La esperanza (4): La inquietud

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La esperanza recoge el futuro en el presente. No te lanza hacia el futuro, te lo da ahora. Por eso no siembra la inquietud, sino la paz. La paz es siempre presente, es gozar de lo que se tiene, en lo que se disfruta. Pero eso en el tiempo no es posible si no se posee el tiempo. La esperanza me da el tiempo, me concede todo el tiempo de mi vida para que yo lo goce ahora. En el ahora gozo todo el amor y todos los deleites del amor; no estoy intranquilo porque el momento pasa: la esperanza me ha dado ya el momento siguiente y el siguiente … mi amor está conmigo ahora, ya, … y todo el tiempo con él.

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La esperanza (3): La soledad

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La soledad es negra y muerde de noche, por eso los solitarios salen de noche a tratar de huir de su mordisco. La libertad prometida, la libertad frente a todo resulta algo muy duro, termina por no ser soportable, porque condena a la soledad. Esta libertad es un espejismo para el hombre: “me basto a mi mismo, soy independiente”. La independencia es imposible para el hombre, porque genera la soledad y la soledad con su mordisco hace salir para buscar compañía, cualquiera que sea, aunque se sepa que es un engaño, cualquier cosa que pueda parecerse a compañía. La soledad genera un dolor sordo. La soledad hace nacer una inquietud: es madre de la inquietud por la luz, que se siente como un deseo sordo, imparable, nocturno, de compañía, de caricias. Sueños imposibles de ositos de peluche y tactos suaves. Es una inquietud que crece y crece hasta hacerse imposible de soportar, hasta obligar a salir a la noche a buscar cualquier luz, por cualquier camino, cualquiera que sea, pero una luz.

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La esperanza (2): el instante

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¿Por qué no sumergirse en el instante? ¡Qué lógico buscar un “desconectador” para ese pasado, pues me está lastrando el presente! “¿Por qué debo cargar con las decisiones, sobre todo esas que se me han hecho tan pesadas? ¡Libérate!”, es la sugerencia que nos aflora incontenible. Otra vez la inquietud: “la vida no puede ser tan estrecha, tan injusta, tan desagradecida, uno no puede vivir así, lastrado, con esa masa de plomo que no se puede levantar”. Liberarse del pasado es liberarse de una carga, es la promesa de vivir feliz, “¡al menos hoy!, ¡esta noche!, ya pensaremos mañana, mañana cargaremos de nuevo con la vida, pero ahora, ¡no!”. Hemos encontrado todos los “desconectadores” del mundo, los hemos investigado, hemos profundizado en sus cualidades, sus efectos sedantes o euforizantes, porque sus efectos colaterales, a veces, nos importan bien poco, sólo el central: desconectar, desconectar. La humanidad los ha encontrado todos, “sólo tengo que recorrer caminos mil veces trillados, no soy el primero que los recorre, eso me ayuda; sólo tengo que buscar donde otros ya estuvieron”. Todos los desconectadores, haya que beberlos o inhalarlos, inyectarlos en vena, o simplemente embriagar la mente con el éxito: jugarle al azar, desnudado de su verdadera fuerza, desnudo de todo, azar puro; emborracharse de éxito frente al azar, aunque siempre al final se cobre sus buenos dividendos, “no me importan los cálculos, quiero ganar”.

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