Las diferencias entre el comportamiento humano y el animal

3398032_sAcabamos de afirmar en la entrada anterior que el hombre es un animal. Sin embargo las diferencias entre el comportamiento humano y el animal son también tantas que negarlas es también negar la evidencia: ningún animal hace rascacie­los, ni aviones, ni televisores, ni se mata entre sí de modo sistemático, ni hace guerras, etc. etc. como lo hace el hombre.

Si estos dos puntos: la similitud y la diferencia se tienen por asentados no extrañará que en un comportamiento concreto -el sexual- también se puedan encontrar similitudes y diferencias. Las similitudes son innegables, las diferen­cias también. Una idea de dónde surgen las diferencias en el terreno sexual nos la plantea Ortega: «Ya dijo Beaumarchais: ‘beber sin sed y amar en todo tiempo es lo único que diferencia al hombre del animal’. Esta bien, pero ¿que es preciso añadir al animal “amante” una (o dos) vez al año, para hacer de él una criatura que “ama” las cuatro estaciones? Aún quedándonos en el piso bajo de la sexualidad ¿cómo es posible que del animal, tan indolente en el amor, proceda el hombre, que se manifiesta en la materia tan superlativamente laborioso? Pronto caemos en la cuenta de que en el hombre prácticamente no existe, hablando en rigor, el instinto sexual, sino que se da casi siempre indisolublemente articulado, por lo menos con la fantasía (…) la lujuria no es un instinto, sino una creación específicamente humana -como la literatura-. En ambas el factor más importante es la imaginación».

Es decir el hombre ‘biológicamente’ es humano. Su nota distintiva, según todos los estudios actuales es la inespecificidad. Ya muchos antropólogos han notado que «el hombre es un mamífero prematuro. Gehlen destaca la dramática dificultad de la cría humana para poner a punto su aparato cinético. A los animales les bastan pocas horas o pocos días para hacerse con una escala de movimientos que, una vez montado, queda cerrada; al hombre en cambio esa tarea cuesta años. La razón está en la especialización del aparato motriz animal y en la no especializa­ción del propio hombre. Como contrapartida a esta no especialización, el hombre conseguirá una plasticidad de movimientos incomparablemente mayor que el animal» (A. Domingo Moratalla, El personalismo, 50).

La plasticidad se convierte en una caracter9153280_sística de lo humano y no se limita a la movilidad, de tal manera que, por ejemplo, un niño criado entre perros (no se puede decir “en un ambiente de perros”, porque propiamente los perros no crean en torno a sí un ambiente y la expresión de hecho pasa a significar otra cosa) se comporta como un perro, mientras que un perro criado en un ambiente de niños se sigue comportando como un perro, no pasa a comportarse como un niño. Esto es lo que la psicología moderna ha descubierto y que ha popularizado el film de Truffau sobre un niño salvaje encontrado el siglo pasado en un bosque de Francia. La plasticidad es tan importante que el niño necesita un ambiente humano para humanizarse y entre animales se animaliza. Fernando Savater lo expresa del siguiente modo: «La humanidad plena no es simplemente algo biológico, una determinación genéticamente programada como la que hace alcachofas a las alcachofas y pulpos a los pulpos». Esto lo hace para indicar que, en frase de Graham Greene: «ser humano es también un deber».

El hombre es un animal

Es ya un punto adquirido en la cultura y en la mentalidad común que el hombre no es 5919292_salgo diverso de los demás seres vivientes del planeta. Su organismo puede ser perfectamente clasificado entre los demás organismos biológicos: está claramente emparentado con los organismos animales, especialmente los mamíferos y entre estos los primates, hay una sustancial coincidencia en órganos (huesos, sistema circulatorio, etc.), tejidos, procesos fisiológicos, etc. Las coincidencias son tantísimas que negarlo hoy es negar una evidencia. Voy a hacer una defensa para los pensadores del pasado: para Aristóteles ya claramente el hombre es un animal y lo define como animal racional, razonar según Aristóteles es lo específico del hombre, pero siempre dentro de los animales.

Por ejemplo en la cultura existe la idea de que el hombre, en el fondo es un animal, simplemente recubierto por una capa de educación, y cuando se rasca un poco el animal aparece y este, con sus instintos salvajes, es imparable. Esta es la idea tan bellamente descrita por William Golding en «El Señor de las moscas»: un grupo de niños ingleses, de un colegio donde reciben buena educación, caen en una isla salvaje, sin ningún adulto entre ellos. Los niños comienzan a tratar de organizarse, pero enseguida aparecen bandas, y el conjunto va degenerando lentamente hasta el salvajismo más atroz: en una guerra por la comida (un cerdo) uno de los niños es asesinado por la banda contraria. Es muy significativo que muy pronto, los niños comienzan a pintarse la cara: es el tradicional modo en que los hombres se preparan para la guerra: el rostro es el símbolo más fuerte de lo humano, es necesario ocultarlo para ejecutar las acciones inhumanas, inciviles, para las acciones salvajes, para las acciones que tienden a la eliminación de la vida.

Sin embargo la idea de Golding identifica animal con la selva, con lo no civilizado, con la violencia, con la ausencia de reglas, con la ley del más fuerte, algo que se aleja de la realidad de lo que es el mundo animal y su sistema ecológico de funcionamiento. Más bien pone de relieve la mentalidad de los que pretenden separar hombres y animales como si no tuviesen puntos de contacto. Es para el hombre para quien haberse separado de la selva ha supuesto un salto, en civilización y en cultura. Y también en considerarse diferente a los animales… Y esto es lo que no es cierto.

El hombre, por muy civilizado o no, sigue siendo un animal, en concreto un mamífero, por lo que tiene en común con los mamíferos un sistema emocional. La paleontología ha comprobado esto de un modo ya difícilmente discutible.

Los seres vivos. Instinto y habitat

1. Reino vegetal

16326575_sEn principio los seres vivos sólo captan lo que les interesa en función de sus necesidades. Un árbol por ejemplo sólo genera sensibilidad a la luz, al agua, a la temperatura, al tipo de suelo… y según esos datos organiza su respuesta. De la eficacia de esa respuesta depende su supervivencia y sus posibilidades de propagación. Las respuestas son, digamos, “automáticas”; según los datos de la sensibilidad el organismo tiene ya, digamos, “programadas” sus respuestas, su estrategia para subvenir a sus necesidades. Aristóteles centra esta idea diciendo que las plantas tienen alma vegetativa.

2. Reino animal

Ciñéndonos a los animales, aunque la observación es general, es evidente que en lo que estamos diciendo influye poderosamente en el cuerpo del animal. Hay una correlación estrecha, mejor indisoluble, entre cuerpo del animal y estrategias de respuesta y supervivencia. El cuerpo lo lleva en si todo, lo determina todo: el modo de subvenir a la alimentación (carnívoro, herbívoro,…), a la defensa, a la procreación, al cuidado o no de las crías, etc.

Cada ser vivo tiene por tanto una estrategia diversa y por ello un modo diferente de llenar oso polarsus necesidades. Por ello cada organismo biológico puede colonizar un terreno, puede vivir en una zona determinada. Esa zona es lo que se denomina hábitat. Se puede decir así que cada ser vivo, dadas su características que combinan sensibilidad, necesidades y respuestas coloniza (o está en condiciones de colonizar) un determinado hábitat.

El hábitat marca así los límites del ser vivo y dibuja el mapa geográfico donde se le puede encontrar, fuera de esos límites es incapaz de sobrevivir. Es por esto que el animal no tiene un mundo, sino simplemente un perimundo: su hábitat, el resto de la geografía no le interesa, es inexistente para él; carece de la capacidad misma para poder captarlo. (Hay que tener en cuenta que también dentro de su hábitat no se interesa de “todo”, sino solo de aquello que le puede afectar, por ejemplo, un lobo jamás mostrará el menor interés por las piñas de los pinos del hábitat donde vive, salvo que le caigan encima).

En los animales, como hemos visto, esas respuestas se llaman instintos. El instinto es una pauta de comportamiento fija que resuelve alguna de las necesidades biológicas del animal. El conjunto de los instintos dibuja la estrategia de respuestas de la animal a los datos recibidos de fuera y por tanto delinea sus posibilidades de supervivencia. Según se asciende en la escala animal los instintos van incrementando su complejidad incorporando por ejemplo la dimensión tiempo (los instintos de un caracol no tienen esa dimensión: todas las respuestas son “ya”, ahora mismo, si llueve salir, si hay hoja debajo comer, si no, moverse, etc.). En cualquier caso el animal no aprende más que dentro de los márgenes de sus instinto: no se ha dado un progreso en la forma de cazar los lobos desde que esta especie apareció, aunque, dada su complejidad es capaz de adaptaciones y por eso varía, por ejemplo, en función de las diferentes presas disponibles, e incluso cada individuo de la especie tiene una experiencia que es diversa (capacidad que proviene de poseer memoria, etc.).