Identidad y lucha por el poder en las relaciones

Dentro de la idea de persona que surge de considerar las emociones y sentimientos como parte integral de esta, quiero seguir hablando de las relaciones sociales y como nuestro sistema emocional está configurado para vivir en relación y necesita estas para desarrollarse. Hoy me quiero fijar en la relación entre relaciones e identidad.20662144_s

Es sorprendente el peso de la identidad en las relaciones y su presencia indica lo fuertemente sociales que somos: nuestra identidad tiene un recorrido existencial a través de las validaciones recibidas de otras personas.

Establecemos dos tipos de relaciones sociales: de igualdad y de jerarquía. Aquí nos vamos a referir en principio a las relaciones de igualdad que son las que permiten el intercambio de intimidad y que son las relaciones de amistad (la relación igual en esencia) y la pareja. Las relaciones jerárquicas entran aquí en la medida en que se basan en el respeto y por ello en la medida en que se establecen sobre una base de igualdad, algo que puede establecerse de hecho en ese tipo de relaciones, y que en mi opinión “debería ser” parte integrante de todas ellas.

Todas las relaciones de igualdad sanas (también las hay que no lo son y en la medida en que no son sanas no respetan la igualdad) poseen un aspecto de reconocimiento de la identidad del otro. De las dimensiones que afectan a una relación, la identidad es la primera en aparecer y regula además la profundidad de la relación. Para que una relación tenga profundidad es necesaria una gran confianza entre ambas personas y para ello es necesario que entre ambos caigan las barreras que levantan los miedos sociales que toda persona posee. Estos miedos van a caer si, y solo si, cada uno de los dos integrantes de la relación ve afirmada la propia identidad por la otra persona, es decir si se siente aceptado. De este modo el reconocimiento de la valía del otro es un camino necesario para el establecimiento de relaciones personales estables.

En realidad en toda relación cada sujeto que interviene en ella busca un equilibrio entre reconocer la identidad del otro y recibir validación por parte del otro de la propia identidad. Cuanto mayor es reconocimiento y validación mayor es la profundidad de la relación porque, como ya he dicho, el miedo social disminuye. En su fondo el reconocimiento consiste en afirmar a la otra persona como sujeto igual a nosotros. La validación es entendida como afirmación de la propia identidad, algo que constituye una profunda necesidad en todas las personas. El punto conflictivo para cada persona está en que de algún modo el propio ser es consciente que depende para su validación, para establecerse como ser valioso, de otra persona, y esta dependencia es la que hace buscar ese equilibrio entre reconocer-validar. Las relaciones donde se permite la entrada en la intimidad son entre iguales, como hemos dicho, y cada persona instintivamente percibe ese necesidad de igualdad y de algún modo la exige.

De este modo si una persona en una relación reconoce la identidad (el valor) del otro, va a ir cesando en ese reconocimiento si no ve a su vez reconocido su propio valor, es decir si no recibe validación por parte de la otra persona. Esta es una lucha que se establece en todas las relaciones: cuando una de las dos personas cesa de validar al otro, el otro empezará a advertir su propia necesidad de ser reconocido e iniciará una pelea para obtener validación.

Evidentemente hay otras relaciones entre las personas, las que arriba he denominado relaciones entre iguales no-sanas, que aparentemente son entre iguales, pero no hay por parte de uno de los integrantes respeto de la identidad del otro. También están relaciones de jerarquía (que se establecen para la adjudicación de recursos). Dejando la salvedad de que puedan establecerse sobre el respeto, de partida son relaciones entre desiguales. En toda relación entre desiguales la base emocional no es la confianza y la apertura personal sino el miedo (en el sujeto que se sitúa debajo) y enfado (en la que se sitúa encima). Es decir se trata de relaciones que establecen precisamente jerarquía y poder: sitúan a una persona sobre otra. Una consecuencia es que las relaciones de poder no se establecen como relaciones personales (no hay acceso a la intimidad), ya he dicho que son para acceder a los recursos y pueden mantenerse en la medida en que los recursos lleguen. En cuanto estos recursos (el beneficio que se obtiene de la sumisión) desaparezcan, quien esté situado debajo empezará a tratar de mover la relación: o bien deshacerse de ella o encontrar en ella una situación de mayor poder.

En la realidad, como ya he apuntado, es posible que ambos tipos de relación se den simultáneamente, es decir relaciones que tienen aspecto de poder y jerarquía, y que también tienen un aspecto personal. Ambos tipos de relación pueden surgir del otro: relaciones personales que se convierten en relaciones de poder y viceversa. El equilibrio se va a establecer entre los recursos y la pareja reconocimiento-validación.

Cada sistema emocional (cada persona) va a hacer una valoración de ambos y decidir la satisfacción de la relación. Hay que advertir que en este punto a veces la valoración consciente de una relación y la emocional pueden ser radicalmente diferentes. Por ejemplo una persona que tiene malas relaciones con su jefe en el trabajo decide seguir por la seguridad del sueldo. Esta decisión consciente puede ser contrastada, y a veces fuertemente contrastada, por el sistema emocional, y la persona experimenta un fuerte malestar personal que incluso le puede costar reconocer de dónde procede, pero que le produce una fuerte pérdida de ilusión y de ganas, aunque se repita que no le pasa nada. De nuevo el ejemplo subraya la importancia que nuestro sistema emocional concede a las relaciones personales y al juego reconocimiento-validación, ya que si no percibe validación, tarde o temprano va a generar malestar, aunque los recursos recibidos en la relación sean considerables. El sistema emocional opta con frecuencia por la propia valoración como persona, por su propia identidad, antes que por recursos. Por decirlo de un modo sencillo opta por encontrarse bien aunque obtenga menos recursos de la relación.

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