La esperanza (8): El regalo

8153455_sHay un mundo del regalo. El regalo no es un hecho aislado, es un mundo entero. Todo es un gran regalo, pero hay que descubrirlo. Hay personas que pasan toda la vida en el mundo de la competencia, de la lucha y nunca llegan a entrar en el mundo del regalo, de la gratuidad, ni siquiera llegan a vislumbrarlo. Todo les ha costado mucho. Todo son competidores y conquistas o derrotas. Todo es una necesidad de afirmarse. Piensan que afirmándose con su lucha matarán la inquietud. Pero por ese camino la inquietud crece. Objetivo tras objetivo alimentan la inquietud, pero es un alimento que la trasforma en desasosiego. Solo hay paz, acogida, descanso en el mundo del regalo.

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La esperanza (7): La ternura

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Por paradójico que parezca, quien no ha experimentado la soledad no es hombre. Ser hombre es experimentar la soledad, sentir su mordisco en las entrañas, notar la fundamental carencia de un seno materno, de alguien que venga en la noche, cuando hay tormenta y lloramos. Quien no ha vivido esto y lo ha aceptado y lo ha asimilado, no es hombre: se convierte en una roca, en un objeto, en insensible. La independencia sugiere: “vuélvete insensible”, “estabilízalo todo”, “sé tú mismo”, “no sientas la necesidad de compañía, no te la reconozcas, desvíala siempre que la encuentres”, porque sabe que el sentimiento puede hacerte débil, trajinarte, arrastrarte por el suelo … ¡y es verdad!. Lo mejor es la insensibilidad. Hemos hecho, todos, todos y durante mucho tiempo, de la insensibilidad un ideal, el único posible y nos cuesta reconocer que somos un niño asustado, nos cuesta reconocer que lloramos y el valor de nuestras lágrimas, nos cuesta quitarnos los caparazones, las corazas que descubren al niño asustado, … y todo por temor, por miedo, … ¿qué fuerzas no aparecerían si dejásemos libre nuestra capacidad de sentir?

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La esperanza (5): El presente

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En el ahora no hay conquista, sólo amor. El ahora no se abre a la fuerza, sino al amor. El amor es la única fuerza capaz de arreglar el mundo. No hay violencia capaz de poseer el presente. Es más, para vivir en el presente hay que renunciar, así, renunciar expresamente a todas las violencias. En la llave del presente están incluidas todas las llaves; en realidad es la única llave que vale la pena. Frente a ella todas las demás son huidas. El que trata de vivir en el futuro, en realidad huye del presente, por eso no logra nada.

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La esperanza (4): La inquietud

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La esperanza recoge el futuro en el presente. No te lanza hacia el futuro, te lo da ahora. Por eso no siembra la inquietud, sino la paz. La paz es siempre presente, es gozar de lo que se tiene, en lo que se disfruta. Pero eso en el tiempo no es posible si no se posee el tiempo. La esperanza me da el tiempo, me concede todo el tiempo de mi vida para que yo lo goce ahora. En el ahora gozo todo el amor y todos los deleites del amor; no estoy intranquilo porque el momento pasa: la esperanza me ha dado ya el momento siguiente y el siguiente … mi amor está conmigo ahora, ya, … y todo el tiempo con él.

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La esperanza (2): el instante

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¿Por qué no sumergirse en el instante? ¡Qué lógico buscar un “desconectador” para ese pasado, pues me está lastrando el presente! “¿Por qué debo cargar con las decisiones, sobre todo esas que se me han hecho tan pesadas? ¡Libérate!”, es la sugerencia que nos aflora incontenible. Otra vez la inquietud: “la vida no puede ser tan estrecha, tan injusta, tan desagradecida, uno no puede vivir así, lastrado, con esa masa de plomo que no se puede levantar”. Liberarse del pasado es liberarse de una carga, es la promesa de vivir feliz, “¡al menos hoy!, ¡esta noche!, ya pensaremos mañana, mañana cargaremos de nuevo con la vida, pero ahora, ¡no!”. Hemos encontrado todos los “desconectadores” del mundo, los hemos investigado, hemos profundizado en sus cualidades, sus efectos sedantes o euforizantes, porque sus efectos colaterales, a veces, nos importan bien poco, sólo el central: desconectar, desconectar. La humanidad los ha encontrado todos, “sólo tengo que recorrer caminos mil veces trillados, no soy el primero que los recorre, eso me ayuda; sólo tengo que buscar donde otros ya estuvieron”. Todos los desconectadores, haya que beberlos o inhalarlos, inyectarlos en vena, o simplemente embriagar la mente con el éxito: jugarle al azar, desnudado de su verdadera fuerza, desnudo de todo, azar puro; emborracharse de éxito frente al azar, aunque siempre al final se cobre sus buenos dividendos, “no me importan los cálculos, quiero ganar”.

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La esperanza (1): el tiempo

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La esperanza

Esta es una serie de etapas para el caminante. La vida es un camino y hay que emprenderlo. Un recorrido por la esperanza que tiene varias etapas, las etapas de nuestro camino existencial, que tanto va por llanos con facilidad como se encuentra frente a escarpadas montañas que se interponen en el camino. Nuestras ocho etapas son: El tiempo, el instante, la soledad, la inquietud, el presente, el control y la ternura, para terminar en el regalo. Cada una tendrá su propia entrada.

Es necesario hacer una pequeña advertencia. Leer estas líneas tiene una llave: hay que escanciar poco a poco las palabras para evitar embriagarse con ellas y perder su significado. Su sentido se cierra a quien las lee rápidamente, a quien no las paladea. Como con el buen vino hay que dejar que estén un rato en la boca, dejando que nos impregne su aroma, antes de hacerlas pasar. Solo así nos abren su mundo.

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El desencantamiento (enamoramiento-11)

He hablado, y mucho, del encantamiento. También existe el desencantamiento.

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Como hemos visto, el encantamiento es una concentración de la atención en lo que interesa, pero en aquello que interesa en cuanto fin de nuestra vida.  Si desaparece, o dejamos de sentirlo, los objetivos quedan desvaídos y en tal caso, aunque se pongan medios, aunque se hagan las mismas cosas que antes se hacían, aparece la rutina, el tedio: se ha perdido la claridad del fin, no se sabe hacia dónde se va, para qué se hacen las cosas. Si desaparece el encantamiento desparece la ilusión. Sigue leyendo