre. La educación es intrínseca al ser humano.

Seguimos diciendo que se nace siempre en el seno de una cultura: una familia, una ciudad, un pueblo o nación. Ahí es donde se aprenden los conceptos, los comportamientos, las valoraciones. Esa cultura de origen es el punto de comparación básico, original, desde dónde se mide y se compara todo: valores, comportamientos, etc. En ella y desde ella cada persona debe construir una conducta original, propia, construida necesariamente sobre lo recibido, pero también verdaderamente personal y creativa.

Para entender mejor este segundo aspecto de la libertad, la libertad que busca definir la propia vida, hay que darse cuenta de que la vida es un proceso, es tiempo. El tiempo influye en el ser del hombre, tanto que el hombre se realiza con su actividad: no sólo hago algo, sino que la acción hecha repercute en mí. Pongamos un ejemplo sobre la influencia del tiempo. El record de permanencia de un cosmonauta en el espacio, lo tiene actualmente. El cosmonauta soviético, Valeri Polyakov, que batió el record de permanencia en el espacio en el año 1995, cuando volvió a la tierra no podía ni caminar: estaba reducido a los huesos, todo su organismo modificado por la prolongada exposición a una situación de no gravedad. Conclusión: si dejamos de andar por un tiempo, al final ni siquiera andamos. Sacamos la idea de que la definición de la vida de Aristóteles como movimiento es muy precisa y que moverse es una necesidad básica, estamos hechos para movernos y para la acción. Desde este punto de vista también podemos decir y entender mejor que la persona se realiza en la acción, construye su vida con la acción, con su actividad.

Para ver cómo la acción repercute sobre la persona que la realiza, es preciso darse cuenta de que hay decisiones que influyen especialmente en la vida. Por ejemplo, la decisión de escoger una carrera. Puedo escoger, pongamos por caso, ingeniero, médico, abogado, filósofo o simplemente nada (hacer el vago). Cada una de las decisiones, no solamente es una decisión que cierra otras posibilidades (escoger significa siempre optar) sino que tienen efectos diferentes en mí. Es obvio que no es lo mismo ser ingeniero, que médico, etc. En castellano (que distingue ser y estar) decimos además «soy» médico, ingeniero, etc.; con eso se quiere decir que esos estudios son ya algo de algún modo incorporado a la vida; al menos, un modo de enfocarla, un prisma que nos hace descubrir ciertas cosas y pasar por alto otras: no ve igual la vida un filósofo que un técnico. Y el que no hace nada, el que no estudia nada, a su modo hace algo, de hecho ha elegido: ha elegido no hacer nada… y también esta elección se incorpora a su vida: es un vago.

Rockwell 3Llegamos a la conclusión de que en cada momento de su existencia el hombre debe actuar y, para ello, debe escoger, está obligado, y el no escoger, es también una elección. Sartre tenía razón al decir que el hombre está condenado a ser libre. El hombre se encuentra, por tanto, en la necesidad de elegir y esas elecciones constituyen su existencia, por tanto elegir es también elegirse. En la elección el hombre «se la juega».

La «libertad para» es la que se fija objetivos, la que proyecta el futuro. La libertad es, también desde este segundo punto de vista, una conquista, una conquista que se inicia y se apoya en la propia decisión. Podemos afirmar que la libertad del hombre afecta a su propia vida, es más, decide su propia vida. Tenemos que afirmar, por tanto, que cada persona debe actuar por sí misma, debe tener una actividad que responda a una vida propia, y que construir la propia vida es una tarea que no cesa.

Fijar objetivos es algo esencial al hombre, algo que va a definirlo como la persona que es, que le va a construir. Por esto el coaching es algo que conecta con una esencia del ser humano: ponerse un objetivo y desarrollarse con él. Esto es el objetivo del coaching y eso es en realidad la «libertad para». Esto también dice que la educación, el desarrollo de cualquier persona pasa por que se proponga objetivos y trabaje para lograrlos. Sin este desarrollo personal no hay en realidad educación. Sin objetivos que sean de verdad de la persona, tampoco.

Hemos llegado, desde la diferencia hombre – animal, a la consideración de la libertad y desde ésta a la aparición de la conciencia de un yo. Ese yo es la persona. Ahora añadimos que ese yo debe decidir su vida, que de algún modo «se la juega». Que se la juega significa si logrará tener una vida propia o no.

«Libertad desde» … y autodominio

La noción de autodominio es indispensable a la libertad, especialmente a la «libertad desde». El autodominio es la capacidad de establecer mecanismos que hagan que  los impulsos afloren a la conciencia, de modo que se introduzca el espacio de la reflexión. Un esfuerzo permanente por conocerse mejor, aceptarse, e integrar todos los niveles de la persona. De tal modo que llegue a ser ese yo integrado el que domina en la conducta. Todos los impulsos, tendencias, condicionamientos, etc., de la interioridad del hombre/mujer existen. La libertad es una luz en la cima de todos ellos. Para que aparezca esa luz el hombre debe hacer esa conquista que se llama autodominio: debe separar impulso y respuesta, debe meter un espacio que le permita elegir.bacchus

La noción de autodominio que se defiende aquí no es la que se basa en el dominio de los impulsos, noción ampliamente difundida en la historia, especialmente desde los ambientes culturales cristianos y que en el fondo piensa que los impulsos son malos, contrarios a la dignidad del hombre. Desde ese punto de vista, la razón, la reflexión es vista como opuesta y contraria a los impulsos. Esta noción establece una encarnizada lucha a muerte entre las diversas instancias del hombre, especialmente las denominadas razón e impulsos.

Caravaggio2La noción de autodominio que se defiende aquí es una noción que busca integrar lo que hemos denominado los tres niveles del hombre: biológico, psicológico y racional. En vez de conflicto, se busca una síntesis, síntesis que se encuentra en los sentimientos, que constituyen la elaboración interna de la vivencia del ser humano. En el lenguaje común se trataría de una síntesis que se realiza en el corazón. Educar los sentimientos se convertiría en su clave.

El rasgo de la plasticidad completa la idea del autodominio, porque la persona debe conformarse según una cierta forma que no está decidida por la biología. El autodominio debe trabajar para definirnos como persona, algo que sería imposible sin la plasticidad. Se trata aquí de los hábitos y costumbres que el ser humano va a adquirir y conformarán su conducta, de los rasgos de carácter que debe educar, etc., hasta por ejemplo al body building, este puede existir y es una señal precisamente de esta plasticidad del hombre: puedo cultivar mi cuerpo en una cierta manera que decido yo. El hombre/mujer, cada persona en particular, no es un ser decidido, sino un ser por decidirse, que necesita la decisión para llegar a ser quien es.