La religión en la pirámide de Maslow

Vamos a ver ahora en qué nivel de la pirámide de Maslow inciden la religión y/o espiritualidad. Claramente, y esa es su función esencial, tiene que ver con el nivel 5: Sentido de la vida y autorrealización. La religión constituye para la mayoría de las personas existentes el modo de solucionar esas necesidades del nivel quinto, aunque no la única. Pero dado que la función histórica de la religión ha sido y es bastante amplia cabría preguntarse si incide en algún otro nivel de la pirámide y la respuesta sería positiva.

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«Libertad desde» … y autodominio

La noción de autodominio es indispensable a la libertad, especialmente a la «libertad desde». El autodominio es la capacidad de establecer mecanismos que hagan que  los impulsos afloren a la conciencia, de modo que se introduzca el espacio de la reflexión. Un esfuerzo permanente por conocerse mejor, aceptarse, e integrar todos los niveles de la persona. De tal modo que llegue a ser ese yo integrado el que domina en la conducta. Todos los impulsos, tendencias, condicionamientos, etc., de la interioridad del hombre/mujer existen. La libertad es una luz en la cima de todos ellos. Para que aparezca esa luz el hombre debe hacer esa conquista que se llama autodominio: debe separar impulso y respuesta, debe meter un espacio que le permita elegir.bacchus

La noción de autodominio que se defiende aquí no es la que se basa en el dominio de los impulsos, noción ampliamente difundida en la historia, especialmente desde los ambientes culturales cristianos y que en el fondo piensa que los impulsos son malos, contrarios a la dignidad del hombre. Desde ese punto de vista, la razón, la reflexión es vista como opuesta y contraria a los impulsos. Esta noción establece una encarnizada lucha a muerte entre las diversas instancias del hombre, especialmente las denominadas razón e impulsos.

Caravaggio2La noción de autodominio que se defiende aquí es una noción que busca integrar lo que hemos denominado los tres niveles del hombre: biológico, psicológico y racional. En vez de conflicto, se busca una síntesis, síntesis que se encuentra en los sentimientos, que constituyen la elaboración interna de la vivencia del ser humano. En el lenguaje común se trataría de una síntesis que se realiza en el corazón. Educar los sentimientos se convertiría en su clave.

El rasgo de la plasticidad completa la idea del autodominio, porque la persona debe conformarse según una cierta forma que no está decidida por la biología. El autodominio debe trabajar para definirnos como persona, algo que sería imposible sin la plasticidad. Se trata aquí de los hábitos y costumbres que el ser humano va a adquirir y conformarán su conducta, de los rasgos de carácter que debe educar, etc., hasta por ejemplo al body building, este puede existir y es una señal precisamente de esta plasticidad del hombre: puedo cultivar mi cuerpo en una cierta manera que decido yo. El hombre/mujer, cada persona en particular, no es un ser decidido, sino un ser por decidirse, que necesita la decisión para llegar a ser quien es.

 

 

¿Qué es la conciencia?

La definición de conciencia es complicada, la psicología utiliza el símil de la escena de un degas-014teatro: el foco que ilumina al protagonista pone la figura, aquello en que está en nuestra atención, el resto sería el fondo, todos los comparsas, que puede ser iluminado para centrar la atención y así pasar a ser figura. Evidentemente esto es solo un símil, un ejemplo, y no una representación de la realidad de lo que es la conciencia, algo que resulta útil para poder trabajar con ello. La conciencia es algo mucho complejo.

Jugar con figura y fondo es jugar con la percepción, no todo lo que percibimos está en la atención, es figura, muchas cosas quedan en el fondo, pero están ahí e influyen. El trabajo con la conciencia es trabajo con la percepción. Hay una idea del ser humano en la que este mecanismo de la conciencia es central: sacar a la conciencia, poder utilizar el foco de la atención es lo que posibilita la libertad, por así decir, el control de cuál es la figura que se elige y desde ahí poder elegir la propia conducta.

En realidad hay un montón de elementos posibles en la conciencia en cada momento, pero solo podemos atender unos pocos. Las mujeres de media de 7 a 9, los hombres de 5 a 7, los demás escapan a la atención. Muchos ejercicios de observación y autoconocimiento consisten precisamente en aprender a enfocar todas esas cosas que percibimos pero quedan fuera del foco de atención habitual.

Además está el subconsciente, lo que está debajo de la conciencia. Aquí no solo juega la degas.etoilefigura y el fondo, no solo hay cosas en el fondo, que pueden ser enfocadas, también hay cosas debajo de la conciencia, que no pueden ser enfocadas, que se desconocen. Lo que queda debajo de la conciencia sería el subconsciente, que realmente existe e influye, pero es desconocido, no tiene nombre, es decir, pertenece a la selva, a lo no civilizado, a lo que está fuera del dominio racional del ser humano. Se trata de lo instintivo no reconocido, de vivencias no asimiladas, creencias introyectadas, etc., todos los elementos que actúan, y con mucha fuerza, pero sin hacerse conscientes, por tanto sin control. Si se funciona por elementos subconscientes no se es libre. Para el control y para la libertad los elementos deben aflorar a ese escenario de la conciencia, algo que es posible, pero que indudablemente significa un trabajo. Un trabajo que nos hace ir de la figura al fondo, yendo cada vez más hacia el fondo.

Cualquier trabajo de autoconocimiento, también el trabajo de un terapeuta, en realidad consiste en  sacar a la conciencia lo que está escondido debajo de ella para que de ese modo, al hacerse consciente, la persona pueda ponerle nombre, y así poder decidir sobre ello, y hacerse libre. También este trabajo es imprescindible para la autenticidad: quien no sabe lo que le impulsa a actuar, quien no conoce lo que siente, difícilmente va a poder ser auténtico. Este es un primer nivel imprescindible para la  autenticidad, conocer lo que siente en realidad. Le podemos llamar honestidad, porque implica reconocer lo que siento, algo que en la relación social ocultamos con mucha frecuencia. Honestidad sería entonces, reconocerse, aceptar lo que aparece a nivel de la conciencia.

Subconsciente e instintos: «libertad desde»

Hasta ahora, en las entradas anteriores sobre libertad, tenemos establecidas dos cosas. La Silberbachtal # 16 - Bach, Herbstlaub und bemooste Felsen - Creek, autumn foliage, and mossy rocksprimera el hombre debe elegir su comportamiento entre varias posibilidades y esto sólo lo puede hacer porque entre estímulo y respuesta hay un espacio que permite ponderar, elegir. Si el hombre que caza de nuestro ejemplo no volviese sobre lo sucedido, no crearía nunca ningún nuevo comportamiento. Ese volver sobre lo sucedido, es la pregunta sobre el porqué de la muerte del ternero, a eso le denominamos reflexión, como se puede ver, introduce un espacio en el comportamiento instintivo fijo. Estamos ante la aparición de la conciencia.

Segunda cosa que está establecida. Las diversas posibilidades, aunque con una base en las necesidades del hombre, han sido creadas por el mismo hombre en su contacto con el entorno, es decir son culturales; las aprendo por mí mismo o de lo que me enseñan los anteriores a mí. El aprendizaje es un elemento humano: el hombre puede trasmitir su experiencia, los nuevos comportamientos que ha creado. En el campo sexual esto es increíblemente claro: existen todos los comportamientos posibles, todos los comportamientos que es dado imaginar. Mientras el comportamiento sexual para los animales se atañe a pautas muy fijas, épocas del año, etc., si hacemos un poco de sociología encontramos todas las posibilidades para el hombre, más de lo que a una sola persona es dado imaginar.

Aquí aparece la noción de libertad, que es específicamente humana, ya que solamente el hombre debe elegir su conducta. También constatamos que, para llegar a poder elegir una conducta se precisa antes una ardua labor. La libertad se convierte en una conquista en los dos sentidos que estamos señalando. Primero, el hombre está sometido a todas las leyes de la necesidad, a las leyes físicas y biológicas, en ellas va edificando sus posibilidades de actuación. La libertad es posible en tanto en cuanto el hombre es capaz personalmente de establecer ese espacio entre estímulo y respuesta, si es capaz de hacer aflorar las cosas a su conciencia y así darse la posibilidad de decidir. Si ese espacio desaparece, desaparece la misma posibilidad de la libertad. La libertad así es la capacidad de sacar a la conciencia, de decidir donde cae el foco del interés, de reflexión, de ponderación, de volver sobre lo hecho y rectificar errores. Desde este punto de vista la libertad es el espacio que queda entre el yo y la conducta. El hombre es libre porque puede separarse de su conducta. El animal no se puede separar de su conducta: «el animal es su propia conducta», según una afirmación de Marx.

Silberbachtal # 9 - Wasserfall, Klippen und Farn - Waterfall, cliffs and fernPuesto que en el hombre yo y conducta son separables, la persona no se identifica nunca totalmente con lo que hace, cualquiera es capaz de decir eso no es totalmente yo, lo puedo mejorar. Ahí, en la capacidad de mejorar se inicia la grandeza del hombre y también su miseria, pues puede quedar atrapado en leyes de la necesidad.

Estamos hablando de lo que se llama «libertad desde», que es un primer integrante de la libertad, que da la capacidad de decidir. El hombre no es simplemente una cabecita pensante, un espíritu separado del mundo, que incluso lo pone y que es plenamente objetivo con respecto a ese mundo, como pretenden los racionalismos. El hombre está sometido a todos las fuerzas existentes en el mundo, se encuentra, por así decir, sumergido en el cosmos del que forma parte. La conexión con el cosmos es el propio cuerpo, la propia sensibilidad, el contacto con la tierra. La libertad comienza cuando todo ese contacto, toda esa sensibilidad aflora a la conciencia. El subconsciente no es algo sencillamente negativo, es negativo cuando no lo hacemos consciente, cuando no contamos con él, cuando lo negamos, cuando pensamos que todo su contenido es negativo. Ha sido mérito de Freud precisamente en poner el subconsciente en el punto de atención. Debajo de la conciencia está ese subconsciente que nos trae y nos recuerda nuestras necesidades, nuestra conexión con la tierra, allí siguen estando los impulsos y emociones y sentimientos, aunque no les hayamos hecho caso.

Son obstáculos a esta libertad todos los condicionamientos internos del hombre: lo que hemos recluido al subconsciente, las deficiencias de educación, de control de carácter, las adiciones, etc. Es decir, no cualquier impulso, sino el impulso no aceptado no reconocido y también su estructuración deficiente, deficiente precisamente por negación.

La libertad es una fuerza vital que utiliza de modo positivo la sensibilidad, los impulsos y las emociones y sentimientos, y de ese modo establece la paz sobre todos los condicionamientos, tensiones, pulsiones, solicitaciones… y estas fuerzas son a veces tan fuertes que la libertad del hombre parece una débil nave en medio de la tormenta, siempre a punto de naufragar, pero su fuerza vital, sus deseos de vivir pueden terminar resultando la fuerza más poderosa.

Photo: http://www.martin-liebermann.de

La libertad. El hábitat del ser humano

10343571_sUna conclusión importante de nuestro ejemplo de la caza y los perros: el ser humano se interesa por cosas que en principio no le interesan, es decir, que no le interesan desde el punto de vista de las necesidades biológicas más primarias. Por ejemplo, desde ese punto de vista un leño no tiene significado para el hombre/mujer, como tampoco para el perro, quiero decir que un leño no entra dentro de la dieta del perro ni del hombre, por eso al perro sus instintos no se lo señalan y no se interesa por los leños en sí mismos. Sin embargo para el hombre el interés viene añadido del modo que hemos visto: por la experiencia. Iniciando así el proceso, el hombre termina interesándo­se por todas las cosas, su hábitat es el mundo: potencialmente todo. La palabra “termina” es importante, porque de salida no es así y no solemos darnos cuenta: no somos “directamente” objetivos, sino “reflexivamente” objetivos. He puesto muchas veces el ejemplo de que, al subir a un autobús, un chico hetero localiza sin ningún esfuerzo las minifaldas que haya,… para localizar a las viejecitas tiene que hacer positivamente un esfuerzo.

Por el contrario, para el animal su hábitat, la zona geográfica donde vive viene delimitada por sus intereses, que vienen específica­mente delimitados por su dotación instintiva. El hombre es capaz de convertir en hábitat humano, de humanizar cualquier ambiente, aunque inicialmente sea hostil: el hombre vive desde el ecuador a los polos, y ahora ya ha conseguido incluso poner un pie en la luna. Sintéticamente se puede decir que el hombre vive en el mundo, mientras que el animal solamente tiene perimundo. Utilizamos la palabra colonizar, el hombre coloniza, el animal no coloniza, vive donde le es posible, mientras que el hombre busca y termina hallando el modo de vivir, donde antes no le era posible.

Afirmar que el animal tiene perimundo y el hombre tiene mundo, sería un modo de razonar blanco y negro: y debe ser matizado, como todos los razonamientos absolutos. El hombre parte siempre de su perimundo, como cualquier otro animal y podríamos pensar que lo que denominamos mundo, en realidad es otro perimundo, quizá más amplio, pero perimundo al fin y al cabo. No hay que perder de vista las propias limitaciones y alzarse enseguida a visiones objetivas globales que normalmente terminan siendo falsas. Olvidar esta idea nos haría solo antropocéntricos: el hombre coloniza y hace propios los hábitat a los que va llegando pero solo en función de sus propios intereses y necesidades, y de ese modo con una fuerte capacidad destructiva de aquello que le desagrada. Creo que no hace falta demostrar este punto.

También hay que matizar el tema en referencia a los animales porque parece en lo que decimos, que las diferentes especies están estrictamente limitadas en hábitat definidos, y esto no es así. Tenemos cotidianamente ejemplos de especies, tanto animales como vegetales, que colonizan hábitat que nos son el suyo original, presionados por la necesidad de sobrevivir. Tienen capacidad de colonizar, aunque esta capacidad es muy limitada: no coloniza en el sentido de transformar, adecuar, sino en la medida de que es capaz de satisfacer en ese nuevo hábitat sus necesidades, algo que limita mucho esa capacidad en relación con el hombre. Es decir el ser humano adecua el nuevo hábitat a sus necesidades utilizando herramientas, algo que los demás seres vivos no hacen.

Desde aquí podemos hablar de la pretensión de ser objetivo que tiene el hombre. Objetivo significa interesado por la cosa tal como es en sí, no solo en su referencia al sujeto, lo que sería lo mismo que decir a las necesidades del sujeto. El hombre parte de una visión impulsada por sus necesidades, no una visión objetiva en sí. Aunque, como muy bien ha puesto de relieve A. Maslow, también las necesidades del hombre se van complicando y elaborando una pirámide, cuya cúspide tiene la capacidad de alcanzar el mundo entero. Este punto de vista permite incluir elementos muy lejanos de las necesidades biológicas más básicas, por ejemplo, viajar a la antártida, dentro del campo de necesidades del hombre. Este punto de vista matiza la idea de que existe una real visión «objetiva» del hombre, es decir una visión que se interesa solo por el objeto en sí. El hombre se interesaría siempre por las cosas en función de sus necesidades, entendiendo estas en el amplio sentido en que las entiende Maslow y solo con un gran trabajo va generando una visión más amplia. En mi opinión esta es una visión más cercana a la realidad.

Las diferencias entre el comportamiento humano y el animal

3398032_sAcabamos de afirmar en la entrada anterior que el hombre es un animal. Sin embargo las diferencias entre el comportamiento humano y el animal son también tantas que negarlas es también negar la evidencia: ningún animal hace rascacie­los, ni aviones, ni televisores, ni se mata entre sí de modo sistemático, ni hace guerras, etc. etc. como lo hace el hombre.

Si estos dos puntos: la similitud y la diferencia se tienen por asentados no extrañará que en un comportamiento concreto -el sexual- también se puedan encontrar similitudes y diferencias. Las similitudes son innegables, las diferen­cias también. Una idea de dónde surgen las diferencias en el terreno sexual nos la plantea Ortega: «Ya dijo Beaumarchais: ‘beber sin sed y amar en todo tiempo es lo único que diferencia al hombre del animal’. Esta bien, pero ¿que es preciso añadir al animal “amante” una (o dos) vez al año, para hacer de él una criatura que “ama” las cuatro estaciones? Aún quedándonos en el piso bajo de la sexualidad ¿cómo es posible que del animal, tan indolente en el amor, proceda el hombre, que se manifiesta en la materia tan superlativamente laborioso? Pronto caemos en la cuenta de que en el hombre prácticamente no existe, hablando en rigor, el instinto sexual, sino que se da casi siempre indisolublemente articulado, por lo menos con la fantasía (…) la lujuria no es un instinto, sino una creación específicamente humana -como la literatura-. En ambas el factor más importante es la imaginación».

Es decir el hombre ‘biológicamente’ es humano. Su nota distintiva, según todos los estudios actuales es la inespecificidad. Ya muchos antropólogos han notado que «el hombre es un mamífero prematuro. Gehlen destaca la dramática dificultad de la cría humana para poner a punto su aparato cinético. A los animales les bastan pocas horas o pocos días para hacerse con una escala de movimientos que, una vez montado, queda cerrada; al hombre en cambio esa tarea cuesta años. La razón está en la especialización del aparato motriz animal y en la no especializa­ción del propio hombre. Como contrapartida a esta no especialización, el hombre conseguirá una plasticidad de movimientos incomparablemente mayor que el animal» (A. Domingo Moratalla, El personalismo, 50).

La plasticidad se convierte en una caracter9153280_sística de lo humano y no se limita a la movilidad, de tal manera que, por ejemplo, un niño criado entre perros (no se puede decir “en un ambiente de perros”, porque propiamente los perros no crean en torno a sí un ambiente y la expresión de hecho pasa a significar otra cosa) se comporta como un perro, mientras que un perro criado en un ambiente de niños se sigue comportando como un perro, no pasa a comportarse como un niño. Esto es lo que la psicología moderna ha descubierto y que ha popularizado el film de Truffau sobre un niño salvaje encontrado el siglo pasado en un bosque de Francia. La plasticidad es tan importante que el niño necesita un ambiente humano para humanizarse y entre animales se animaliza. Fernando Savater lo expresa del siguiente modo: «La humanidad plena no es simplemente algo biológico, una determinación genéticamente programada como la que hace alcachofas a las alcachofas y pulpos a los pulpos». Esto lo hace para indicar que, en frase de Graham Greene: «ser humano es también un deber».

El hombre es un animal

Es ya un punto adquirido en la cultura y en la mentalidad común que el hombre no es 5919292_salgo diverso de los demás seres vivientes del planeta. Su organismo puede ser perfectamente clasificado entre los demás organismos biológicos: está claramente emparentado con los organismos animales, especialmente los mamíferos y entre estos los primates, hay una sustancial coincidencia en órganos (huesos, sistema circulatorio, etc.), tejidos, procesos fisiológicos, etc. Las coincidencias son tantísimas que negarlo hoy es negar una evidencia. Voy a hacer una defensa para los pensadores del pasado: para Aristóteles ya claramente el hombre es un animal y lo define como animal racional, razonar según Aristóteles es lo específico del hombre, pero siempre dentro de los animales.

Por ejemplo en la cultura existe la idea de que el hombre, en el fondo es un animal, simplemente recubierto por una capa de educación, y cuando se rasca un poco el animal aparece y este, con sus instintos salvajes, es imparable. Esta es la idea tan bellamente descrita por William Golding en «El Señor de las moscas»: un grupo de niños ingleses, de un colegio donde reciben buena educación, caen en una isla salvaje, sin ningún adulto entre ellos. Los niños comienzan a tratar de organizarse, pero enseguida aparecen bandas, y el conjunto va degenerando lentamente hasta el salvajismo más atroz: en una guerra por la comida (un cerdo) uno de los niños es asesinado por la banda contraria. Es muy significativo que muy pronto, los niños comienzan a pintarse la cara: es el tradicional modo en que los hombres se preparan para la guerra: el rostro es el símbolo más fuerte de lo humano, es necesario ocultarlo para ejecutar las acciones inhumanas, inciviles, para las acciones salvajes, para las acciones que tienden a la eliminación de la vida.

Sin embargo la idea de Golding identifica animal con la selva, con lo no civilizado, con la violencia, con la ausencia de reglas, con la ley del más fuerte, algo que se aleja de la realidad de lo que es el mundo animal y su sistema ecológico de funcionamiento. Más bien pone de relieve la mentalidad de los que pretenden separar hombres y animales como si no tuviesen puntos de contacto. Es para el hombre para quien haberse separado de la selva ha supuesto un salto, en civilización y en cultura. Y también en considerarse diferente a los animales… Y esto es lo que no es cierto.

El hombre, por muy civilizado o no, sigue siendo un animal, en concreto un mamífero, por lo que tiene en común con los mamíferos un sistema emocional. La paleontología ha comprobado esto de un modo ya difícilmente discutible.