La conexión entre experiencia y palabra

Terminábamos la entrada sobre «las limitaciones de la palabra», 15433132_shablando de experiencia y autenticidad. La autenticidad, y con mayor precisión la honestidad, se juega precisamente en la conexión experiencia-palabra. La capacidad que tiene el hombre de separar instintos y sentimientos de la esfera del razonamiento se puede convertir en su mayor trampa: trabajar solo con la esfera racional. De este modo convierte lo diferente en el hombre, lo que específico del ser humano, en lo único: somos hombres porque somos racionales. Esta es la gran tentación del hombre.

No se puede trabajar solo con palabras sin haber vivido las cosas, se pierde la conexión con la referencia. Nos quedaríamos en un conjunto de signos sin referencias y por tanto sin significado alguno (sofistas o utópicos). Hay que darse cuenta que la reflexión, la esfera racional, nunca trabaja en vacío, es eso re-flexión: volver sobre, y para volver, primero hay que ir. La reflexión trabaja sobre los datos proporcionados por la esfera psicológica y por la tendencial-instintiva, sobre las experiencias, sobre las vivencias. No se puede perder el contacto con la realidad y trabajar sólo con utopías, baste recordar las dolorosísimas experiencias del fascismo y el estado soviético, de lo inhumano que puede resultar esto. No se puede desgajar una esfera del hombre y luego decir: “tengo al hombre entero”.

Este es el sentido de la expresión clásica, que se remonta hasta Aristóteles: nihil est in intelecto quod prius non erit in sensu (nada hay en el intelecto que antes no haya estado en los sentidos). La importancia de este punto es que la palabra nunca es solo intelectual, ni solo abstracta, sino que hace referencia a un mundo real donde las cosas son y están, la palabra es referencia. Hay que tener en cuenta que la palabra ha simplificado el mundo, a través de la generalización, para poder manejarlo. Además del significado, la palabra lleva consigo un contexto afectivo, un marco donde aprendimos esa palabra, constituido por las referencias que nos evoca, que nos hace sentir,… lo que hace también que las palabras no sean iguales para todas las personas, tienen coincidencias, a veces muy grandes, pero no son iguales. Además la palabra tiene un contexto en el momento en que la percibimos, ese contexto es el tono en que es pronunciada, la persona que la pronuncia, etc., además el contexto está también integrado por nosotros mismos; nuestra situación anímica y personal.

La conexión entre experiencia y palabra es en su profundidad conexión entre cuerpo y palabra. La experiencia nos llega a través de los sentidos (nivel biológico) y se almacena a nivel psíquico emocional: nos acordamos de aquello que nos produjo una intensa alegría, o tristeza, o miedo, o enfado… Ya hemos hablado de que los sentimientos tienen su ubicación en el cuerpo. No olvidar lo que sentimos, dar valor positivo a nuestras emociones a nuestra sensibilidad es el modo de conectar experiencia y palabra. Nuestra palabra debe expresar aquellas conclusiones que las que hemos llegado realmente con nuestras vivencias, con aquello que hemos vivido. Lo demás es hablar teóricamente, sin saber de qué se habla.

Llamamos a alguien honesto precisamente cuando ha realizado esa conexión entre su vivencia y su palabra, sabe realmente lo que siente, ha elaborado sus vivencias, de modo que sus conversación rebosa de la realidad de lo realmente vivido y asimilado.

Sin embargo está muy presente la desconexión en nuestra cultura. Hemos creado una cultura teórica de idea, una educación donde se privilegian los contenidos (teóricos) y tenemos distante la educación emocional, la recepción de nuestra sensibilidad, en resumen escuchar nuestro cuerpo, elaborar nuestras vivencias.

Las limitaciones de la palabra

La palabra generaliza y nos limita por ello, porque hace como cajoncitos donde agrupa las cosas parecidas, pero ese cajón limita, porque no transmite todo, transmite solo lo común, no puede ser de otro modo: pone etiquetas. Es decir, perdemos cosas, y habitualmente no somos muy conscientes de ello. Esto genera dificultades en el uso de la palabra.

Se puede decir que hay dos enfermedades en el uso de la palabra: el sofista, que utiliza la 7981085_spalabra para esconder, para no hablar, para no decir algo, lo que es lo mismo, para decir sin significado. El sofista introduce en un mundo de comunicación que no es sano, porque muchas cosas están escamoteadas, ya que el sofista no se atreve a presentarlas sobre la mesa.

El mundo del sofista es un mundo de relaciones sin confianza en el otro. El sofista piensa que el puede organizar, mandar, pero sin el otro, que si es claro con el otro aquello, su mundo, no va a funcionar, en resumen, que los demás son menores de edad. El mundo del sofista carece de confianza y por ello no es un mundo de iguales, las relaciones del sofista son verticales, el decide.

 La segunda es la utopía, que es el hablar, pero desconectado de la realidad, signos que hacen referencia a otros signos y estos a su vez a otros signos, en espirales sin fin donde el conocimiento se pierde, desconectado de la realidad de la experiencia. Este es el mareo que la palabra produce en quien se mete solo en ella, en su lógica.

Este es el problema de la exageración de la palabra. Su mismo éxito, su capacidad ilimitada de significación (pensar en palabras como Dios, belleza, justicia, filosofía, amor…) la lleva, con una cierta lógica de concatenación, a formar un mundo aparte del contacto con la experiencia, un mundo solo intelectual. Esto es lo que se produce con las utopías políticas, hijas del racionalismo, ya que para este solo lo racional es real, solo lo que pertenece a la esfera racional es real. Se ha desconectado el hemisferio derecho y el izquierdo. Un mundo solo mental, hecho de conexiones de signos, desconectado del mundo.

Sin embargo no solo transmitimos la simplificación, transmitimos nuestra experiencia, aludiendo a la experiencia del otro, nuestra experiencia vivida, emocional, nuestra seguridad o inseguridad, nuestras expectativas y nuestra ilusión. Y esto tampoco lo solemos tener en cuenta: nuestra palabra es un punto de vista basado en una experiencia del mundo. Para transmitir con verdad, para tener una palabra confiable, hay primero que confiar en los demás (no ser sofistas) y segundo que confiar en nuestra experiencia (ser honestos). Con estos dos elementos se configura la autenticidad, única posibilidad de tener una palabra que configure un mundo real, en relaciones y contenidos.