El turista, una actitud ante la vida

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(Sigo con el turista después de una lectura de Gabriel Marcel sobre la actitud del espectador)

El objetivo fundamental de estas líneas es interrogarnos cómo es la vida del turista, de la persona que ha hecho de la actitud del turista el centro de su vida. Pienso que debido a la crisis y a la dificultad en la vida de tantas personas ha cambiado la idea de que la actitud del turista es el mejor modo de afrontar la vida. Para ilústralo utilizo 2 comentarios de periódico recogidos en la década de los 90, cuando la actitud del turista era desbordante en la cultura.

«Llegan las navidades. Son unas fiestas que particularmente no me gustan, aunque no dejo de celebrarlas, hago lo que creo que hace todo el mundo me atiborro a langostino, cordero, turrón polvorones, bebo champan a pesar de que no me gusta, preparo el Belén, en Nochebuena recuerdo la anterior y un mes antes me dedico a pensar en el 31, en el modelito, porque en realidad parecen los Carnavales. Todos somos como no somos, las uvas y… adiós 95, es día 1 y… simplemente es un día más, sólo que con resaca. Animo a todos los solitarios. Feliz Navidad. La encantadora de serpientes».

«La monotonía tediosa y aplastante de la vida cotidiana a veces puede verse compensada con la sensación grandiosa de asistir en directo a la exaltación de las masas como respuesta a un gesto de su ídolo; voces tapando la suya y emoción desbordada ante el hecho de su presencia. Si alguno de vosotros estuvo el 21 de noviembre en una sala del Paseo Virgen del Puerto, de Madrid, sabrá de qué hablo y compartirá mi opinión. La ficción es y será mi única realidad. Sirena».

He subrayado en los dos mensajes rasgos del turista. En el primero el anonimato: Todos somos como no somos. El turista no tiene identidad propia y se disfraza de otra. Eso es lo que justamente son los carnavales: una ocasión de anonimato. Poniéndonos la careta o el disfraz, despojarnos de nuestra vida y buscar otra que, al menos por un rato llene de sentido la nuestra. En los carnavales no se divierte quien no quiere dejar de ser quien es. El anonimato libra de la responsabilidad, la mochila de la vida responsable es excesiva para llevarla, el disfraz permite dejar ese peso.

 El segundo mensaje pone de relieve la aceptación consciente de que todo eso tiene algo de falso, pero no se puede vivir de otro modo, no hay otra opción para sacarle algo de sentido a la vida: la ficción es y será mi única realidad. De nuevo la realidad es excesivamente seria y exige demasiada responsabilidad. El turista deja el peso de su vida la responsabilidad del cotidiano, las facturas, los impuestos, las cargas,… coge una ligera mochila y se va de la realidad. Aunque sabe que hay ficción en ello.

En ambos casos hay un elemento común. La seguridad se encuentra, no en asumir la responsabilidad personalmente, sino en que todos lo hacen, “todos” están aquí en la fiesta: la seguridad no se apoya en la persona, sino en la masa. Sin ese respaldo, la persona dudaría. Hay una identificación, que en este caso es casi disolución, en la masa. Sin ella el fenómeno no se produce. Uno no se pone a bailar solo en casa: al menos hay que invitar unos cuantos, cuantos más mejor. Hace falta una masa para disolverse en ella.

Entonces… ¿por qué una actitud, que es necesaria, pero solo un tiempo, se puede convertir en central en la existencia? ¿Cuál es la raíz de esa actitud cuando se hace radical, cuando se hace motivo de una existencia? Se me ocurren dos condiciones.

            Primero. Tener presente la propia vida, querer vivirla con intensidad, implica como un presupuesto amarla, estar contento con ella… bueno, esto es muchísimo. Amar la propia vida es la base para poder vivirla, y significa muchísimas cosas: aceptar sus límites, estar contento con lo que tengo, etc. etc.

            Segundo. Tener un proyecto vital: es saber qué hacer en la vida, qué proyectos emprender, hacia donde ir, es aceptar las posibilidades que nos ha ofrecido la vida y estar contento y adaptado a ellas,… En resumen, es tener un sentido de la vida. Y, para eso, es necesario saber quién soy yo, qué es el mundo que me rodea, qué sentido tiene… Bueno, yo diría que todo eso es tener muchísimo.

            La raiz de la actitud del turista está ahí: no sabe qué hacer con la propia vida, quiere olvidarse, distraerse del curso de su propia vida. Esto lo indicaba muy bien el segundo mensaje que comenzaba: la monotonía tediosa y aplastante de la vida cotidiana. Es decir tiene un conflicto con su propia vida, que no acepta, la oculta, no la saca a paseo. Nos vemos forzados a admitir que al turista total no le gusta su vida (si le gustase no la escondería, no huiría de ella). Si no hay amor a la propia vida no hay proyecto, no se entiende la vida como un regalo, pierde su sentido. La vida parece una maldición de la que hay que huir.

            Como de todas formas estamos obligados a vivir, entonces: la ficción es y será mi única realidad, como nos decía nuestra amiga del mensaje. Se trata, de ser quien no puedes ser, pero que te gustaría ser: todos tus deseos realizados, por un tiempo, por un momento… y de nuevo a buscar otra emoción, porque la primera ya no llena. Una trasformación desde la vida monótona y aburrida en una vida donde todo es posible, todo lo que mi vida frustrante me ha negado.

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