La libertad y el tiempo humano

Para entender la parte subjetiva y objetiva de una elección, algo de lo que ya hemos hablado, vamos a tratar la relación de la libertad con el tiempo. Las elecciones de personas no son objetivables plenamente porque están comprometiendo el futuro (de las personas a las que comprometa la elección) y por tanto no pueden ser deducibles sencillamente del pasado. Esta es otra manera de entenderlo: considerar que el hombre es un animal histórico, que tiene tiempo.

Desde este punto de vista, la libertad es la facultad que nos permite vivir en el tiempo, 20213028_sprever el futuro, incluir el tiempo en nuestra vida. Es la facultad existencial por excelencia. Y si tenemos en cuenta que vivimos de hecho en el tiempo, entonces Sartre tiene razón, «estamos condenados a ser libres».

La libertad es lo que abarca el tiempo y es una facultad específica del hombre, porque el hombre es el único animal que percibe el tiempo y se plantea el tiempo. Y el tiempo entra con su dualidad: lo que existe es el presente y el futuro son proyecciones, son imaginaciones o fantasías, como queramos llamarles. No podemos eliminarlas de nuestra vida, porque no podemos eliminar nuestra capacidad de proyectar el tiempo.

Los animales no lo hacen, no proyectan el tiempo. Esto es algo que he observado desde hace años. Los animales viven el aquí y el ahora de una manera plena, igual que hacen los niños, que no tienen una noción del tiempo, algo que van adquiriendo lentamente. De hecho su aceptación de lo que sucede, sencillamente porque sucede, es realmente increíble para el ser humano, que siempre quiere estar amañando lo que sucede, ajustándolo a su propio bienestar, ajustándolo a un futuro mejor, y por ello le cuesta aceptar, así sencillamente aceptar, lo que sucede solo porque sucede. el tiempo o es futuro, y ese es proyecto (que se realizará o no), o es pasado y este es memoria. No hay otro modo de adquirir el tiempo, o como proyecto o como memoria, porque la realidad solo se da aquí y ahora.

El hombre-mujer vive en el tiempo y este se convierte en una dualidad para él, la misma dualidad en la que vive toda su existencia. Si no vive el aquí y el ahora no puede realmente vivir, disfrutar de la vida, adquirir vivencias, pero si viviese plenamente sumergido en el aquí y el ahora, sin proyectar el tiempo, entonces dejaría lo más esencial del ser humano: la libertad. Esta contradicción existencial acompaña al hombre toda su vida. John Lennon la resumió eficazmente cuando dijo: «la vida es eso que te pasa mientras estas ocupado en otras cosas».

Lo cierto es que tenemos las dos posibilidades, vivir el aquí y ahora y vivir el tiempo, igual que tenemos los dos prismas de Buber, el Yo-Tu (relacionado con las vivencias –los encuentros- aquí y ahora) y el Yo-ello (relacionado con proyectar el futuro, prever instrumentos y medios para ese futuro).

20212707_sQuizá el error cultural en el que hemos vivido mucho tiempo ha sido identificar el ser hombre-mujer precisamente con la capacidad de prever el futuro, con el tiempo, y hemos olvidado nuestra capacidad de disfrutar, de vivir aquí y ahora, algo que tiene mucho que ver con el ser biológico-emocional-racional que somos. Vivir es algo muy relacionado con nuestra sensibilidad, por tanto relacionado con el ser biológico que somos.

La dualidad, la paradoja se extiende también a lo siguiente. La libertad juega en el tiempo, nace con la capacidad de preverlo, de instalarnos en él. Parece por tanto que las decisiones de la libertad, que son en el tiempo, se toman en relación con los medios, con los instrumentos, es decir, con las relaciones Yo-Ello. Todas las decisiones que se toman para el tiempo son decisiones de medios o instrumentos, objetivizables. Sin embargo, y esta es la paradoja, las decisiones importantes, las que ponen fines, como la que hemos visto de elegir una persona, se deciden en el aquí y ahora, se deciden en la vivencia, en la experiencia, se deciden en un acuerdo con nuestro sistema sensitivo emocional que vive fuera del tiempo. Las decisiones de la libertad se dan en el tiempo, incluso insertan el tiempo, sin embargo las decisiones importantes se toman fuera del tiempo.

Quiero añadir la idea de que las decisiones de la libertad insertan el tiempo, lo introducen en la vida, mientras antes no estaba. Cuantas más decisiones más tiempo, más programación, mas necesidad de medir el tiempo, de aprovecharlo… alejándonos de la vida real, la del aquí y ahora. En esto es muy significativa la cultura occidental que vive el tiempo de un modo compulsivo y a la vez en muchos aspectos ha perdido la capacidad de vivir la felicidad de vivir aquí y ahora.

Luego las decisiones importantes para la libertad, las que ponen fines, no se juegan en el tiempo en el que vive la libertad. Los fines para el tiempo se sacan del aquí y ahora, no se sacan del tiempo. La libertad es para dominar el tiempo pero su fin es precisamente sacarnos del tiempo, hacernos vivir el aquí y ahora, hacernos felices. Se es feliz cuando se vive plenamente el aquí y ahora, yo diría cuando se conjuga armónicamente la libertad y el aquí y ahora. Esa sí que es la tarea de la persona humana.

Libertad y compromiso

Volvemos a la idea, ya expuesta, de que las personas, en realidad todas las relaciones 20668885_sYo-Tu, solo pueden elegidas por amor. Ese tipo de relaciones, al no ser instrumentales, al traer consigo sus propios fines, comprometen nuestra vida, pues debemos ajustar nuestros fines a los del Tu y al menos respetarlas en sus fines propios, esto nos obliga, al menos en alguna medida, a modificar nuestro propios fines, por lo tanto a variarlos, lo que quiere decir que nuestra vida entra en esas relaciones, se ve modificada por esas relaciones.

Las relaciones Yo-Tu, por tanto, son fruto de una decisión existencial, que compromete la vida, que le pone fines, que no son un simple medio. Pongamos un ejemplo: elegir la profesión tiene consecuencias para toda la vida, ya que, entre otras muchas cosas referentes a su sentido instrumental, adquiero la mentalidad misma de la profesión; por así decir, de algún modo yo mismo me hago la profesión: me hago ingeniero, abogado o electricista, con consecuencias directas muy diversas sobre el modo de concebir el mundo: veo el mundo como un ingeniero, con la mentalidad del ingeniero… o del abogado, o del electricista. Por ello es tan importante y tiene tantas consecuencias amar de verdad el propio trabajo.

Una relación pasa a ser parte de la finalidad propia o no, cuando la persona se compromete o no, la hace algo realmente suyo o no; y el modo es que esa persona o actividad se convierta en un fin para la persona y no simplemente un medio. Cuando es un fin, un fin real, no simplemente una meta, pasa a incorporarse a la vida, mientras tanto no, es simplemente medio, instrumento, algo que se deja, un kleenek que, cuando se ha usado, se tira.

Surge una pegunta que se ha planteado muchas veces: ¿son revocables estas decisiones que comprometen la vida? La respuesta es netamente si, igual que podemos incorporar cosas nuevas a la vida, podemos desaprender (aunque esto sea más difícil existencialmente que sencillamente aprender). También resulta obvio que la revocabilidad tiene un límite debido a la limitación temporal de la vida: me puedo equivocar de carrera o profesión una vez, dos,… cinco. Para emprender una profesión con profundidad, que deje una huella en nuestra vida, resulta evidente la limitación temporal.

Lo mismo pasa con las personas, ¿cuántas pueden entrar en nuestra vida de un modo profundo? No hay un número fijo para esto, solo una limitación de tiempo. Además en ambos casos se corre el problema del miedo a la vida. Tiene miedo a la vida la persona que no se compromete, que cuando le llega el momento del compromiso sale corriendo. Es miedo a permitir otros fines no estrictamente pertenecientes a la persona en la propia vida, los finesde otra persona. En su fondo tiene miedo a que se vea su limitación, tiene una voz interna, muy profunda que le dice: «eres un inútil» (esta voz se refiere a trabajos o tareas), o «no eres digno de ser amado» (esta voz se refiere a relaciones con personas). Un trabajo de la intimidad es escuchar esa voz interna profunda, y saber de dónde nos viene y afrontar nosotros nuestro propio miedo.

Siguiendo con las relaciones con personas, vamos a la relación que más compromete, la relación de pareja. El problema es un problema práctico: ¿cómo escojo yo una persona que es un fin en sí misma, con la que quiero unir mi fin, con la quiero hacer un proyecto común? ¿cómo respetar su finalidad y a la vez conseguir la mía? Todo lo que yo “veo” de ella, todo lo que yo puedo objetivizar de ella es precisamente eso: objeto y por tanto convertible en medio y por eso mismo no me da la persona.

En toda relación de pareja hay algo que se podría llamar la «crisis de los motivos». Todas las razones que pueda poner para escoger una pareja hay un momento en que pueden hacer (y muchas veces hacen) crisis: tiene dinero (es rica), tener hijos, es guap@, el sexo,… incluso me siento muy bien con ella/él (es muy gratificante desde el punto de vista de los sentimientos), tiene un gran sentido del humor, nos divertimos. ¿Qué puede pasar? que no vengan los hijos,… que le vaya mal económicamente, que pase una mala temporada que se le agria el carácter y entonces… ¿qué hago? Si me voy, no estaba unido con ella/él, sino con “los hijos posibles”, con el dinero, con su aporte sentimental, etc., pero no con ella/él, ella/él es todo eso, pero también algo más que eso. Si me quedo, entonces la razón no era tal, era un motivo, un impulso, pero no la razón que lleva a escogerla como pareja. En toda pareja que dure un tiempo se pasa una temporada donde cada uno de los motivos posibles hace crisis.

La persona se define a partir de su intimidad, que es justamente lo no objetivizable, lo que no se puede convertir en objeto. Amar es compartir la intimidad y para eso debo conocer a la persona en profundidad, debo compartir sus sentimientos, conocer sus gustos. Atentos porque no es un conocimiento experimental, matemático,… algo que trocea la persona, la divide para irla conociendo por sectores. Así no se la conoce nunca, se conoce todo menos la persona: cualidades, condiciones, etc., en resumen lo objetivable… y lo que buscamos es el sujeto, no el objeto. Muy acertadamente Salinas dice en una de sus poesías: «No necesito tiempo para saber cómo eres, conocerse es el relámpago». Es un conocimiento que podríamos calificar de globalidad, que se da en momentos, en encuentros reales con el tú que es la otra persona. Dicho en una palabra: enamorarse.

No quiero decir que no haga falta un tiempo, hace falta: el sujeto y el objeto de algún modo son inseparables. En el proceso del establecer una pareja, de formación de los sentimientos, de formación del hogar común, hay que redefinir los valores de todo, hay que reconocer de nuevo el mundo, que ahora tiene un nuevo color. Ya hemos dicho que el amor es una revolución de dos personas (Alberoni). El encuentro de los dos no necesita tiempo, la revolución necesita tiempo.

Se me ha olvidado decir que con los compromisos se construye y crece la intimidad. Cuando estos compromisos se van encajando de modo coherente unos con otros, de modo que la intimidad los vaya admitiendo y por así decir, transformando en si misma, surge una intimidad fluida: la persona que vive a gusto consigo misma. Este es el nudo entre libertad y compromiso, la libertad “necesariamente” decide, pero nuestra intimidad, nosotros como la persona que somos, solo crecemos cuando nos comprometemos.

Termino en el mismo punto que comenzaba esta entrada: Una persona debe encontrar y escoger el amor, eso es encontrar sus compromisos. La libertad que es algo amplio es constructiva cuando se alía con el amor, creando esa tríada: amor, libertad, comromiso. El amor es lo que realiza la unión, lo único por tanto que nos une verdaderamente. Bajado al terreno práctico, al que nos puede ayudar en el día a día, esto significa que, cualquier unión de personas que no tenga compromiso, respeto a la finalidad del otro, termina siendo simple utilización.

Las personas y las cosas

Esta entrada es un homenaje a Martin Buber y a su libro Yo y Tu, que me maravilló allá por el año 1985 y del que no he dejado de sacar enseñanzas.

mar-amanecer-1Hay dos prismas con los que vemos el mundo, prismas que nos hacen establecer 2 tipos de relaciones. Los dos primas son (a) ver algo/alguien como igual, como merecedor de respeto en su existencia tanto como nosotros, algo/alguien que existe en el mundo por su propio derecho, derecho que es igual a nuestro derecho a la existencia. Este prisma establece relaciones entre iguales, una relación entre dos sujetos que tienen el mismo derecho a la existencia. Esta es la relación Yo-Tu de Buber. (b) Ver a alguien/algo como portador de un interés nuestro, alguien/algo que nos interesa por cualquier motivo, pero nos interesa a nosotros. Desde este prisma ese alguien/algo no es igual a nosotros, no tiene el mismo derecho a la existencia, sino que es portador de un interés, tiene para nosotros una característica instrumental: nos sirve para algo. Esta es la relación Yo-Ello de Buber.

Quedaría (c) un tercer prisma, que también es intuitivo y emocional, que es el que descubre en algo/alguien que «es más grande que yo», no solo descubro que tiene un derecho a la existencia igual al mío, sino que «es más grande que yo», me supera, yo mismo me encuentro incluido en ese algo/alguien. Este es un descubrimiento existencial increíble. «Es algo más grande que yo, pero yo lo puedo comprender». Esto es un misterio, ya que descubro con claridad que es más grande, sin embargo yo, más pequeño, veo eso más grande; por lo tanto, de algún modo soy también grande, sino no podría ver lo que es más grande, no podría descubrir su grandeza (lo pequeño no puede abarcar lo grande), yo soy algo pequeño que abarca algo grande. Para Buber esta relación no es un prisma de relación específico, sino que se encuentra en el fondo de cualquier relación Yo-Tu verdaderamente establecida. Para mí lo que dice Buber es cierto, pero también hay «experiencias cumbre» (Maslow) que nos hacen descubrir este prisma directamente, por ejemplo, un amanecer en medio del mar mecido por las olas y viendo aparece los primeros rayos de sol del alba, que de repente iluminan los farallones de la costa que parecía lejana y que se ha acercado para reflejar el sol naciente. Un espectáculo de una belleza, que descubro más grande que yo y que yo, pequeño ser en una barca a merced de las olas, de ningún modo podría imaginar solo. La belleza es siempre algo más grande que yo.

Así, conjugando estos 3 tipos de relación,  se establece una distinción fundamental, básica de la existencia, la distinción entre sujetos y objetos. Sujetos son aquellos con los que establezco relaciones de iguales, que descubro, y lo descubro intuitiva y emocionalmente, que tienen tanto derecho a la existencia como yo. Ya no son algo, sino siempre alguien. Ojo, no me refiero solo a personas, aunque esta sea la referencia paradigmática, sino también puede ser a un árbol, un animal, una zona geográfica, el entero planeta. Veo que tiene derecho a la existencia igual al mío, y este descubrimiento pone una base de respeto, que siempre es respeto mutuo en la relación.

Objetos, cosas, son aquello que ya no es alguien, sino algo, algo que me sirve para, que tiene finalidad para mí, que pongo al servicio de mi propia existencia, incluso que en su conjunto me son necesarios para mi propia existencia. Son los medios o instrumentos que utilizo para cubrir mis necesidades.

Objetos siempre existen, necesitamos cosas para vivir y para sobrevivir como los seres animales y racionales (persona) que somos: comida, aire, libros, dinero, una casa, etc. etc. Todas las cosas tienen un aspecto utilitario para nosotros, las utilizamos, las sometemos a finalidades que no vienen en el objeto, en la cosa, sino finalidades que son nuestras, que como sujeto ponemos a las cosas. Este poner finalidad es la esencia del ser sujeto y de ser persona, y también la vía del sometimiento del mundo a nuestra finalidad propia, decidida por nosotros. Por tanto es también el comienzo del sometimiento y del vaciamiento de sentido del objeto, igual que una zanahoria, comida, deja de ser ella misma para convertirse en el sujeto que, al comerla, la ha sometido a su propia finalidad.

Por tanto, la distinción fundamental de la existencia es la que existe entre sujetos y objetos: sujetos que tienen el propio fin, objetos que no lo tienen, sino que adquieren el que el sujeto les da. En realidad las cosas, los objetos, también tienen su fin propio. Por ejemplo, un árbol, desde un cierto punto de vista es una cosa, se le puede cultivar, sacar fruto o madera, pero también tiene su fin propio: es un ser biológico, que está insertado en la ecología del planeta, tiene una naturaleza propia y si la fuerzo demasiado termino por destruirla.

El punto clave va a estar en si el sujeto, al imprimir su finalidad personal al objeto, respeta la finalidad propia de este. Esto es lo que ha pasado con la civilización de matriz occidental, y en mayor o menor medida con todas las civilizaciones, que ha tratado todo como objetos, sin respetar su finalidad propia, desconociéndola, como simples medios al servicio del hombre, y ha perdido el sentido de las cosas, su inserción en realidades más grandes, como por ejemplo tal como acabamos de indicar la ecología del planeta.

Aquí aparece la función de nuestro prisma (c): hay cosas más grandes que yo. Si no se descubre esto, se acaba no respetando el ser de los objetos, de las cosas, considerándolas solo eso, cosas, y se acaba destruyendo el mismo suelo en que el sujeto, la persona, vive. Esto es un tema global, social, pero también un tema personal: cada persona vive respetando o no el ser las cosas que utiliza, o no.

La distinción entre personas y cosas que venimos trabajando, tiene un reflejo en el lenguaje común: la que existe entre sujetos y objetos, y responde a las preguntas quién y qué muy claras en el lenguaje y también a las nociones de alguien y algo; de modo que si entra alguien en una habitación donde estamos y le hemos visto claramente y preguntamos: ¿qué ha entrado?, la pregunta resulta claramente despectiva. Nuestro punto de partida es que sujeto es el que se marca el fin por sí mismo, objeto el que no tiene fin por sí mismo, sino que es medio o instrumento. Aunque ya hemos dicho también que todo tiene un fin propio, algo es objeto en la medida en que es utilizado por alguien y este alguien tiene una finalidad propia personal que no es la del objeto.

Según esa distinción, sujetos-objetos, procedentes de las 2 actitudes básicas, Yo-Tu, martin buberYo-Ello, se generan 2 formas de actuación o tipos de conducta fundamentales en el sujeto. En la  terminología clásica una actitud ligada a un tipo de conducta que se repite, se denominaría virtud. Luego simplificando, hay dos virtudes fundamentales. La primera es la justicia para la relación con las cosas (con objetos que son medios, en tanto que son medios). La segunda es el amor para relacionarse con personas directamente (los sujetos, que tienen un fin en sí). Ambas se corresponden con lo que llamamos lógica del tener y lógica del ser. La justicia construye el tener, el amor al ser.

Así tenemos dos prismas de la existencia. Del ser y del tener, del amor y de la justicia. Aunque habría que aclarar que si no se llega a descubrir el tercer prisma, el de la existencia de algo/alguien mayor que nosotros, se puede llegar en una degradación de la persona, que pierde primero la idea del respeto del fin propio de lo que utiliza como medio, es decir, pierde la idea de justicia. Segundo, con un proceso lógico, desde ahí pierde el prisma de relación entre iguales y la persona se sitúa como centro exclusivo. En este caso este tipo de persona solo establece relaciones con cosas, es decir también «utiliza» a las personas solo como objetos o cosas.