El hogar, objetivación de la intimidad

Siguiendo la entrada reciente sobre el hogar, podemos concluir que el hogar es la 200430349-001materialización de la intimidad, o si se prefiere, en la terminología de Hegel, la objetivación de la intimidad. En el hogar, en sus paredes, en cada uno de sus rincones, en su aspecto general, se materializa esa intimidad común que se constituye entre las personas que en él habitan y de acuerdo con el peso que cada uno tiene en esa convivencia. En esa materialización se objetiva su modo de enfocar su relación, la importancia que dan a los diversos aspectos de la vida que hacen en común, muchos aspectos afectivos y materiales.

Basta entrar en el salón de una casa, sin necesidad de que estén sus ocupantes, para saber qué tipo de hogar hay constituido: si hay libros en las estanterías del salón y que tipo libros hay, de quién y cuantas son las fotografías, qué tema y estilo tienen los cuadros, una foto del abuelo militar en destacado, que indica la importancia para los ocupantes, qué otros adornos hay, que orden hay en la casa y cómo es importante o no el orden para sus ocupantes. Si hay niños y cuanto peso tienen en la casa se nota en los juguetes que aparecen o no en el salón. Se pueden establecer tertulias en ese salón o todo gira alrededor de la televisión, etc., etc., montones y montones de detalles que reflejan cómo viven las personas. Los programas de la televisión ya han llegado a esta conclusión de que las casas objetivan vidas, y nos las muestran materializadas y nos muestran interiores de casas, mostradas por sus habitantes para ver diversos modos de vivir, de entender la existencia, de situaciones existenciales diferentes. Porque la casa, como ninguna otra cosa, revela la situación del ser, de lo que son, afectos, valores, etc., pero también el tener de sus habitantes, que capacidad material tienen y como han usado esa capacidad de tener para organizar sus vidas. Por tanto, a través de todos esos detalles vemos vidas, sus afectos, sus ilusiones, su modo de enfocar la vida, sus recuerdos, su pasado o la ausencia de ello, todo nos muestra el modo en que se concibe la vida y cómo se está afrontando, que se tiene y que se quiere.

También podemos descubrir si la casa, y la vida, es un lugar de paso, precario, a la espera London SE1. An armchair in a living roomde un nuevo cambio, o un lugar donde estamos instalados sólidamente, con fuertes raíces, si estamos apegados a los recuerdos de nuestra vida o los hemos eliminado, todo encuentra su expresión. Somos un espíritu material, que se materializa, que se expresa en esa materialización y hacemos constantemente, con cada cosa que hacemos. Esta es una característica del ser persona: la persona se objetiviza con su modo particular y peculiar de ser en cada cosa que hace.

Hasta el vagabundo sin hogar se hace con unos cartones, y arrastra esas pocas y precarias pertenencias en un carro de supermercado, necesita trasladarlas consigo, necesita un hogar que en este caso expresa toda la precariedad de su existencia. El hogar es algo natural al hombre, algo necesario en su expresión cultural, algo necesario para vida, tanto material como afectiva. Nuestros antepasados ya vivían en cuevas y las transformaban, las pintaban, las decoraban. Seguimos haciéndolo, seguimos necesitando nuestra cueva, aunque hayamos aprendido a hacerlas por todos lados.

200185009-001También esos detalles reflejan nuestra cultura, que también son afectos y modo de concebir la existencia, en este caso común. No son solo reflejo de individualidad, sino de eso común que compartimos, son cultura, son nuestras raíces como grupo humano, afectivo y que ha aprendido a relacionarse con el ambiente físico en el que vive, y lo ha reflejado en su modo de construir sus hogares. Incluso nuestro hogar refleja nuestra identificación o no con esa cultura que constituye nuestras raíces, o la mezcla de culturas refleja que la persona es inmigrante y trae su propia herencia y hasta qué medida está asimilando aquella en la que vive, o las ha integrado en un todo armonioso.

De modo similar al hogar el hombre y la mujer se objetivizan y personalizan, esta es la terminología actual para este fenómeno y es etimológicamente adecuada porque lo hacen por ser personas, todos los lugares que ocupan, en la medida que les resulta posible y eso hacen con su lugar de trabajo, con la habitación del hospital donde están durante largo tiempo, con la cárcel, etc. El hombre y la mujer llevan consigo como un fenómeno que se manifiesta siempre esta necesidad de objetivizarse, de humanizar, de personalizar, todos los lugares en los que están.

Vestido, pudor e identidad personal

Vamos a detenernos en el hecho del vestido. El vestido tiene varias funciones: protección 17202040_sdel frio, pudor, adorno, etc. Conviene darse cuenta que el hecho del vestido, el hecho de cubrir o adornar el cuerpo, es un hecho absolutamente transcultural en el homo sapiens, se da en todas las culturas, no existe ninguna raza ni cultura en el que no se manifieste de algún modo. Además apunta a una peculiaridad del homo sapiens entre los mamíferos. En general estos tienen pelo que les cubre todo el cuerpo, mientras el homo sapiens es el mono desnudo, utilizando el título del famoso libro de Desmond Morris. Entre esas varias funciones del vestido vamos a fijarnos en la del pudor, partiendo de que se puede afirmar de partida que es un hecho generalizable, ya que la función de pudor del cuerpo es también generalizable, como hemos visto ya en las 2 entradas anteriores..

Así pues, el pudor del cuerpo tiene una relación con el vestido. En relación con el pudor, el vestido puede servir tanto para ocultar las partes y órganos relacionados con el sexo, como para ponerlas en evidencia. El pudor no se identifica de manera sencilla con mayor vestido (aunque si hay una correlación), ni el impudor con la desnudez (tenemos el ej. de esas tribus de la zona tropical que llevan caracteres sexuales descubiertos, por motivo del clima, y el taparlas origina la reacción de una mayor atracción física, algo que ocurre también en otras culturas). Hay un ejemplo sencillo que puede servir para entender el fenómeno del ocultar los elementos sexuales, el bikini. El top del bikini tanto sirve para ocultar los pechos como para darles color, lo que provoca que a veces se puedan ver a mayor distancia.

Del mismo modo que el pudor en general, el pudor sexual lleva a ocultar, en este caso los valores sexuales a la observación de personas con las que no se comparte esa intimidad. El pudor sexual se va descubriendo a medida que las partes sexuales se constituyen en la conciencia de la persona como objeto de atracción y, en su fondo, de placer, y trata de evitar que el extraño pueda considerarlos así. Mientras no se da esta aparición en la conciencia del objeto sexual como atractivo, no aparece el pudor sexual. Luego el pudor, o el impudor, tiene más que ver con la persona que lo experimenta que con el objeto en sí mismo. El pudor tiene, por tanto, una dimensión subjetiva y cultural: depende de la persona y de la educación recibida. Depender de cada persona quiere decir que no reaccionamos igual ante los valores sexuales y nuestro modo de hacerlo constituye una parte importante de nuestro estilo personal. Depender del entorno cultural, quiere decir que depende de lo aprendido en cada cultura y en cada generación, basta pensar en los modos de vestir en 1900 y ahora, por ejemplo, para darse cuenta que la sensibilidad a lo sexual ha variado y muy radicalmente con el tiempo.

Por encima de las variaciones, marcadas por moda, tiempo, educación, situación (en la playa o en la iglesia, por poner dos ejemplos extremos) siempre hay esta realidad subyacente: la persona se resiste ante extraños a ser considerada un objeto de placer; o no se resiste, es decir quiere ser considerada un objeto de placer. Las partes sexuales del cuerpo vienen en este último caso puestas en evidencia y el acercamiento tiene componentes explícitamente sexuales.

De todos modos hay que advertir que lo dicho en el párrafo anterior son dos extremos: no ser considerado objeto de placer o ser considerado objeto de placer. La realidad está en el intermedio, la persona en su presentación modula cuanto quiere introducir en su presencia ante las demás personas los valores sexuales que ostenta. Hay personas que en su presencia incluyen de modo evidente y casi provocativo los valores sexuales, hay personas que los tapan de un modo casi total, hay personas en el medio de estos dos extremos. La realidad es también que los valores sexuales están ahí y aún en el hecho de ocultarlos hay también un mostrarlos.

12590532_s«Con el pudor el ser humano manifiesta casi ‘instintivamente’ la necesidad de la afirmación y de la aceptación de su ‘yo’ según su justo valor. Lo experimenta al mismo tiempo tanto dentro de sí mismo, como hacia el exterior, en frente al otro. Se puede por esto decir que el pudor es una experiencia compleja en el sentido de que, casi alejando un ser humano de otro, busca a la vez su acercamiento personal, creando una base y un nivel idóneo para este acercamiento» (Karol Wojtyla, Uomo e donna lo creo, 68).

Con el pudor sexual el homo sapiens regula la entrada en lo social, en el mundo de la relación, de los valores sexuales, de un modo que varía por personas y culturas. Como si lo sexual fuese una fuerza excesivamente fuerte en su conciencia para mostrarse sin más y necesita ser velada, medio ocultada o destacada. De este modo lo sexual es un lenguaje que ocupa un centro en las relaciones del homo sapiens, el valor que decide ocultar u ofrecer, aquello que de un modo instintivo está considerando como lo más importante por las personas en las relaciones que establece con los demás miembros de su especie.

Añadimos un elemento más. Se puede decir que lo significativo no es la desnudez sin más, sino el desnudarse en actitud de ofrecimiento. El cuerpo es siempre un lenguaje. Por esto no hay impudor, por ejemplo en desnudarse ante el médico: no hay ofrecimiento ninguno. Recuerdo algo que me contó un médico: un colega le llamó para que echase un vistazo a una paciente. Es algo común cuando hay dificultades de diagnóstico, pero en este caso mi amigo se extrañó, porque no parecía existir esa necesidad y más tarde interpeló al colega: ¿qué problema tenías? Este contestó: Problema ninguno, solo quería que valoraras!!! … y aquí se refirió a las partes sexuales de la mujer. Mi amigo se indignó ante la violación de la intimidad de una mujer que no había ofrecido nada.

Se puede pensar que el impudor es ofrecimiento y el pudor no-ofrecimiento. La realidad sin embargo es algo más profunda. El efecto del pudor, al velar los valores sexuales, es plantear las relaciones en un nivel más general. Es decir, el pudor  impide que lo primero ofrecido por el lenguaje corporal sea lo sexual. Limita el terreno del ofrecimiento de los valores sexuales y esa limitación posibilita que las relaciones consideren a la persona en su conjunto, con todos sus valores.

El lenguaje del pudor sexual es necesario para las relaciones sociales en general, y también en la relación de pareja, porque la persona en pareja también “necesita” ser aceptada en cuanto tal, es decir, en el nivel global de su vida y no solo en cuanto valor sexual. Desde este punto de vista, la relación de pareja es aquella en que pudor e impudor desaparecen: la persona con sus valores sexuales explícitos, la persona desnuda es la que establece la relación. Desde este punto de vista la relación de pareja, no solo una relación con contenido sexual, es la relación más profunda pues es la única que realmente comprende todos los ámbitos posibles de relación de la persona. Además es la relación que se establece superando todos los miedos, la que nos deja inermes ante los demás.

La ostentación de los valores sexuales podríamos decir que es una oferta de comunicación que apunta a lo sexual, de un modo prioritario. Sin embargo hay que tener en cuenta que las relaciones sexuales en cuanto tales no establecen la igualdad entre las personas. Esto es tan cierto que las relaciones sexuales se pueden establecer como relación económica: sexo por dinero. Quizá es el miedo a esta utilización económica de la persona la que nos lleva a velar la dimensión sexual en las relaciones sociales: nos da miedo su fuerza y su capacidad de establecerse como relaciones Yo-Ello, y no solo como relaciones Yo-tu, siguiendo la terminología de Martin Buber.

Como resumen, se puede decir, por tanto, que el sexo es ofrecimiento. Es muy importante darse cuenta de esto, porque entonces es un lenguaje. El gesto externo que ofrece la sexualidad puede significar dos cosas diferentes: abrirse a la otra persona para darle la propia intimidad, es decir, crear la relación personal más profunda que hay u ofrecerle solo valores sexuales, solo sexo. Es decir, el lenguaje de la sexualidad se sitúa a dos niveles: a compartir intimidad, la intimidad personal de dos personas, o a compartir sexo. Esto se ve claramente en la pirámide de las necesidades de A. Maslow, el sexo se puede considerar una necesidad básica similar a comer, beber, dormir o respirar o se considera una necesidad que se encuentra en el nivel de pertenencia: la que establece las relaciones de pertenencia más básicas: el padre, la madre, los hermanos, la familia. Esta es la ambigüedad permanente del sexo,  o mejor su doble posibilidad, que se encuentra continuamente presente en la conciencia de las personas.

Hombre, mujer, pudor y sexualidad

Para seguir nuestra exposición sobre el pudor y su relación con la sexualidad es preciso 8215531_shacer alguna aclaración sobre el diferente comportamiento del hombre y la mujer frente a los valores sexuales. Hablamos aquí en general, con referencias sociológicas. Hay que tener en cuenta que, dado lo que hemos visto sobre la persona, las variaciones individuales son muchas.

Como aclaración, es preciso hacer notar que, al hablar de hombre y mujer, sólo se pueden hacer valoraciones sociológicas, ya que ambos poseen paralelos dinamismos constitutivos: instintivo, psicológico y espiritual y las distinciones solo se comprueban estadísticamente. En los dos sexos se dan todos los casos posibles, por ello, para ver las diferencias, lo que se trata de saber es en qué proporción una determinada conducta es realizada por hombres o por mujeres. Por esto, se habla en general y se hacen alusiones a los datos sociológicos, por ejemplo, al afirmar que la pornografía se dirige más al varón no se quiere decir que la mujer no sea influida por ella, sino que lo es menor medida.

Desde el otro lado no constatar que los hechos son sociológicamente diferentes, sería negarse a ver diferencias evidentes. En nuestro modo de ver hombres y mujeres son iguales en su dignidad como personas y en sus derechos, las diferencias se mueven a otros niveles, lo mismo que las diferencias entre las personas en general. Por ello hablar aquí de diferencias no implica una posición que busque una desigualdad, sino exactamente lo contrario: respetar lo que cada uno es.

Además hay que tener en cuenta que, en algunos, o quizá en todos, los temas que se abordan aquí, es difícil saber en qué medida la conducta observada es resultado de la educación y la cultura y en qué medida se enraíza en lo innato de la persona humana, aún a sabiendas de esta dificultad hemos preferido abordarlo por parecernos temas centrales para la antropología.

Partimos de la división que ya hemos establecido de la persona en tres esferas: biológica, psicológica y racional. Cada esfera origina un dinamismo o forma tendencial que denominamos: instintivo, afectivo y racional. Trabajando ahora con los dos primeros niveles, los directamente implicados en la sexualidad, podemos ver que si en una persona la afectividad supera a la sensualidad, esto hará que sea más sensible a la masculinidad/feminidad psíquica que a la física, es decir, será más sensible a los afectos y por ellos a los valores de pertenencia y relación social de la persona. La característica de la afectividad es que valora lo que se llama personalidad, que es lo que se descubre en la relación social de la persona en cuanto tal.

Se suele afirmar que esta es una característica femenina, si fuese así para la mujer, hablando de un modo sociológico, tendría más peso en la relación sexual la psicología, los afectos y sentimientos, la personalidad y las características sociales, de la persona, además, claro está de los valores sexuales en sí mismos. Esto la haría más sensible a los valores personales en su conjunto y que no se centrarse de un modo exclusivo en los valores sexuales, que también necesite percibir la persona en sus valores afectivos y de relación.

15870774_sEn el caso del predominio de la sensualidad sobre la afectividad, se produciría una reacción más rápida ante los valores sexuales del cuerpo. La reacción de la sensualidad no es global hacia la persona, sino que se dirige hacia partes del cuerpo de la persona, precisamente aquellas que despiertan la excitabilidad sexual del sujeto en concreto. Una persona con esta característica pasa desde la sexualidad a la afectividad, es decir, primero siente la atracción sexual y posteriormente valora la personalidad de la persona por la que se siente atraído. Se suele decir que este es el camino del hombre, del varón, aunque hay que matizar también, igual que en el caso de la mujer, que no es así en todos los casos, ni tampoco en todas las ocasiones, ya que, al igual que la mujer posee los dos dinamismos o tendencias.

Considerando así el diferente peso de los dos dinamismos en el hombre y en la mujer, ¿cómo son las relaciones hombre – mujer? Por parte del hombre, este no debe temer la sensualidad de la mujer, como esta teme la del hombre. Este análisis desde el miedo (temor) no es habitualmente realizado, pero resulta evidente la presencia de ese temor a una sexualidad masculina no controlada mientras que ese mismo temor no existe hacia una sexualidad femenina desbocada. Esto plantea ya una diferencia fenomenológica evidente en el comportamiento de ambos sexos. Hay que tener en cuenta que sentir temor está reñido con el disfrute, infundir temor no. Por ello la buena relación se considera la que excluye el miedo. Este hecho del diferente posicionamiento con respecto al temor establece diferencias en la forma de vivir la sexualidad, de enfocarla, de acercarse a ella. Hoy hay un fuerte impulso cultural que está cambiando los roles, que podríamos llamar activo y pasivo, en la relación sexual, a pesar de eso la afirmación de esta diferencia emocional sigue en pie: el temor básicamente se produce en una sola dirección.

Hay algunos hechos que constatan esta diferencia, por ejemplo, se puede afirmar que los hombres buscan la pornografía más que las mujeres. Lo que podría llevar a pensar, desarrollando la idea de que posee mayor peso la sensualidad con respecto a la sensualidad, que también en los hombres tienen mayor peso el sexo como necesidad, que como pertenencia, elemento que se abre paso con posterioridad en su conciencia. Es decir primero sienten la atracción, la necesidad, y posteriormente se van sintiendo vinculados a la otra persona. Es otro elemento fenomenológico que indica el mayor peso de la esfera instintiva sobre la afectiva.

Otra constación es que el hombre percibe de forma aguda en su interior la propia sensualidad, la propia instintividad, es decir, el sentirse atraído y dirigirse (y por tanto ligado-atrapado) por los valores sexuales. Esto hace que el hombre posea un pudor fuerte, que podemos llamar primario, sobre las partes del cuerpo ligadas al sexo y que pueden ser vistas como objeto de placer. De modo que el hombre tiende menos a mostrar la propia sexualidad en su relación sexual, porque siente en sí mismo, agudamente, que mostrarla tiene una fuerza sexual explícita y también le hace descubrirla en la otra/el otro rápidamente.

Una nueva constatación de lo que venimos diciendo, es que la mirada del hombre es clave para su modo de vivir la sexualidad y todos los fenómenos de la vista adquieren importancia predominante para él. Esto tiene una conexión con la percepción de la propia sensualidad: la mirada le permite ver al otro como objeto de placer a la vez que se resguarda a sí mismo. El hombre tiene una mayor postura de observador de la sexualidad que aparece, mientras esconde la propia.

Por parte de la mujer el pudor del cuerpo es más secundario, y por ello se puede permitir jugar con él. Para ella ser vista se convierte en elemento clave del lenguaje. En ese ser mirada tanto descubre una agresión como una valoración de la propia sexualidad (y detrás de esta una valoración de la propia persona). En este proceso la posición complementaria de la mirada del hombre (comérsela con los ojos) es clave. Su acercamiento pone de nuevo el énfasis en elementos afectivos y los valores sexuales son complementos de estos. Es decir, la mujer descubre la fuerza de la “mirada”, cuando la ve reflejada sobre su cuerpo. De este modo para la mujer la sensualidad tiene un elemento de aprendizaje, (“todos los hombres buscan lo mismo”).

Una deducción sería la evidencia de que las diferencias entre hombre y mujer respecto al pudor y, por tanto, en la presentación de los valores sexuales, establece un dialogo entre los dos sexos que marca profundamente las relaciones entre hombres y mujeres. Este diálogo es importante porque se entrecruza cada día en todas las actividades. Las personas son subjetivamente conscientes de su existencia, pero, sin embargo, no suele ser tan conscientes a nivel de reflexión. De ese diálogo resulta la imagen de la mujer y la del hombre que se instalan en la cultura a sus diversos niveles, desde la familia, hasta la universal. Esas imágenes y los valores que conllevan, modelan profundamente toda la vida social, hasta poder decir que ponen su sello a cada época histórica; baste pensar en el ideal caballeresco de mujer del final del medioevo, o el del renacimiento, o el del romanticismo. Los modelos sociales tienen una influencia en toda esta materia, que es difícil exagerar. Desde ellos se determinan a nivel práctico los grandes conceptos: dignidad de la persona, significado de la sexualidad, valor del placer, modo de considerar y de tratar al otro marcado por la diferencia sexual, etc.

El pudor, la sexualidad y la identidad personal

Vamos a realizar un análisis fenomenológico del pudor. Emocionalmente estamos en el terreno de la vergüenza, que pertenece a la familia del miedo. La vergüenza es un miedo sobre uno mismo, miedo porque nos sentimos expuestos, o también porque nos sentimos inadecuados para la situación. La vergüenza es muy general y en su familia  emocional se encuentran tanto la timidez como el pudor. La timidez, en la acepción común de la palabra, contiene elementos negativos para el desarrollo personal, como una excesiva sensibilidad que lleva al retraimiento en acciones que realmente podríamos realizar y, por ello, nos limita. Desde el punto de vista psicológico, la timidez sería un patrón emocional, donde se encuentran vinculados de forma rígida: situación-emoción (vergüenza)-conducta (retraimiento). Patrón del que es difícil desprenderse.

El pudor, por su parte, se refiere a los valores personales en general y consiste en esa emoción que nos lleva a ser prudentes en su manifestación a otros. Es decir no contamos ni exponemos las cosas personales e íntimas a no ser a determinadas personas en las que confiamos. El pudor sería sencillamente la emoción que detecta que se está pasando la frontera de lo que consideramos (emocionalmente) nuestra intimidad. Es el avisador, el guardia emocional de nuestra frontera personal.

Por lo tanto tener pudor significa una valoración de nuestra intimidad con respecto a su exposición social que nos lleva a decidir cuándo manifestarla y cuándo no. Desde este punto de vista es una emoción eminentemente positiva en su custodia de la intimidad. También lo es con referencia a la valoración que la persona hace de si misma. Valorar la propia intimidad y valorar la persona se identifican.

El pudor tiene mucho que ver con las barreras sociales, algo que tiene un fuerte aprendizaje 17927193_sdesde muy pequeños: no hablar con extraños, no comunicar ciertas cosas, qué hay que comunicar y qué no, no mirar directamente a los ojos a desconocidos, etc. De este modo la parte más importante de la socialización viene regulada por el pudor y sometida a un aprendizaje que la fija fuertemente en la conducta. Desinhibirse, saltarse esas barreras es algo que solo nos permitimos, y permitimos a los demás, en determinadas situaciones. Este aspecto del pudor tiene una fuerte  importancia para el desarrollo personal.

El pudor no se refiere sólo a los valores sexuales, a la intimidad sexual, pero es evidente que esta tiene una importancia grande en el terreno del pudor, tanto que a veces sólo se considera como un valor ligado a los valores sexuales. Para nosotros, el hecho de que el pudor se encuentre  ligado a los valores sexuales implica que, en la jerarquía personal de valores, la sexualidad es central, en realidad lo más importante si tenemos en cuenta que es lo primero que protegemos y que cuidamos mucho cuando los ofrecemos. Evidentemente esta jerarquía se aplica principalmente a nivel instintivo y emocional (los dos primeros niveles de la persona de que hemos hablado), por lo tanto, muchas veces de modo subconsciente.

Por ejemplo, desde el punto de vista del lenguaje corporal resulta claro que nuestra preocupación primera desde el punto de vista instintivo es: o no ofrecer lo sexual o ser muy conscientes de cuando realizamos esa oferta. El pudor es clave precisamente porque regula la intervención en las relaciones de este punto central para la persona, y la misma ambigüedad que tiene el pudor que se refiere tanto a la intimidad como a la intimidad sexual, lo tiene la concepción de la intimidad, que encuentra en su centro con la intimidad sexual como su elemento más importante desde el punto de vista de la percepción del sujeto, entendiendo esta en su sentido global, es decir la que resulta de los 3 niveles personales: instintivo, emocional y racional.

De la relación entre pudor y sexualidad habla el hecho de que el pudor irrumpe con fuerza en la adolescencia junto con la aparición de los valores sexuales. El niño no tiene tanta conciencia de la propia intimidad y, por ejemplo, sus juguetes tanto los deja en su habitación, como en cualquier lugar de la casa, no tiene una referencia a un lugar propio diferenciado del de sus padres, enseñarle ese lugar se convierte en tarea educativa. También considera suya cualquier cosa que pertenezca al hogar familiar. Por el contrario en la adolescencia esta idea de intimidad surge con fuerza y la adolescente grita que quiere una habitación para ella sola donde no entre nadie más. Surge agudamente la conciencia de que hay cosas que no queremos mostrar y que restringimos a determinadas personas.

16717303_sNuestras posturas corporales se relacionan siempre, aunque normalmente de modo no consciente, con el pudor, pues tendemos a proteger la parte de nuestro cuerpo que más sentimos expuesta desde el punto de vista de la intimidad, que es precisamente la parte inferior del tronco, la directamente relacionada con la sexualidad. Esa es una parte capital de nuestra comunicación corporal. Si por el contrario estamos en situación de apertura hacia una persona, sencillamente de apertura, no necesariamente de apertura sexual, tendemos a ofrecer, por ejemplo, la cara interior de la pierna como signo de esa apertura. Es decir nos giramos hacia aquel o aquella hacia quien estamos abiertos. Es muy interesante fijarse en todos estos movimientos que tienen que ver con el lenguaje corporal y relacionarlos con el tema del pudor que estamos exponiendo. Su sencilla observación pone de relieve la centralidad de la sexualidad en nuestro lenguaje corporal, mientras que nos permitimos muchas menos concesiones en este sentido en el lenguaje verbal, o mejor las concesiones en el lenguaje verbal están muy reguladas por la educación social y el consciente.

Las posturas corporales también están reguladas por la educación referente a la expresión social de la sexualidad, especialmente para las mujeres, que reciben toda una educación, que se torna inconsciente con el aprendizaje, de cómo poner las piernas, por ejemplo, al sentarse. La revolución sexual de los años 60 del siglo XX ha incidido fuertemente en estos aspectos, permitiendo verdaderamente un cambio y un nuevo papel de la mujer en la sociedad, hasta ese momento fuertemente limitado.

Aproximación a la palabra

El nivel racional se centra alrededor del uso de la palabra, algo que, con algunos matices, es 12902829_sbastante exclusivo del hombre y se puede considerar el centro de lo que es específicamente humano, aunque específico no significa todo lo humano. El hombre funciona con un etiquetado (palabra) que pone nombre a todas las cosas y es capaz de unir bajo ese nombre los géneros: todo lo que tiene algo en común, por ejemplo: mesa (todas las mesas, lo que sirve de mesa), o verde (todo lo que tenga el color verde), o carrera (todo lo que compita basado en la velocidad). También la palabra pone nombre propio, particular a lo que no consideramos que se puede englobar en un género: Antonio (para nombrar a una persona), Mallorca (para nombrar un lugar singular).

La reflexión que se produce en la conciencia es realmente lo específico de este nivel. En la conciencia la experiencia personal aparece como fenómeno. Toda nuestra vivencia en cada momento aparece en la conciencia como un fenómeno sobre el que podemos reflexionar, aunque no necesariamente lo hagamos. Ese nivel de reflexión, que funciona poniendo palabras, es lo que vamos a considerar ahora.

El hombre es un animal que habla, que utiliza un lenguaje, entendido en sentido propio como conjunto orgánico de palabras. En realidad se podría decir que esa es su marca propia: la palabra.

Evidentemente esto tiene un soporte biológico: los órganos de la voz y el oído, que han proporcionado ese acceso a la palabra, a todos los lenguajes hablados. Sin embargo la palabra no está ligada a dichos órganos y el acceso se puede realizar también por la vista e incluso el tacto. Realmente es increíble la capacidad del ser humano de acceder a la palabra. En realidad es capacidad de acceder a un significado general, a generalizar el significado. Por tanto el oído y la voz no son un órgano exclusivo de la palabra.

La palabra es cultura, hay montones de lenguas diferentes, que se tienen que aprender desde la infancia. Es convencional y es también histórica: es el resultado de siglos de formación de las convenciones, de ampliación de conocimientos y de la necesidad de nuevas palabras. Es algo vivo y en desarrollo. El lenguaje se aprende, es más, es la parte central del aprendizaje.

La palabra refleja el mundo que soporta la cultura en la que nace. Los esquimales tienen 16 modos de decir nieve; nieve a secas no basta. Nosotros perdemos poco a poco el lenguaje agrícola de nuestros abuelos. Cada ciencia, cada nuevo campo necesita palabras nueva, que amplían y describen el nuevo espacio, y que es lo primero a aprender si queremos entrar en la ciencia, aunque al principio significan poco.

Desde este punto de vista, la palabra es un fenómeno social, aún más, es constitutivo de lo social: el principal soporte de lo social es la palabra, es el vehículo principal de la relación. La relación es comunicación y la palabra soporta la comunicación. La vida social, la cultura tiene su elemento más fundamental en la palabra, por eso una lengua identifica una cultura.

La palabra es lo específico de la persona.