El erotismo y el amor

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Esta entrada conecta con las 3 anteriores y sigo hablando de erotismo y enamoramiento.

El enamoramiento, que nace de la atracción erótica, otorga un sentido a la vida, y ligado al sentido de la vida entre los dos enamorados va apareciendo una creciente consciencia de la mutua pertenencia. El resultado es una radical disponibilidad de uno para el otro, que se experimenta como un regalo: cada uno de los amantes considera al otro como un regalo inmerecido.

La profundidad de este recíproco pertenecerse viene expresado por el pronombre “mío/a”, que aparece en el «Cantar de los cantares» sobre todo en boca de la esposa. Como dueña de la propia elección dice varias veces: Mi amado es para mi y yo soy para mi amado (Ct 2,16; 6,3 y 7.11). Hasta llegar al compromiso de la propia vida: Ponme cual sello sobre tu corazón, como sello en tu brazo, / porque fuerte como la muerte es el amor (Ct 8,6).

Nada como el amor abre todas las puertas del alma, concentra todas las energías en un objetivo: el encuentro personal. Los amantes existen uno para el otro. El yo descubre al tú y ese descubrimiento le regala su propia vida en su verdadera imagen reflejada en el amor del tú. Así el yo se constituye como persona. La libertad con que se regala gratuitamente la propia vida es respuesta a la profunda consciencia del regalo de la persona del otro. Y toda esa consciencia procede del lenguaje del cuerpo leído en la verdad, es el erotismo el que la comunica. Sin el erotismo nada de eso se produciría.

        Es mediante la verdad, verdad que surge del los propios sentimientos, como se construye el amor que se convierte así en amor auténtico. De esta manera el enamoramiento, que nace del erotismos, es lo que crea la novedad, lo nuevo: descubre un otro igual a mí. Seguramente por esto es tan universalmente buscado. El enamoramiento pone las bases para la superación de la soledad, de la profunda fractura del hombre, que le convierte en un ser inquieto y en búsqueda.

Se trata siempre de un movimiento que sin la reciprocidad se bloquea. Ya hemos visto que sin reciprocidad el enamoramiento crea dependencia. El erotismo es tan fuerte que crea sumisión. Con la reciprocidad se forma un nosotros, dos que quieren y buscan y de hecho son uno de la forma más profunda. Una mutua dependencia que se transforma en respeto, se sublima en respeto.

Un nosotros que se ha descubierto en el erotismo y se ha entrelazado fuertemente alrededor de los sentimientos. El erotismo se mueve a nivel instintivo, el enamoramiento en el nivel emocional. No tiene nada de extraño por tanto que los sentimientos del enamoramiento y la fuerza del erotismo, sean necesarios para instaurar una convivencia, una comunidad entre dos, de modo que no deben desaparecer nunca. Sin un mínimo de admiración, que es dónde se apoya el respeto, la convivencia entre dos personas se torna insoportable. Sin la atracción erótica la pareja se deshace.

Ahora, con el otro, el mundo parece una realidad nueva y se configura como un nosotros. Por eso, para que los amantes puedan vivir, deben hacer aparecer un mundo nuevo. En su aflorar el enamoramiento produce para los amantes que todo el mundo anterior desaparezca, deben recrear el mundo, la realidad entera donde viven. Todo se rehace para dar cabida al amor. Esa nueva creación es netamente emocional. De nuevo Pedro Salinas nos lo dice:

                 ¡Qué gran víspera el mundo!

                No habla nada hecho.

                Ni materia, ni números,

                ni astros, ni siglos, nada.

                El carbón no era negro

                ni la rosa era tierna.

                Nada era nada, aún.

                (…)

                Las ciudades, los puertos

flotaban sobre el mundo,

                sin sitio todavía:

                esperaban que tú

                les dijeses: “Aquí”,

                para lanzar los barcos,

                las máquinas, las fiestas.

                Máquinas impacientes

                de sin destino, aún;

                porque harían la luz

                si tú se lo mandabas,

                o las noches de otoño

                si las querías tú.

                (…)

                El gran mundo vacío,

                sin empleo, delante

                de ti estaba: su impulso

                se lo darías tú.

                Y junto a ti, vacante,

                por nacer, anheloso,

                con los ojos cerrados,

                preparado ya el cuerpo

                para el dolor y el beso,

                con la sangre en su sitio,

                yo, esperando

                ‑ay, si no me mirabas-

                que tú me quisieses

                y me dijeras: “Ya”.

 

Es realmente increíble la profundidad de esta expectativa de una nueva creación debido al amor. El amor crea el nuevo mundo y esa es la tarea de cada persona, descubrir su amor y crear su mundo, su nuevo mundo.

Si te interesa o quieres saber más sobre este tema, te recomiendo mi libro sobre el enamoramiento.

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